Comienza la cuenta atrás

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Marta Lasalas *

El presidente de la Generalitat, Artur Más, tercero por la izquierda, aplaude, junto a sus consejeros y diputados, durante el pleno que aprobó ayer la celebración de un referéndum sobre la autodeterminación de Cataluña. / Toni Garriga (Efe)

El Parlament de Cataluña emplaza al Govern a convocar una consulta sobre autodeterminación la próxima legislatura. CiU, ERC, ICV-EUiA, Solidaritat y el socialista Ernest Maragall apoyan la resolución con que se cierra el debate de política general en el que Mas ha anunciado que el próximo 25 de noviembre habrá elecciones.

Los acontecimientos se suceden en la política catalana a una velocidad de vértigo. Después de la multitudinaria manifestación independentista de la Diada, que desbordó tanto las calles de Barcelona como la hoja de ruta de Govern y oposición, el Parlament dio ayer por cerrada la legislatura más breve desde la Transición -apenas ha rozado el ecuador-. Pero, antes de concluir su mandato, el pleno de la Cámara aprobó una resolución en que insta al govern a convocar una consulta la próxima legislatura para que los catalanes “puedan determinar libremente y democráticamente su futuro colectivo”. Con esta imagen en la retina, y en el mismo instante en que desde Madrid el Gobierno español advertía que está dispuesto a usar los instrumentos a su alcance para evitar dicha consulta, la presidenta del Parlament, Núria de Gispert, levantó la sesión. Fue un punto final donde no faltaron las lágrimas, las despedidas emotivas de destacados diputados y sobre todo la sensación que Catalunya acaba de poner en marcha un proceso que ya no tiene marcha atrás.

La resolución del Parlament sobre la consulta, pactada por nacionalistas y republicanos, se aprobó con 84 votos a favor que reunieron los diputados de CiU, los ecosocialistas de ICV-EUiA, los independentistas de ERC y Solidaritat, y al rebelde diputado socialista Ernest Maragall –hermano del expresident Pasqual Maragall- además del diputado Joan Laporta. PP y Ciudadanos sumaron 21 votos en contra, mientras que 25 diputados del PSC, que había presentado su propia propuesta de referéndum, se abstuvieron. Previamente, los parlamentarios socialistas habían protagonizado una larga y tensa reunión que puso de nuevo en evidencia el desgarro interno que divide el partido. Por su parte, el vicepresidente segundo del Parlament, el también socialista Higini Clotas, declinó participar en las votaciones del pleno.

El resultado de la votación dibujó en el hemiciclo un esbozo rápido pero preciso de los términos en que hoy se sitúa el debate político en Cataluña. En un lado, formaciones soberanistas que abarcan un amplio abanico ideológico -del centroderecha a la izquierda ecosocialista-; en el otro, las dos formaciones netamente españolistas. Y en medio, el PSC, complejo y poliédrico, dotado de múltiples almas habitualmente a la greña, que son a la vez su mayor capital y su mayor quebradero de cabeza.

El relato del debate había comenzado dos días antes, a las cuatro de la tarde del martes, cuando el president Artur Mas, con un discurso tenso y muy emotivo, hundió definitivamente por los suelos su imagen de político frío y distante. Mas anunció la cita electoral para el 25 de noviembre después de evocar ante los diputados la multitudinaria manifestación del 11 de septiembre, el no del gobierno español a abordar la propuesta de pacto fiscal y la necesidad de conseguir en las urnas la legitimidad imprescindible para impulsar la nueva propuesta de Estado propio.

Pero, no fue este el único anuncio que protagonizó. Había más novedades, incluso alguna que desconocían sus más estrechos colaboradores y que no figuraba en el discurso que se distribuyó a la prensa. Antes de cerrar la intervención, el president confesó su voluntad de liderar el proceso de autodeterminación que se abre en Cataluña y aseguró que no se volverá a presentar a la reelección una vez conseguido este objetivo. Cuando Mas, emocionado, volvió a su escaño la estrategia de CiU en la próxima campaña, totalmente centrada en la figura de su líder, había quedado definitivamente al descubierto.

El miércoles llego el turno de los distintos grupos y el president mantuvo en sus réplicas la complejidad de un discurso capaz de hilvanar un mensaje claramente secesionista sin pronunciar la palabra independencia. Mas incluso rechazó irritado hablar en términos de ruptura y apostó por una evolución del sistema, pero al mismo tiempo dejó claro que la consulta se hará, con la autorización del gobierno de Madrid, o sin ella.

Han sido tres días de debate sereno, no exento de toques de humor, a pesar de que en los pasillos se respiraba la certeza de que el Parlament aborda un momento histórico. Una indisimulada sensación de vértigo recorría todos los grupos de la cámara, mientras en los corrillos que habitualmente se encuentran entre los pasos perdidos se repasaban los exabruptos del día, el insulto del dirigente autonómico de turno, el displicente reportaje sobre el precio al que cotiza la prensa catalana su supuesto apoyo al Govern o el sesudo y científico análisis para descalificar al nacionalismo catalán habitualmente destilado en las vísceras del nacionalismo español. Nada nuevo y de efecto limitado, más allá –eso sí- de servir de fértil abono para impulsar nuevas y entusiastas adhesiones independentistas.

Mientras el Parlament sellaba ayer su legislatura más breve, unos pocos centenares de partidarios del Estado propio hacían volar entre esteladas proclamas independistas y replicaban con un “no tenemos miedo” a los avisos que llegan de Madrid. Era el único rastro visible del millón y medio de catalanes que quince días antes habían desfilado hasta las mismas puertas de la Cámara catalana. Nada más rompía la rutina habitual de los jardines de la Ciutadella que rodean el edificio: niños jugando, barceloneses paseando entre turistas, estudiantes descansando sobre el césped… A escasos minutos de distancia, en el puerto, el rey Juan Carlos esperaba. El monarca constató ayer cómo las quimeras contra las que alerta pueden hacer saltar por los aires el sacrosanto protocolo y obligarle a esperar la conclusión de la votación del Parlament para poder contar con la compañía del president en la inauguración de la nueva terminal del puerto. Son daños colaterales de un proceso de autodeterminación que ayer inició la cuenta atrás… O quizás un primer efecto secundario de lo que se ha interpretado como un exceso de presión sobre el papel que reserva la Constitución a la Corona.

(*) Marta Lasalas es periodista.

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