Crónica novelada de la Gran Crisis y la penúltima derrota de la izquierda

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Cubierta de la novela.

Cuando se llevaron a Marcelino Camacho para nunca más volver y en la Puerta de Alcalá quedó aquella atmósfera de melancolía y recuerdo del tiempo luchado, con las palabras del líder sindical –“Ni nos quebraron ni nos doblaron ni nos van a domesticar”– como un lema imperecedero en la sentida dolora de Azucena Pérez (Almudena Grandes), Genera Sampedro estaba por emprender el camino de La Cañada, donde murió su hija de sobredosis. Ahí empieza la crónica novelada del dirigente comunista Felipe Alcaraz sobre la Gran Crisis y la penúltima derrota de la izquierda. Entre el gentío, Genera se encuentra con Luis Ángel, profesor y antiguo compañero de lucha, quien al primer café se percata de que a esta mujer le ha ocurrido algo. Hablan de poesía, de la elegancia de Federico en contraste con el desaliño indumentario de don Antoniomanchado”, y ella le confiesa el motivo de su dolor íntimo. Quiere establecer contacto con el compañero de su hija y recorrer la ruta hasta el lugar donde murió. Piensa que sólo así se quedará tranquila.

Para entonces Rodrigo Rato realiza un viaje relámpago de Nueva York a Madrid e informa a Zapatero -el Bambi feliz en el bosque de las fieras, como le llamó Alfonso Guerra- de las acechanzas financieras y la crisis que se nos viene encima. Es un encuentro patriótico y discreto. El director del FMI ni siquiera ha informado al jefe de su partido, Mariano Rajoy. Un periodista de radio se entera de la reunión y da la noticia. Ni que decir tiene que acaba mal, y que su fuente no revelada, una mujer del entorno del “confesionario” de José Bono en el Congreso, es rastreada telefónicamente y arrastrada a un negociado lejano.

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Mientras, el “poeta de la felicidad” Martín Saaveda –cuya identidad se intuye--, vitupera en La Habana a Miguel Hernández y deslecha con la bellísima caribeña Marisela. Luego vemos al poeta en la “modernización” de IU con Melchor Lanzagorta (Gaspar Llamazares), quien parece un bolso colgado del brazo de Zapatero y recibe informes confidenciales de Luisa María Hidalgo de la Hoz (Teresa Fernández de la Vega) sobre el amplio espacio electoral de una oposición constructiva, socialdemócrata, a la izquierda de la tercera vía zapaterista. La vicepresidenta mantiene el compromiso de empujar y aplicar “su ley”, la de la Memoria Histórica.

Vemos a Lanzagorta y al poeta Saavedra ofreciendo a Baltasar Garzón el liderazgo de una izquierda moderna, la Izquierda Abierta (IA) capaz de liberar a IU del dogal del PCE; vemos a Rosa Aguilar negociando con José Antonio Griñán su salida de la alcaldía de Córdoba, donde se siente “asfixiada”; vemos a los promotores de IA llamando a Santiago Carrillo, acordándose de Teodulfo Lagunero -después de su aventura de editor de la nonata Voz de la gente ha caído enfermo-- y apelando también a un cineasta para que Marcos Ana firme el manifiesto de apoyo de los intelectuales a la nueva formación que se presenta como un espacio de acumulación de las fuerzas progresistas contra el agresivo y agresor neoliberalismo. El último recurso es buscar a aquella puta con la que Marcos (90 años) se desahogó cuando salió de la cárcel. Ella no le cobró y él se gastó todo el dinero en enviarle un ramo de rosas.

