Velada republicana con Bono en el Ateneo

De izda. a dcha., José Esteban, Feliciano Páez, José Bono e Isabelo Herreros en el acto del Ateneo. / Kepha Borde.

Nada más subir la escalinata del Ateneo, en la madrileña calle del Prado, el expresidente del Congreso, José Bono, relajado, retirado de la vida política y sin ninguna gana de deshacer entuertos en otra salida quijotil, recordó la vez que el desexiliado José Prat apareció en Albacete pidiendo fondos para el Ateneo de Madrid. “Es que tenemos muchas necesidades”, decía Prat. Y tanto. Como que la docta casa estaba al borde de la ruina física y amenazaba con caerse por los suelos. Bono saludó al escritor José Esteban, al historiador Feliciano Páez –hijo del histórico dirigente socialista madrileño del mismo nombre– y al periodista y presidente de Izquierda Republicana, Isabelo Herreros, con los que participó en la presentación de la primorosa edición de La Velada en Benicarló de Manuel Azaña que acaba de lanzar Reino de Cordelia.

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Mientras los actores Vicente Díez y Carlos Talavera leían un diálogo entre dos personajes de La velada y, luego, mientras Esteban y Páez derrochaban erudición sobre el contenido y las circunstancias en las que Azaña redactó la obra, Bono escribía pausadamente. Rellenaba la ficha para convertirse en socio del Ateneo. También señalaba los párrafos de su intervención que Páez le iba pisando. Es la desventaja de hablar el último. Cuando le llegó el turno, desveló en primer lugar que esta noche del 10 de enero (martes pasado), 123º aniversario del nacimiento, en Alcalá de Henares (Madrid), del que fuera presidente de la II Republica, se había afiliado al Ateneo. Quizá, como Miguel de Unamuno o el propio Azaña, también él llegue a presidir la institución.

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Después recordó la satanización de Azaña y de Negrín por parte de la derecha española en los tiempos de la dictadura. “Yo decía: no es posible que haya gente tan mala, y mi curiosidad infantil me llevó a descubrirles”. Azaña era un hombre puente entre las clases sociales, trabajadores y oligarquía, entre el pasado y futuro, una persona respetuosa con las ideas de los demás y, al contrario que Cánovas, fue un político que buscó “votos y razones”. Puesto que conocía el desprecio y el odio de la derecha a Azaña, Bono se extrañó de que un derechista como José María Aznar, al que no citó, lo invocara y citara con frecuencia. “Incluso estuvo de moda entre la derecha durante un tiempo”.

Pero aquel tiempo fue breve. En 2008, cuando accedió a la presidencia del Congreso, se sorprendió de que el presidente de la República y “uno de los mejores parlamentarios del siglo XX” no tuviera ni un retrato. Pulsó la posibilidad de colocar uno y chocó con el recelo del PP. Con el paso del tiempo se le ocurrió la forma de materializar lo que consideraba un acto de justicia, y propuso dedicar un tondo (retrato circular) a Azaña y otro a Adolfo Suárez. El recelo se diluyó y ambos personajes quedaron inmortalizados en noviembre pasado en la sala de Isabel II, que da acceso al Salón de Pasos Perdidos y al hemiciclo desde la puerta principal. Entonces llegó “el regalo” de Izquierda Republicana a través de IU: un busto de piedra de Azaña, obra del escultor Evaristo Belloti.

De nuevo problemas para colocarlo. Los técnicos decían que la cabeza de Azaña pesaba mucho y había que situarla en un lugar sobre las columnas o vigas maestras, pues el suelo se podía hundir debido a las obras realizadas en el sótano. Pero Bono adujo que si la estatua de Isabel II, que pesa mil veces más, está en la saleta de la entrada principal y el suelo no se ha hundido, el busto del presidente de la II República también puede estar, y ahí, mirando a aquella reina oronda, redonda y cachonda, según la describió Valle Inclán, quedó colocado. Es verdad que retiraron el busto cuando el Rey acudió a inaugurar la X legislatura, pero el presidente de la Cámara, Jesús Posada, ordenó que lo repusieran.

Al finalizar su intervención, Bono se fijó en la bufanda con los colores de la bandera republicana que lucía una espectadora y después de afirmar que él si voto a favor de la Constitución, manifestó el “gran respeto” que le merece la bandera tricolor porque es, dijo, “la bandera de la legalidad y la dignidad”. ¿Es el mismo Bono que ordenó retirar una tricolor a un ciudadano que la exhibió en un acto en el Congreso sobre la memoria histórica?

Lo que Bono no pudo contar fue que cuando Azaña salió para el exilio pidió a los guardias que le acompañaron hasta la frontera que le entregaran la bandera republicana. Esa bandera, que siempre acompañaba al Presidente en sus actos, fue requisada junto con otros enseres y objetos personales –incluidos sus cuadernos–, por la Gestapo y la policía franquista en la casa de Pyla-sur-Mer en la que residió unos meses antes de trasladarse a Montauban, en la frontera con Suiza, donde murió. La bandera y los cuadernos y documentos habían quedado en manos de su cuñado Cipriano Rivas Cherif, quien fue detenido y entregado a Franco, quien no lo fusiló porque se lo pidió el Papa.

Muchos años después, parte de aquel material –varios cuadernos se los quedó el dictador-, utilizado en el proceso criminal contra Azaña, apareció en unas dependencias de la Dirección General de la Policía cuando se realizaban unas obras. Contaba José Barrionuevo, entonces ministro del Interior, que puesto que la bandera era de la Jefatura del Estado, intentó en varias ocasiones entregársela al Rey, pero éste la rechazó. En esta tesitura, no sabiendo qué hacer con ella, cuando Felipe González le cesó de ministro, la llevó al último Consejo y se la entregó. “Toma, quédatela tú”. Y ahí, en La Moncloa, se quedó y se la encontró Aznar que, en ocasiones, abría el cajón de una cómoda y la enseñaba a algunos amigos como quien muestra una reliquia del abuelo.