Manning

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Bradley_Manning
El soldado Bradley Manning, en una imagen de archivo. / Efe

Paso el verano en Norteamérica, lo cual en mi caso tiene mucho de volver a (irse de) casa. Lo bueno de estar fuera es que puedes ver las cosas desde dentro sin tomártelo como algo demasiado personal. No diré desapasionadamente pero sí con las pasiones más despejadas, mejor ventiladas por el sentido del humor. Por ejemplo puedes permitirte el chiste privado, y no tan malo, de que tiene gracia el apellido Manning. Existe la palabra inglesa “manning”: significa personal o plantilla. Pero así leído deprisa con un inglés más de andar por casa, más en plan anuncio de Vueling, para entendernos, ¿suena o no suena a “haciendo el hombre (man), hombreando”? Justo se me ocurre al leer en los papeles la de Dios que se ha montado con la decisión de Bradley Manning de dar rienda suelta a sus apetitos de ser mujer –llamadme Chelsea…–, así sea en lo más profundo de las mazmorras del Pentágono. Que ya son ganas.

Debo confesar que me he reído con la risa cascada del Coyote al leer y notar la febril preocupación de mucha prensa liberal y mucho bloguero biempensante de Estados Unidos preguntándose angustiados cómo escribir sobre el soldado Manning. ¿Deben llamarle él, deben llamarle ella? ¿Sabrá todo el mundo de quién están hablando si usan su nuevo nombre de guerra, Chelsea, en lugar de Bradley? Si se atienen al Bradley y al género masculino que es todavía el oficial, ¿estarán violando sus derechos civiles? Da la impresión de que les preocupa mucho más que esta persona pueda sufrir agresiones verbales contra su mutable identidad sexual que los más de mil días que le han tenido en confinamiento salvaje y abusivo, pasando las de Caín en un sentido mucho más literal. Paradojas de la corrección política.

Que Bradley/Chelsea Manning no se sentía a gusto con su sexualidad, con su género ni con demasiadas cosas más de sí mismo no es nuevo ni era un secreto. El alto mando militar de EEUU tenía constancia de su fragilidad y probablemente debió pensárselo dos y hasta tres veces antes de mandarle al delicado destino al que le mandó. Digan lo que digan continúa siendo un horror no ser un hombre de pelo en pecho en el ejército. Si los soldados homosexuales no han podido salir del armario (y con cuidadito) hasta hace cuatro días, si las mujeres marines destacadas en Irak tenían que ir de dos en dos a las duchas para no arriesgarse a ser violadas, ¿qué puedes esperar para alguien tan complicadamente diferente como Manning?

¿Es Manning un héroe, como sostienen muchos tras ver y leer horrorizados los documentos que filtró, y que descarnadamente exponen la cara más oscura del ejército de EEUU sobre el terreno? ¿O es más bien un traidor, como contraargumentan los que alegan que este tipo de filtraciones sacadas de contexto siempre dan una imagen sesgada de la realidad, una en la que sólo trascienden miserias escogidas de los soldados estadounidenses, mientras nadie pide nunca explicaciones a los del resto del mundo? ¿Padecemos los occidentales en general una especie de combinación de inexplicable autoodio y estúpido paternalismo, de estúpida insistencia en seguir pensando que esto es el mundo de Tintín y nadie puede hacernos suficiente sombra ni pupa? ¿Hemos perdido el más elemental sentido de la supervivencia no ya como civilización o como sociedad, sino como comunidad de vecinos? ¿O es verdad que se nos ha endurecido sin remedio el callo democrático?

