¿Puede prenderse una ciudad sitiada con sólo el deseo de un alma encendida?

Carteles abandonados por los manifestantes entre las vallas de protección colocadas por la policía en la calle Génova, cerca de la sede del PP, tras una concentración celebrada el pasado día 1. / Juan Carlos Hidalgo (Efe)

¿Le tienta la frase del título? Fácil: página 38 de “Yo vivía aquí”, antología poética de Carlos Zanón (ese autor de tremenda novela negra que probablemente no sería tan bueno de no ser sobre todo y secretamente a voces un gran poeta). Lo edita Playa de Ákaba. Imprescindible.

“La poesía está muerta”, suele decirse. Verdad. Igual que Dios (o casi). Igual que Marx. Y qué. No se ha inventado nada que la sustituya, y así navegamos este existenciafatalismo entre miserias, corruptelas y otras meretrizadas importantes.

Publicidad

Estamos rotos. Rotos por el eje. Desahogando nuestros esfínteres en los corruptos como si fueran cuatro o seis, como si no hubiera uno de nosotros en cada esquina. Periodistas que firman portada tras portada conteniendo escándalo tras escándalo que nunca se han parado a pensar si eso que tan fervorosamente denuncian no es tres cuartos de lo mismo de lo que cada día hacen ellos cuando aceptan invitaciones de políticos y/o empresarios a comer, a merendar o a irse de vacaciones al Caribe. O cuando cargaban al medio (por ejemplo a la tele pública, pagada con los impuestos de todos) comidas pantagruélicas a base de percebes, ostras y champán que nunca habrían soñado sufragar con su propio salario.

Gente que se desgañita contra los evasores de impuestos y la escandalosa amnistía fiscal que les ampara sin pararse a pensar que ellos declararon como gastos de representación las obras de la cocina de su casa. Ardientes detractores de la reforma laboral y los contratos basuras que tienen sin papeles a la filipina en casa. Justicieros contra los bancos, esas efectivas cavernas de la más pura maldad (¿pero eso no se sabía hace tiempo, no se sabía, sobre todo, antes de pedirles todos esos créditos estratosféricos y darles todo el poder sobre el negro hormiguero de nuestra existencia?...), que luego se ofenden si les pides que enseñen su declaración de la renta. ¿Hipócritas? Ojalá. Porque las más de las veces, ni llegan a ser conscientes de la propia abyección. Muchos se creen que son gente estupenda y hasta progre.

¿Todos? No, gracias a Dios…y por desgracia. Porque si por lo menos esto fuese un verdadero juicio final, una terrible expiación de culpas. Y es que el drama ya no es que paguen justos por pecadores, el drama es que los justos pagan más, mucho más. Que esto es un genocidio de los mejores. Un mejoricidio. Salvo contadas y honrosas por no decir milagrosas excepciones, ¿no es verdad que en crisis de estas los primeros que palman son los que más tendrían que ofrecer en un mercado y una situación normal? Cuando la adversidad arrecia los peores recrudecen su ataque, obligando a los menos malos a emigrar, física o mentalmente. Lo cual va sin duda en detrimento de los afectados pero sobre todo del conjunto, al hacer triunfar un darwinismo al revés, una clamorosa selección negativa. Veánse los partidos políticos, cuyos mejores hombres y mujeres tuvieron que dejarlo hace tiempo. A este paso pronto nos gobernarán chimpancés literales.

¿A qué viene todo esto? Bueno, sólo es una idea que se me ha ocurrido: fundar una especie de resistencia. Un nuevo no pasarán (pero esta vez en serio y que funcione, por favor) contra este nuevo fascismo sin esvástica ni yugo ni flechas evidentes, pero que amenaza con destruirlo todo mucho más eficazmente que en los años treinta, cuarenta and so on. Porque esta vez las trincheras no están claras ni son tan evidentes.

Las guerras nunca se ganan. Sólo se pierden. Ante el amenazante predominio de lo peor no cabe otra defensa que apostar decididamente y sin excusas por lo mejor. Hay que amejorarse, hay que sacar pecho, hay que rayar a una altura a la que nunca rayamos porque nos dio pereza o miedo o porque creímos que tampoco hacía falta. Bueno, pues ahora la hace.

Volver a leer poesía. Volver a leer libros de verdad. Volver a admirar a la gente que lo merece. No a Urdangarin, por ejemplo, al que ahora arrastran todos por el barro con la misma saña con la que antes arrastraron a Mario Conde, y por lo mismo; por rabiosa vergüenza de haberle tenido envidia y haber querido ser como él. Cambiar de chip y de ídolos. Entender que luchar contra los recortes intolerables empieza por aplicarse uno mismo los tolerables. Que la famosa red familiar sea un espacio de solidaridad en serio, no el arranque de toda suerte de nepotismos y de no pararse en barras para colocar al pariente donde no debiera estar. Generosidad. Esfuerzo. Etc.

¿Que todo eso son…cosas de homosexuales, que no sirven de nada? Bueno, a base de pensar eso, precisamente, hemos llegado hasta aquí.

Volviendo a Carlos Zanón: “Ríndete/pierde la fe, no vayas al cine/acepta este capitalismo salvaje/sus bolsas de pobreza afectiva/el 0.7 de amor que no llega”. Pues eso.