Para entonces, “el jarrón chino”, Felipe González, se ha dejado caer por La Moncloa y ha exigido a Zapatero que actúe como un hombre de Estado y aplique los recortes sociales de rigor para contener el déficit; IU ya ha elegido a Cayo Lara; Zapatero logra mantener el penúltimo encuentro con los líderes sindicales y, pese a la huelga general contra su reforma laboral, consigue que acepten la prolongación de la vida laboral hasta los 67 y el ajuste del sistema de pensiones. El tiempo corre contra la izquierda. El Bambi de Salten en versión de Guerra se dispone a huir del bosque. El periodista se entera, pero la “información de Estado” debe ser convenientemente administrada y el caso de Rato, su aviso de la crisis y su dimisión del FMI, no se puede repetir.

Podría seguir dándoles más pistas, mas la prudencia aconseja no macerar una novela cuyo hilo conductor es el paso del tiempo a través del tamiz del persistente afán de destruir a la izquierda, aprovechando la crisis financiera y económica. Con el título Tiempo de ruido y soledad (Editorial Almuzara), y el subtítulo “crónica novelada de los días de la Gran Crisis”, Felipe Alcaraz nos ofrece una historia de historias como chispazos, insinuaciones y guiños que por sí solas constituirían materia prima de varios relatos. Aquí hablan todos, hablan mucho, piensan poco y razonan menos. En ese hablar a coro, cada cual mantiene su máscara y ejerce su papel sin que el autor se prive de mostrar la verdadera cara de algunos y el traje de arlequín de otros. Hay personajes con nombres reales y otros con identidad supuesta, aunque indiciariamente reconocibles. El narrador se parece a un profesor de su anterior novela, La conjura de los poetas, y a Gregorio Pruaño, aquel político deprimido y ciclotímico que andaba entre Sevilla y Granada buscando datos sobre una dama suicida, amiga de Federico García Lorca.

El relato es trepidante, sin tregua, ameno, con hallazgos literarios y expresiones cuidadas del Alcaraz poeta. Al final, Genara Sampedro llega a las chabolas de La Cañada; los indignados sorprenden a la izquierda; el electroimán de la “casa común” no atrae más metales pesados; el capitalismo financiero asienta sus posaderas sobre la Constitución, y el desarme cultural de la izquierda amenaza con suprimir la ideología como relación imaginaria de los sujetos con el entorno social, lo que acentúa el drama personal y social de la Gran Crisis, telón de fondo de la novela.

Hay un momento en que el solitario catedrático Gómez Arboleya, que fue discípulo de Louis Althusser, recibe en su casa al amigo y profesor Juan Luis y le dice: “Yo soy el no yo, lo que no existe sino en la soledad profunda de un artesano loco de la ideología antidominante”. Pero después de hablar del paso del “yo histórico y su epopeya” al “yo consumidor, cliente”, este yo, nosostros, que ya no vendemos la fuerza de trabajo, sino la propia vida, Arboleya necesita hablar con alguien y pide al amigo que se quede un rato más. El porvenir es largo –concluyó Althusser tras enseñarnos a pensar de otra manera--, y quizá por eso y por la vigencia de las palabras de Marcelino y porque el futuro no está escrito..., la novela no termina en el silencio: es el primer volumen de la trilogía La disciplina de la derrota.

2 Comments
  1. Ho_Chi says

    Siempre me gustó el poeta Felipe de Jaén y nunca el político andaluz Alcaraz. Es una doble buena noticia hoy primer sábado de mayo, que haya nuevo Gobierno en Andalucía, de la Unión de la Izquierda Plural, y que Felipe Alcaraz haya vuelto a escribir. ¡Salud, y buena lectura!

  2. Ana María says

    He leído esa novela de Alcaraz y, vale, se lee bien, habla de cosas que conocíamos por los periódicos, es toda diálogos de políticos y tiene cosas increibles: todos hablan lo mismo, en el mismo tono, con el mismo lenguaje. ¿Será porque todos son iguales? Yo no me imagino a Zapatero citando a Marx y a Keynes y diciendo que los impuestos no son de derechas ni de izquierdas. Poco ha profundizado en los personajes, me parece a mí. ¡Salud para seguir contando!

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