El bueno, el feo y el malo

Imagen de archivo del saludo entre Mariano Rajoy y Barack Obama durante la última reunión del G-20. / Efe

¿Se acuerdan de que hace sólo cuatro años Barack Obama parecía dios? A mí casi me corren a boinazos por decir que aquel buen hombre, con todo su carisma, vendía básicamente humo. Y que lo que no era humo ya lo había dicho o hecho antes que él Hillary Clinton (por ejemplo, fracasar en el empeño de una auténtica reforma sanitaria de su país). Bueno, millones de estadounidenses votaron con el corazón o, más que con el corazón, con el orgullo. Querían creerse mejores de lo que habían sido nunca después de sentirse peores bajo la presidencia de George W. Bush. Quien pudo meter la pata con Irak, pero ciertamente no se inventó Wall Street, ni las hipotecas basura, ni la pasión de todo un pueblo por vivir desaforadamente a crédito. Sólo con pasar por allí y ser negro, Obama parecía tener la solución simbólica de todos los males. Pues no. Y ahora puede que sea reelegido (Mitt Romney no es para ponerse a tirar cohetes ni para un mormón que trabaje en la NASA), pero, de aquella oleada de ilusión y pasión del 2008, ¿qué queda? Pues nada, otro juguete político roto.

¿Se acuerdan de que antes del pasado 20 de noviembre Mariano Rajoy tenía que detener la destrucción del empleo, dar más vidilla a las empresas y menos a los bancos, frenar la ominosa amenaza de un rescate por parte de la UE, mantener intactas las pensiones y jamás subir los impuestos? Qué tiempos aquellos en que la economía eran los padres. Sin duda a Rajoy le ha tocado bailar con la más fea de este siglo, lo suyo es casi una presidencia tampax (estar en el mejor sitio en el peor momento), pero aún así, aún así, aún así…¿no se podría transmitir un poquito más de calidez, de convicción y de ánimo? ¿No se podría estar menos a verlas venir y más a salir a torearlas a pecho desnudo? He aquí otro que aunque vuelva a ganar (es que también hay que ver lo que tiene enfrente...) ya nada será igual. Ni parecerá lo mismo.

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Y el próximo 25 de noviembre se presenta a las elecciones el que para muchos ha pasado de ser Arturo el Soso al Malo Malísimo de la Película: una especie de Hassan II de Cataluña, que con una mano atiza el independentismo como aquel el terrorismo islámico, y con la otra mano se presenta como el único capaz de contenerlo, que por algo tiene la legitimidad de ser descendiente de un sobrino del Profeta. Artur Mas no es hijo ni sobrino de Jordi Pujol. Pero sí está repitiendo su mismo curioso éxito: resulta que obtiene su máxima credibilidad y legitimidad como Moisés del catalanismo…de España y por España. ¿Triunfo? ¿Fracaso? ¿Chiste? ¿O mera e infatigable ironía de la historia?

¿Tenemos los políticos que hay o los que nos hemos ganado a pulso? ¿Alguien votaría a quien dijera la verdad y no lo que el pueblo cree que quiere oír?

Continuará (me temo).