El presidente del Constitucional que llamó "onanistas" a los políticos catalanes

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El presidente del Tribunal Constitucional, en una imagen de archivo. / Efe

El cuestionado presidente del Tribunal Constitucional, Francisco Pérez de los Cobos, llamó onanistas a los catalanes y les tildó de peseteros e individualistas. En el libro Parva Memoria (*) que le publicó en junio de 2006 la editorial valenciana Tirant lo Blanch en su colección Extravagancias, con prólogo del escritor mallorquín ya fallecido Cristóbal Serra, divulgó unos improperios en forma de aforismos que pasaron desapercibidos, quizá por lo vulgares. Nadie sospechaba entonces que aquel militante de base del PP y profesor de Derecho del Trabajo llegaría a la presidencia del Constitucional. Cuatro años después, cuando fue nombrado magistrado del alto tribunal a propuesta del PP en el Senado, nadie denunció sus excrecencias.

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De los Cobos escribió: “No hay en Cataluña acto político que se precie sin una o varias manifestaciones de onanismo”, dijo que “el dinero es el bálsamo racionalizador de Cataluña”, cargó contra el nacionalismo porque, según él, “produce masones”, gente indeseable que, según el dictador Franco y el alto clero católico, había que exterminar. De los Cobos, que ejerció de profesor de derecho laboral en la Universidad Autónoma de Barcelona desde 1996 hasta 2007 en que se trasladó a Madrid como catedrático de la Complutense, también cargó contra el supuesto individualismo catalán: “Cuando un catalán está satisfecho lo expresa diciendo: “A mí, ya me va bien“.

Las deposiciones que reunió en ese libro de 56 páginas y dio a la imprenta cuando ya se disponía a abandonar Barcelona, adquieren ahora importancia porque expresan los perjuicios mentales y el grado de polución intelectual del personaje clave, encargado de velar por las garantías constitucionales, como lo prueba esta otra reflexión: “El socialismo no podía ser sino fugaz porque está basado en la fraternidad universal, que es una vaporosa presunción. El capitalismo ha resultado ser más duradero porque es más lúcido: se asienta en el ‘ego’ indestructible“.

Esa contaminación se suma a la tacha de origen por haber ocultado su militancia en el PP cuando fue propuesto y aceptado como magistrado. Es verdad que los 16 senadores de la Entesa Catalana se abstuvieron –los de ICV y ERC no estaban de acuerdo con el reparto pactado entre el PSOE y el PP– y que los siete de CiU votaron en contra. Pero ningún portavoz se empleó en desenmascararle.

Si alguna señoría hubiera consultado la trayectoria y la bibliografía del personaje, como cabía esperar del alto sueldo que perciben por cumplir con su obligación, se habrían percatado de que estaban ante “un aforista”, seguidor de Epícteto, simulador, gracioso y cínico, que evolucionó desde la ultraderecha juvenil –su padre encabezó la lista de Fuerza Nueva en Murcia al Congreso en las primeras elecciones democráticas de 1977 y su hermano es coronel de la Guardia Civil con alta responsabilidad en las coaclas de Interior– hasta la alineación con el PP.

Algunas máximas o aforismos de su libro refieren percepciones sensoriales: “Europa entera huele a fast food”, “hay quien mira una paloma y ve una rata”. Otras exponen ocurrencias orgánicas: “Quien lee mucho, escribe estreñido”, “signo de nuestro tiempo es que los viejos quieran morir follando”. Pero hay una que le afecta especialmente: “Triste es el sino de los políticos: vivir pendiente del periódico”, otra que no podrá olvidar: “Una agenda es un elenco de desconocidos”, y otra, de José Bergamín, que le puede venir bien por si piensa dimitir: “Cuando te vas a enterar de que seas lo que seas, lo estás dejando de ser”.

Aunque si nos atenemos a su propia reflexión, no parece que este garante de los derechos y deberes constitucionales esté dispuesto a caer del pico de la pirámide. Dice lo siguiente: “Una cacicada puede hacer de un inepto un profesor de universidad o un magistrado del Supremo, pero, en ese caso, sólo la muerte puede evitar que el afortunado considere su suerte un acto de justicia y haga pleno uso de las prerrogativas propias de su cargo”.

(*) Las 23 primeras páginas de ‘Parva memoria’.