Felipe Alcaraz novela la crisis y el trompazo del Rey en ‘La disciplina de la derrota’

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Cubierta de la obra de Felipe Alcaraz.

El personaje Manuel Cotelo inclina su corpachón y dice con tono intenso: “Abajo, abajo”. Julio Anguita intenta resumir: “Primero, somos mayoría, ¿no es eso? El 1% arriba, con su afán de concentración y apropiación, con su drenaje del dinero social; el 99%, abajo, en una situación cada vez más difícil de soportar”. Cotelo cita la inversión exacta de Hermes Trimegisto: “Lo que está abajo está arriba”. Ginés (sin apellido) se interesa por el programa y Cotelo le contesta: “No hay que buscar tres pies al gato, el otro día, en la plaza de la Corredera, casi enumeramos los diez puntos a dúo Julio y yo: salario mínimo de mil euros, lo mismo la pensión mínima, renta básica universal, hachazo tajante a la corrupción…” La reunión sigue su curso.

Este encuentro entre algunos promotores del Frente Cívico es una de las muchas escenas que aparecen en La Disciplina de la Derrota (Editorial Almuzara), la segunda novela de la trilogía Los Días de la Gran Crisis, de Felipe Alcaraz. El escritor y dirigente comunista ha compuesto una crónica novelada en lenguaje elegante y sencillo sobre el año en que la “crisis-estafa” del capitalismo adquirió tintes de tragedia irreversible. Como en la primera entrega, Tiempo de ruido y soledad, estamos ante un mosaico de escenas y conversaciones –twits incluidos-- sembradas de claves sobre el destino de la izquierda y del país. Puesto que se trata de una novela intermedia, el autor mantiene viva la intriga sobre si la luz al final del túnel procederá del sol que nos alumbra o del incendio que nos ilumine.

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El clima de desasosiego social y político que refleja el autor nos va acercando a un cambio histórico, un proceso fundacional y constituyente que algunos personajes reales y disfrazados intentan evitar y otros se esfuerzan en empujar y encauzar. “O regeneramos esto o nos hundimos todos”, dice Anguita a sus correligionarios. La novela comienza con una investigación periodística sobre el trompazo del rey Juan Carlos de Borbón en Botswana, el 13 de abril de 2012, víspera del 71º aniversario de la II República, y prosigue con escenas sobre la indignación en las calles. La crisis del invento de Bankia –“siete gatos no equivalen a un tigre”--, el rescate del sistema financiero a costa de los ciudadanos, la estafa de las preferentes, los desahucios, los suicidios y el desaliento del desempleo forman el telón de fondo.

A esta situación terminal de pérdida de valores, de ideología líquida, en la que casi nadie recuerda lo que es, no se asoma todavía el corrupto tesorero del PP Luis Bárcenas Gutiérrez, aunque esa guinda envenenada ni siquiera sea  necesaria para coronar un edificio institucional y político que se derrumba por sí solo y del que la gente huye –le llaman desafección-- ideando e intentando cimentar otro sin la aluminosis que ha convertido la democracia en una “cleptocracia” insoportable. Junto al personaje colectivo de las fuerzas de la indignación, el 15M, el 25S, aparecen algunos cortesanos sugiriendo la abdicación del Rey; la camarilla de expresidentes socialistas orientando el apoyo de Rubalcaba a Rajoy; las discrepancias en IU por convertir Despeñaperros en “despeñapperos” para acabar gobernando los recortes con Griñán; el juez condenado por investigar la trama gurtélida, Baltasar Garzón, en compañía de Federico Mayor Zaragoza y de Gaspar Llamazares y de otros posibilistas en el papel que jugaron los radicales italianos hace veinte años, antes del desmoronamiento de los grandes partidos.

Alcaraz reseña encuentros, recrea diálogos políticos y sugiere más que cuenta. El cazador blanco que ha acompañado al Rey en sus cacerías africanas con la princesa Corina resulta ser nieto de un brigadista internacional que combatió al fascismo en España. Y ese hilo sirve al novelista para, aprovechando su visita a los escenarios bélicos, dar la puntada final al relato en el escenario del cauce bajo del Jarama donde Miaja, Rojo, Líster, Modesto, Nathan y aquellos “voluntarios de la libertad” convertidos en carne de cañón, frenaron a sangre y fuego a las tropas franquistas e impidieron el cerco a Madrid y el corte del cordón umbilical con Levante que habría matado de hambre y obligado a los madrileños a rendirse. “¡Fue una gran victoria!”, exclama un personaje. No, sólo fue un respiro, un punto seguido.

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