El monarca cazador vuelve herido del país de los elefantes

El rey de España, junto a otro cazador, ante un elefante abatido en una cacería celebrada en Botsuana en 2006. / Imagen publicada en la web rannsafaris.com

Cuando suponíamos al Rey angustiado por la escalada de la prima de riesgo de la deuda y la amenaza de intervención que se cierne sobre la economía, y le imaginábamos volcado en convencer a Cristina Fernández de Kirchner por el teléfono rojigualda de no nacionalizar Repsol –“la Reina y yo estamos muy preocupados en estas fechas tan señaladas”-, acabamos de saber que el jefe de Estado estaba de viaje privado en Botsuana, de donde ha tenido que regresar de urgencia tras pegarse un leñazo y partirse la cadera.

Se preguntarán qué clase de compromiso podría haber llevado al Rey a ese paraíso de los cazadores situado en el cono sur africano, donde el Okavango se vierte sobre el gran desierto del Kalahari formando un ecosistema único donde conviven antílopes, cebras, hipopótamos, búfalos, impalas, leopardos, cocodrilos, avestruces, hienas y, por supuesto, elefantes.

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A Botsuana, por lo general, se va de caza, y los escopeteros con más posibles viajan allí a matar elefantes, codiciada pieza por la que, al parecer, se paga en función del peso que alcance el mayor de sus colmillos al serle extraído del cráneo. Puede combinase con la del leopardo, cuya temporada se extiende de abril a septiembre. En el caso del Rey se descartaron rápidamente otras opciones (quería grabar un vídeo para enseñar a su nieto Froilán cómo se dispara un arma sin pegarse un tiro en el pie; había ido a visitar alguna mina de diamantes; había viajado para comprobar sobre el terreno los avances en la lucha contra el sida; había sido invitado a presenciar un partido de cricket) y se estableció lo obvio:  había ido de caza, por cuenta propia o de alguno de sus mecenas cinegéticos

El supuesto de la caza, especialmente si es la del elefante, deja muy mal al monarca, cuya experiencia con osos embriagados ya fue notoria. Según un folleto de 2009 de Viajes El Corte Inglés, que se ocupa de todo, para una estancia de 12 días y sin incluir el avión, abatir un elefante cuesta 32.000 euros, aunque devolvían 14.000 si el bicho se salvaba de la balacera. En el caso de un búfalo, el coste se reducía a 14.500 euros. ¿Qué ha de parecer a un país que camina a los seis millones de parados –y al que ya no le sirve apretarse más el cinturón porque se ha bajado los pantalones- que el jefe del Estado se dedique a estos menesteres?

Urge por tanto aclarar si  el viaje ha sido pagado por los presupuestos de la Casa Real, a la que, por cierto no se ha sometido a recortes tan terribles como a las partidas de ciencia u obras públicas, o si ha sido abonado por terceros, en cuyo caso habría que saber quién ha apoquinado la cuenta y qué pretendía obtener con ello, además de distraer al monarca de sus grandes preocupaciones.

Por último, sería bueno conocer quién se ocupa de la factura de la operación de cadera, y, en el caso de que fuéramos los contribuyentes, si la operación urgente está dentro del catálogo de prestaciones que el Gobierno quiere aprobar para reducir los gastos sanitarios. ¿No es éste un supuesto ideal para comprobar si la ley de Transparencia sirve para algo? Hoy 14 de abril, aniversario de la República, es una fecha muy propicia para preguntarnos si queremos tener un jefe del Estado que sea el terror de los paquidermos.