Cautivo y desarmado el Olimpo

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El atleta sudafricano Oscar Pistorius rompe a llorar ante el fiscal Gerrie Nel, que le acusó formalmente del asesinato de su novia en el Tribunal de la Magistratura de Pretoria (Sudáfrica), este viernes, día 15. / Antoine De Ras (Efe)

Siguiendo muy de cerca y con mucho interés toda esta historia de Oscar Pistorius, el campeón sin piernas, el Blade Runner sudafricano actualmente acusado de asesinar premeditadamente a su novia, la bella Reeva Stenkamp. Es una tragedia fascinante porque lo tiene todo, empezando por un héroe caído literalmente del Olimpo. Cuando un deportista de élite se desploma pedestal abajo, se llame Tiger Woods, se llame Iñaki Urdangarin, se llame Lance Armstrong, la sensación general es de ocaso de los dioses. Y es que en el deporte reside el último sueño de virtud. La última esperanza de humana perfección. La última admiración incondicional que el ser humano, por adulto y cínico que se vuelva, parece capaz de sentir hasta el fin de los días de su corazón. La última barricada de Peter Pan.

Qué error, por supuesto. No es que no existan deportistas virtuosos, como existen periodistas que saben de lo que hablan y políticos inteligentes... Simplemente son la excepción y no la regla. El deporte de élite, a pesar de su muy ensalzada épica, de esas maravillosas historias de superación que encontramos en tantos reportajes (y sobre todo publirreportajes), si estimula algo no es precisamente el jugar limpio, sino la competitividad más brutal y más extrema. Lo que llaman disciplina es a menudo una manera de ser despiadado consigo mismo… y con los demás.

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A nadie deberían asombrar los reiterados escándalos de dopaje cuando a la gente se le exigen rendimientos imposibles para seguir en la carrera. Vamos a ver, si alguien está dispuesto a destrozar literalmente su cuerpo (no otra cosa hace un deportista de élite, forzando tanto la máquina que es raro el que no se fabrica una vejez llena de caderas rotas y prótesis; ¡si le pasa hasta al Rey!), ¿cómo no va a estar dispuesto a hacer todas las trampas que hagan falta? ¿Cómo no nos damos cuenta de que esto es un pacto con el diablo a escala industrial?

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Oscar Pistorius, durante la prueba de relevos 4x400 del Mundial de 2011 celebrado en Daegu (Corea del Sur). / Wikipedia

Pero si sólo fuera el dopaje… cuando los deportistas de élite cometen transgresiones de otro calibre, sea estafar a todo dios, sea un asesinato, ese escalofrío de horror que nos recorre, insisto, es casi una negación de la evidencia de la naturaleza humana. El superhombre lo es en todo, para bien…y para mal. ¿Se acuerdan de Nietzsche? Sin duda es impresionante que una persona a la que le amputan las piernas a los once meses de edad acabe siendo olímpica, que no paralímpica, en Londres... Sin duda hay que andarse con cuidado a la hora de provocar a alguien capaz de hacer algo tan extraordinario. ¿De verdad vamos a esperar que reaccione como lo que no ha sido, es ni le dejaremos ser nunca, es decir, como todo hijo de vecino, orientado hacia la moderación y el término medio?

¿Estoy presuponiendo con esto la culpabilidad de Oscar Pistorius? Pues la verdad, no. La información de este caso es por ahora extremadamente confusa, por no decir que es muy rara. Con los datos que la policía sudafricana ha puesto sobre la mesa cuesta un poco de creer que Pistorius realmente confundiera a su novia con un asaltante desconocido de su casa. Por otro lado tampoco suena muy convincente que premeditara asesinarla precisamente así. La familia le apoya cerradamente y lo mismo hace una exnovia que asegura que durante cinco años él nunca le levantó la mano ni amenazó su integridad física. Veremos.

A lo mejor hasta veremos choques culturales dignos de mención y de especial interés. La casualidad ha querido que a mí esta noticia me sorprenda cuando estoy leyendo como una posesa a JM Coetzee, el Premio Nobel sudafricano. Leyéndole se aprende mucho de lo masculino…en África, incluso cuando uno es blanco y de matriz cultural occidental, como es el caso de Pistorius. Existen en el mundo realidades y relaciones muy delicadas y complejas, y hasta pavorosas, que no se pueden despachar ni comprender con etiquetas tan en el fondo reduccionistas y absurdas como “machismo” y “feminismo”.

Veremos en qué queda todo esto. De momento yo me quedo con la paradoja esta de los deportistas de élite empujados a hacer lo que sea para lograr ser extraordinarios, es decir, en cierto modo monstruosos… y luego apartados con espanto de nuestra vista pues eso, igual que nuestros monstruos de Frankenstein.

Si fuese cierto que lo importante es participar. O vivir.

1 Comment
  1. Jonatan says

    De acuerdo. Y después de Coetze, Gordimer; pero no por ese orden necesariamente.

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