En EEUU anda todo el mundo revuelto e indignado con este escandalazo de la NSA y el espionaje a gran escala de ciudadanos norteamericanos. Y en el resto del mundo nos hacemos eco sin darnos cuenta del insultante detalle esencial: están enfadados porque su Constitución, la made in USA, dice que no se les puede espiar a ellos, a los milagrosamente nacidos en semejante land of the free, home of the brave. A los ciudadanos de San Blas o de Matalascañas que nos den. Si la CIA espía al resto del mundo no sólo no es problema sino que ni siquiera es noticia. Es lo normal. Lo normal sólo deja de serlo de fronteras estadounidenses para adentro. ¿Por qué se creen ustedes que la cárcel de Guantánamo está en Guantánamo, Cuba, y no en mitad de Wisconsin?

Resumiendo, que a veces da la impresión de que estamos todos embarcados en una fantástica borrachera de sinsentido. Nosotros por creer que el espionaje estatal a escala industrial no es una rutina diaria desde hace décadas. Los americanos por creer, especialmente después del 11-S, que ellos son los únicos nacionalmente exentos de esta rutina. Cuando en la práctica todo el mundo que tenga, no ya un conocimiento elemental de cómo funcionan los gobiernos y los servicios secretos de cualquier país, sino un sentido común básico, sabe que la vigilancia masiva es un hecho. Y sólo la limitan las carencias tecnológicas por un lado, y la estupidez a la hora de interpretar los datos por otro. Para entendernos, no nos espían (a todos y cada uno) más porque no pueden, y no nos espían mejor porque no saben. Ese es el único, no sé si consuelo o respiro.

Los  Snowden, los Manning, etc, son puntas visibles del iceberg de un sistema que, de ser perfecto, nunca dejaría ni tan siquiera sospechar de su existencia. Cada vez que los servicios secretos salen en las noticias es porque han fracasado. Cuando triunfan no se entera nadie. A lo sumo hacen una película décadas después, como Argo.

Volviendo a Bradley/Chelsea Manning: ¿no es cuanto menos curioso que haya esperado a conocer su sentencia de 35 años de cárcel antes de dar a conocer al mundo su afán de cambiar de sexo? ¿Por qué no antes? ¿Por qué no después? El momento elegido puede ser determinante no ya para conseguir un tratamiento penitenciario más suave (eso es importantísimo en EEUU, un país con unas cárceles de máxima seguridad que son lo más parecido a enterrar viva a la gente) sino quien sabe si ser expulsado del ejército de una manera radical y total que ayude a atenuar su condena.

No olvidemos que Manning no es ni ha sido nunca un cazasecretos de WikiLeaks, ni un periodista de investigación, ni siquiera un idealista en el sentido puro del término. Él estaba dentro de la inteligencia militar a la que denunció. La dureza de su condena tiene que ver menos con lo que hizo que con ser quién era: alguien que forma parte de una estructura defensiva que en un momento dado decide unilateralmente no ya abandonar porque no le gusta, sino airear sus trapos sucios a los cuatro vientos. Técnicamente esto es una traición (si esto fuera una película de espías de los años 30 quizás se vería más claro que ahora...). Hay algo de autoinmolación. De autodestrucción sutilmente salvaje...y colectiva. De capullo (en el sentido de crisálida, por favor no me malinterpreten...) que quiere explotar para ser otra cosa. Pero que no quiere explotar solo.  ¿Conseguirá Manning como mujer lo que nunca logró como hombre, que le hagan más caso? Pero, ¿a qué precio?


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3 Comments
  1. Patronio says

    ¿Te dejarían en el ABC escribir estas cosas?

  2. rojobilbao says

    Si la CIA espía al resto del mundo no sólo no es problema sino que ni siquiera es noticia. Es lo normal.

    LÓGICO. Lo aberrante es que el CESID se dedicara a espiar a ciudadanos españoles, los que les pagaban el sueldo.

  3. ProPolis says

    Anna, por favor, la próxima vez esfuérzate un poco por librarte del cuentacuentos (storytelling) castrense del Manning desequilibrado. Ahí va un texto para inspirarnos:

    http://propolis-colmena.blogspot.com.es/2013/08/loving-chelsea-manning-poem-and-song.html

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