Hannah Arendt, entre la banalidad y la soledad

Barbara_Sukowa_Hannah_Arednt
La actriz Barbara Sukowa, como Hannah Arendt, en una escena de la película de Margarethe Von Trotta.

Fui a ver la película Hannah Arendt, dirigida por Margarethe von Trotta y protagonizada por Barbara Sukowa, el mismo día de su estreno en España. Sentía cierta impaciencia, sí. El tema me interesa y atrae mucho, por no decir que me obsesiona. Con el tema quiero decir el tema judío pero sobre todo el tema Hannah Arendt. El perfil de esta inclasificablemente brillante mujer judía que de joven fue alumna y amante de Martin Heidegger, que cubrió el juicio a Adolf Eichmann en Israel para The New Yorker, que al darse cuenta de que se puede ser a la vez un asesino de masas y un imbécil acuñó el concepto de “banalidad del mal” y que casi la pasan a cuchillo, política e intelectualmente, por ello. A día de hoy más o menos todo el mundo le da la razón. En pasado, claro. Es más fácil admitir la banalidad del mal de los años 40, 60 ó 70 que la de la semana pasada.

En general la inteligencia extrema da miedo. Da miedo quien se atreve a cuestionar lo muy firmemente establecido. Es curiosa la cantidad de gente que se llena la boca y la cabeza con grandes soflamas a favor de la rebeldía, la revolución y la indignación…y cuán poca es capaz de plantar cara a casi nada en la práctica. Hannah Arendt, para decir y escribir lo que pensaba (que casualmente era verdad) tuvo que enfrentarse no ya a tal o cual lobby, judío o no judío, sino a algo mucho peor: a enormes barricadas emocionales.

Publicidad

La mayoría de las personas no tienen las ideas que tienen porque realmente hayan dedicado mucho tiempo a meditar sobre ellas. A la mayoría de las ideas, la mayoría de la gente llega por casualidad: crees en esto o aquello por influencia de tu entorno. Porque es lo que ha creído siempre tu familia o todo lo contrario, porque justo a tu familia quieres llevarle la contraria. Porque te ha convencido tu novio. O tu mejor amiga. O el vecino que te encuentras cada día en la cola del pan. Se “cae” en muchas ideologías tan azarosamente como se nace de una u otra raza. Y eso es así en plena democracia en muchos países, con los mayores niveles de educación e información que la Humanidad ha conocido jamás, es decir, eso es así en sociedades enteras donde la gente es perfectamente libre de formar un criterio propio (a poco que ponga interés en ello). ¿Por qué? Porque para mucha gente, insisto, las ideas no son ideas sino salvoconductos emocionales. Vínculos con otras personas que piensan lo mismo. Lazos con la tribu. ¿Cuántos no son progres o budistas como otros son del Real Madrid o del Barça?

Antes de que empiecen a caer chuzos de punta: con esto no pretendo proclamar que todas las ideologías son banales. Ni mucho menos. Lo que me parece banal es la aproximación que a ellas hacen muchas, muchísimas personas. Suele haber una inquietante proporcionalidad entre la estridencia de un punto de vista y su superficialidad. Lo más radical tiende a ser, en la práctica, lo más efímero y epidérmico.

Volviendo a la película sobre Hannah Arendt: me decepcionó. No salí contenta del cine. No porque la película me pareciera mala, que no lo es. No porque no sea narrativamente elegante. Y muy pero que muy bien actuada. El problema es (en mi opinión) que no alcanza a entrar en el fondo de lo que trata de contar. Bordea el tumor sin atacarlo directamente. Esquiva el duelo final al sol.

No sé por qué me salía compararla todo el rato con “El hundimiento”, esa estremecedora mirada a los últimos días de Hitler en su búnker. Para llaga jodida esa, y a fe que consiguen poner el dedo de lleno en ella, y salir con bien. No se vuelve a ser la misma persona después de haber entrado cinematográficamente en ese búnker. Se sale sabiendo mucho más del cine y de la vida.

En el caso de Hannah Arendt, en cambio, da la impresión de que a la hora de la verdad les ha dado miedo despertar a la misma bestia que da pie a la película. No acaba de sentirse una verdadera y apasionada libertad, un verdadero sentimiento, a la hora de retratar a esa mujer abandonada a su propia lucidez como a su propia suerte. La directora trata de empatizar con su ostracismo pero sin mostrarse demasiado dura con aquellos que a él la condenaron o la quisieron condenar, y dando claves biográficas quizás demasiado cautelosas para dejar una verdadera huella artística. Por ejemplo la relación de juventud con Heidegger. De tan elíptica, sencillamente no se entiende nada como no vaya uno para nota y sepa todo lo que hay que saber del caso.

¿Habrá que concluir que era menos peligroso humanizar a Hitler que a Hannah Arendt? ¿Que la banalidad del mal sigue siendo más difícil de digerir que el mismísimo nazismo?

Insisto, la mayor de las rebeldías de Hannah Arendt, su aportación intelectual más valiente, fue la de atreverse a no comprometer por nada ni por nadie la absoluta libertad de su pensamiento, ni siquiera bajo la presión de los chantajes emocionales más tremendos. Amó la verdad por encima de la tribu, algo que la dialéctica de la película, un tanto tramposamente, trata de equilibrar aludiendo a cierta carencia de sentimientos de la Arendt. Cierta frialdad de corazón. Cuando el dilema no era, nunca fue, nunca será, más corazón o menos. Era, es y será siempre un tema de pura y dura gallardía. De tener bemoles para ser honesta o no.

Mi escena favorita de la película es aquella con la que arranca. Vemos un primer plano de Hannah Arendt sentada en un sofá y oímos una voz de mujer que escandalizada le pregunta: “¡¿Pero cómo puedes defenderle?!”. Vaya, ¿ya estamos metidos de lleno en la polémica sobre Eichmann?, nos preguntamos sobresaltados. Hasta que se abre el plano, y con él la historia, y averiguamos que la protagonista ni siquiera tiene todavía en mente ir a cubrir ningún juicio a Israel. Está hablando con una íntima amiga del divorcio de ésta. El sujeto al que la acusan de defender es el marido de la amiga, quien se está comportando muy mal, y por eso la amiga no entiende que Hannah Arendt le defienda. Pero querida, viene Hannah Arendt a decirle, yo no estoy tratando de defender lo que él hace, sólo trato de ayudarte a entenderlo, para que le conozcas mejor. Y es que las mentes grandes suelen serlo a todas horas, en todos los ámbitos, del más trascendental al más personal. Lástima que lo tengan que ser tan a solas.