El 'envejecimiento activo' y otras coartadas

La ministra Fátima Báñez, el pasado martes, día 26, poco antes de iniciar su comparecencia en la Comisión de Empleo del Congreso. / K. Rodrigo (Efe)

Antes de adoptar las más luciferinas decisiones acostumbran los gobiernos de los países llamados civilizados a edulcorarlas con palabras. La penúltima gran jugada fue una sustitución del género: el euro suplantó a la peseta, sustituyó el masculino al femenino sin que conste protesta feminista hasta la fecha. Cuando supimos que habían empezado la casa del sistema monetario por el tejado, ya era tarde; ya los especuladores financieros estaban dejando sin ella a miles de españoles. Lo denunció con palabras duras en su informe ante el pleno del Congreso la defensora del pueblo, Soledad Becerril, al tiempo que 50 guardias echaban de su casa a una mujer maltratada y que varios pelotones de agentes detenían a 30 manifestantes ante la sede del “pelotazo”, la Sareb o “banco malo”, ese invento que, según dijo el 12 de marzo en el Parlamento el ministro Luis de Guindos en tono muy satisfecho de su gestión, acumula 76.000 viviendas vacías de valor medio y alto. La usura abusiva, que antaño fue delito, predomina ahora sobre todos los derechos humanos, empezando por el derecho a la vida, como corresponde a un país con un “gobierno serio” que cumple sus obligaciones (con el sistema monetario), según repite como el ajo su presidente Mariano Rajoy.

Ya recordarán que la Unidad de Cuenta Europea (ECU por sus siglas en inglés) era femenina. Y retendrán en su memoria la venta de las llamadas “joyas de la corona” a precio de saldo y en beneficio de los más avezados prestamistas y prestatarios cercanos –incluso, compañeros de pupitre- al jefe del ejecutivo ejecutor de tamaña operación para sanear las cuentas públicas y sumarse al euro con indescriptible entusiasmo. La “puerta giratoria”, convertida en metáfora política de personajillos semovientes entre lo privado y lo público y viceversa, ha rulado más deprisa desde entonces. El euro nos expropió la banca pública y las empresas rentables y nos dejó las que tenían pérdidas. El periodista Jesús Mota describió la tropelía con rigor documental y precisión argumental en La gran expropiación (Temas de Hoy).

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La paridad euro-marco ya permitía sospechar a algunos legos como un servidor que la moneda se implantaba a la medida de la nueva Alemania unida. Desde luego, no podía tener nombre femenino, como la peseta, porque la correlación de género –franco, marco, escudo, dracma y otros frente a la peseta, la lira y la libra desertora- le era esquiva. Ya saben cómo adelgazaron los salarios con el euro y cómo engordaron los precios con la sustitución del cuproníquel de cien pesetas por un euro, que vale ciento sesenta. Pero los políticos del bipartidismo “valoraron muy positivamente” la unidad monetaria, como si el término “valorar” no contuviera carga positiva suficiente para adorar al becerro de oro. Es una lástima que don Fernando Lázaro Carreter las diñara y no pudiera clavar unos dardos en la parte que usted y yo estamos pensando a determinados fulanos, mayormente políticos y tertuliantes.

De aquella genealogía nada genial han desembocado en la “puesta en valor” en boga por esta ciénaga de la pobreza (más de dos millones de indigentes, según el informe de 2012 de la defensora del pueblo), la angustia, la estrechez económica y la falta de ética. Desde que el ministro de Economía y Competitividad dijo que hay que “poner en valor nuestras fortalezas” –no basta la fortaleza en singular-, se pusieron todos a poner en valor y hoy en día no hay edil que se abstenga de poner en valor el alumbrado público ni experto que se precie de hacer lo propio con los intangibles. No es para reírse. Ya no se trata de que “valoremos positivamente” el aire que respiramos, sino de ponerle precio. Nos avisó Antonio Machado de que todo necio confunde valor y precio, y cuando esos necios sueltan la “puesta en valor” no lo hacen como cuando la gallina pone un huevo, sino porque quieren calcarle un precio. Quizá sirva el aviso a los creyentes para devolver la pelota al Papa Paco y pedirle que también él rece por nosotros.

En esta situación, acorralados como estamos, cargados como Sísifo con la eterna “deuda odiosa” y sorprendidos de que cientos de miles de jóvenes se marchen allende los mares y las fronteras en busca de un futuro que aquí se les niega, el Gabinete gubernamental nos noquea con la expresión “envejecimiento activo” para edulcorar el nuevo estrago a los pensionistas, los desempleados y a quienes todavía podemos cotizar a la Seguridad Social. Difunden esos vocablos ensamblados como si el envejecimiento no contuviera una gnoseología activa, como si envejecer no fuera un hecho incesante por más que personajes como Berlusconi busquen en la cirugía, la cosmética y las implantaciones capilares la manera de disimularlo. Otra vez intentan vendernos un tigre en el mercado de los burros. Niegan el trabajo a los jóvenes o, como mucho, les ofrecen precarios contratos con poco salario y mucho horario, y, acto seguido, para que los mayores sigan trabajando y no cobren la pensión de jubilación ni siquiera después de haber prolongado su vida activa hasta los 67 años, nos hacen creer que el trabajo es salud, que se sentirán mejor trabajando y acuñan por decreto el lema de marras.

Jubilarse viene de júbilo. Y la actividad jubilosa, después de una vida de trabajo, no consiste en seguir trabajando sino, por ejemplo, en hacer la ruta del colesterol, paseando con los amigos y amigas. Quizá porque los tigres no se lavan los dientes, el diputado de Izquierda Plural Gaspar Llamazares detectó enseguida el olor del felino suelto por decreto e hizo saber a la ministra firmante, Fátima Báñez, que su reforma es “un crimen, un crimen social y un crimen de lesa democracia”. Y argumentó: “Un crimen social porque ustedes se ensañan con los sectores más débiles, los mayores de 55 años, de tal manera que tendrán una pensión mucho menor y de tal forma que también se cuestionará su subsidio. Se ensañan con los jóvenes, que no tendrán contrato de relevo, y se ensañan con los pensionistas con una bomba retardada, llamada mecanismo de actualización que provocará un recorte añadido del sistema de pensiones”.

Con la aceleración de las palabras, Llamazares abundó en la criminalidad: “Un crimen social que se suma al crimen de la reforma laboral. Y un crimen de lesa democracia porque ustedes lo hacen por sumisión a Berlín”. Acabáramos: he ahí el euro-marco alemán. El presidente del Congreso, Jesús Posada, le llamó la atención por la acumulación de crímenes, y el diputado invocó una acepción del diccionario de la RAE: “Crimen como injusticia y crimen con víctimas”. Y puesto que alguien tenía que desvelar la coartada de las tropelías con el lenguaje, asumió Posada, sin ninguna gana, la tipología socialmente criminal de una reforma orientada a que trabajemos hasta que nos muramos. Dice la estadística que España ya es el segundo país donde vivimos más años. Y eso, al parecer, molesta tanto como la sabiduría popular a los perros guardianes del sistema monetario.