De Robin Hood a Luis Bárcenas, pasando por Gramsci

El extesorero del PP Luis Bárcenas saliendo de su casa. / Efe

Hoy quiero empezar hablándoles de algo que ocurrió hace años, a mediados de los años 90. Al socialista catalán Josep Maria Sala le metieron preso en Can Brians a raíz del escándalo de financiación irregular del PSOE conocido como caso Filesa. Para quien no se acuerde o no quiera acordarse, el caso Filesa consistió en la creación de una trama de empresas para financiar ilegalmente al PSOE, por lo general adjudicando contratos públicos cuyo importe se inflaba espectacularmente, dando lugar a pingües comisiones que venían muy bien para financiar campañas electorales y otros caprichos. La investigación tuvo lugar a mediados de los años 90 y, aunque en la época no estaba tipificado como lo está ahora el delito de financiación irregular de los partidos políticos, entre una cosa y la otra se acreditó que en las arcas socialistas habían entrado irregularmente más de 1.000 millones de pesetas de la época, cerca de 15 millones de euros de los de ahora. Hubo tres condenas de cárcel a dirigentes socialistas, entre ellos Josep Maria Sala, sentenciado a tres años aunque finalmente sólo cumplió una parte, al suspender el Tribunal Constitucional el resto de la pena.

Viéronse entonces escenas que en el día y con la mala uva de hoy se considerarían de aurora boreal. El día que Josep Maria Sala dejó el Parlament para irse al trullo se llevó aplausos y hasta algún beso de alguna periodista. Otros periodistas no le besaron pero en cambio firmaron sin ir más lejos en La Vanguardia artículos tan sentidos como para titularse “El Gramsci de Can Brians”, comparando sin rubor al conseguidor del PSC con el filósofo italiano Antonio Gramsci, encarcelado por sus ideas marxistas (que no por apañar comisiones).

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Pero sin duda el mejor comentario fue el de Miquel Roca, entonces convergente muy activo, es decir, para nada correligionario de Sala –aunque las malas lenguas dicen que es porque en los años 70 no le admitieron en la familia socialista, por considerarle demasiado burgués y repelente…-, quien con los ojos fuera de las órbitas se lamentaba, allá en el Saló dels Passos Perduts del Parlament, del encarcelamiento de aquella excelente persona “que todo el dinero lo ha cogido para el partido, jamás para sí mismo”. ¿Se puede resumir más magistralmente la situación?

Se entiende la febril preocupación de Roca por Sala, por aquello de que cuando veas las barbas de tu vecino pelar…en la época, Roca jugó para CiU un papel muy parecido al de Sala para el PSC y para el PSOE, que entonces andaban a partir un piñón, por lo menos en lo que a hábitos financieros se refiere. Probablemente Miquel Roca tiene suerte de haber dejado la política a tiempo de no verse como se ven ahora algunos miembros de la familia Pujol. Aunque eso sí, él ha insistido siempre que era todo para el partido (el mismo que ahora tiene la sede embargada), jamás para sí mismo…

Vamos, Robin Hood en estado puro. Conste que esto no es un sarcasmo ni es porque lo diga yo. Baste con extractar aquí una crónica publicada el 26 de julio de 2004 en el diario El País, dando cuenta de la espectacular rehabilitación política de Josep Maria Sala, por la puerta grande y con todos los honores posibles. No es habitual que un político no ya condenado en firme, sino ni siquiera imputado, por corrupción, vuelva a levantar cabeza en España. Sin embargo en este caso “los aplausos más continuados y emotivos de los delegados del 10º congreso del PSC se los llevó Josep Maria Sala” después de que Josep Montilla en persona, todavía primer secretario del PSC, decidiera su retorno a la ejecutiva que Sala había abandonado en noviembre de 1997, después de que el Tribunal Supremo ordenara ejecutar la sentencia. Y añadía la crónica de El País: “a Sala se le considera un hombre íntegro que tropezó con la justicia por servir al partido”. Se destacaba asimismo, en tono admirativo, que “renunció a la petición de indulto, convencido de su inocencia”, y esperó pacientemente a que el Tribunal Constitucional rebajara su condena de tres a dos años. “Han sido numerosas las pruebas de afecto que el aparato del partido le ha dispensado”, se concluía. Para zanjar así: “La cúpula del PSC consideraba ayer un acto de justicia y una reparación personal, histórica y política el retorno de Sala a la ejecutiva”.

Qué diferencia con Luis Bárcenas, ¿verdad? Les recomiendo encarecidamente la lectura de un estupendo artículo publicado aquí mismo por la compañera Esther Jaén dando cuenta de las agrias tensiones suscitadas en el seno del PP por la gestión de este caso. Si hasta Esperanza Aguirre podría haber cuestionado las capacidades cognitivas de María Dolores de Cospedal por no querellarse antes contra el siniestro extesorero al que todavía algunos temen, pero ya nadie defiende como uno de los nuestros. Más desde que trascendiera la millonada que tiene a su nombre en Suiza y se quedaran todos de pasta de boniato.

Mis fuentes en el PP (y hasta el sentido común) dicen lo mismo que las de Esther Jaén. Entonces mi personal memoria histórica se pone en marcha y se da cuenta de que en el 'caso de Bárcenas' se han activado mecanismos políticos internos radicalmente diferentes a los que se activaron en el caso de Josep Maria Sala. Y sin duda se entiende que el PP de ahora no reaccione como el PSC de entonces. ¿Cómo no lo vamos a entender? Pero a la vez, permítanme una pregunta no sé si tonta, si mafaldesca o si qué. Entonces, ¿robar para el partido es de hombres íntegros, y sólo robar para uno mismo es de cabrito?

Porque esas “irregularidades” en la financiación de los partidos no han sido ni son precisamente peccata minuta, me temo. Millonadas han ido y han venido, van y vienen, para pagar campañas electorales, sobresueldos varios y hasta escoltas a gente amenazada por ETA, objetivo este último sin duda muy loable, pero oiga: si a mí Hacienda y la Seguridad Social y la madre que los dio a luz a todos no me pasa ni una importándole un bledo lo buena que sea mi intención, si a mí no me vale, para evadir impuestos o lo que sea, decir que era para arreglarle los dientes a mi hija o para hacerle una donación a Amnistía Internacional, ¿por qué a estos tíos si les vale la excusa de que era “pa,l partido”? ¿Por qué ellos tienen que estar exentos, no ya del castigo correspondiente al delito que sea que hayan cometido, sino de la misma consideración de ser un “verdadero” ladrón? ¿Se puede tener más cara dura sin ni darse cuenta?, me pregunto yo.

Así nos va con ellos… y así les va a ellos con nosotros, que pronto aquí tendrán que robotizar las urnas para que voten solas, porque ir, no irá nadie…