Contra el porno cabrón, inteligencia

Estoy hasta la coronilla, y bastante más arriba aún, de esa colosal majadería de que una imagen vale más que mil palabras. Y un cuerno. Sin mil, cien, o así sean diez palabras no hay imagen que valga. Hasta el porno más simple y más duro requiere su subtexto, su retintín interpretativo, que es irremediablemente verbal. “Es que yo pienso en imágenes”…mentira. O estupidez. Sin palabras no tendrías ni idea de qué son esas imágenes, de para qué valen. Pregúntale a un enfermo de Alzheimer.

Estoy hasta la coronilla, y bastante más arriba aún, del universo reducido al absurdo de un vídeo. O de una imagen. O de una estampa, así sea bíblica. Así sea la estampa de Javier Krahe tratando de asarse un Cristo al horno como si fuese un corderito a la sepulvedana. Casi lo mandan a galeras ¡en pleno siglo XXI! por eso. Eso sí que habría sido hacer el ridículo internacional, no lo de Garzón.

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Y que conste que a mí no me cabía ninguna duda, pero ninguna, ninguna, de que Krahe se cocinaba su Cristo con inequívoca voluntad de ofender. De faltar. De chinchar a fondo. El quid del asunto es que esto lo hacía en los años 70 u 80, en un momento histórico muy concreto de este país, en que muchas personas de este país vivían la religión, concretamente la católica, como una imposición intolerable, como un saco sin fondo de infancia robada, como un impuesto revolucionario. Hasta los creyentes (o quizás ellos más que nadie) deberían entender que el secuestro institucional del espíritu provoque cierta actitud de guerrilla. A mí asar Cristos me parece de gilipollas, de cretino y de persona sin respeto por las creencias ajenas. Pero darle ahora al hecho una importancia y una intención que en el fondo no tenía en los años 70 me parece sacar las cosas de quicio, de madre y de la más elemental inteligencia.

Seguimos para bingo. Asistimos estos días a un colosal estallido de mala leche antiamericana en el mundo a la salud de un vídeo o documental [ver arriba] que unos egipcios coptos parece que han perpetrado con el nada loable objetivo de ridiculizar, humillar y ofender al mundo musulmán. Again, hay que ser cretino. Pero yo creo que eso se venga encargándole la crítica del film a Carlos Boyero, no entrando a sangre y fuego en las embajadas norteamericanas. Considerar lógica esta relación de causa y efecto me parece profundamente perturbador. ¿Qué habría hecho esta gente con Javier Krahe?

ticketea

Y luego está este último vídeo del embajador norteamericano en Libia, Christopher Stevens, muerto en el ataque a su sede diplomática.

El vídeo muestra una vociferante piña de libios sacando su cuerpo ya prácticamente exánime por una ventana. En un principio se pensó, o se imaginó, que el griterío era para celebrar la muerte de un diplomático norteamericano. Del que por cierto tengo muy buenos informes, si a alguien le interesa, a través de amigos suyos de toda la vida. Parece que Christopher Stevens era un tipo sensacional.

Poco a poco han ido emergiendo más datos, por ejemplo la traducción de lo que dicen los libios que aparecen en el vídeo, y todo apunta a que las mil palabras eran una vez más irrenunciables para entender la imagen. Ahora resulta que los libios gritaban de espanto al ver casi muerto al embajador, es decir, a una persona, y que estaban tratando de ayudarle y de salvarle la vida. Para nada celebraban lo ocurrido. Eran gente decente, como la hay en todas partes, Albacete y Bengasi incluidas.

Podría ahora extenderme sobre el detalle para mí significativo de que en un lado del mundo haya cantidad de gente dispuesta a perder la cabeza por un vídeo disparatado, mientras en el otro lado hay cantidad de gente dispuesta a conceder el beneficio de la duda, también por un vídeo… Pero me doy cuenta de que no sería justo. De que la presión puede llegar a ser abrumadora, tremenda, castradora, casi privativa de la dignidad personal.

Por eso mismo hay que estar al loro y no dejarse llevar al huerto. Ni al audiovisual ni a ningún otro.

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