Entre Lord Jim y Silvio Berlusconi en Lampedusa

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Berlusconi, el pasado día 2, durante la sesión del Senado italiano. / Ettore Ferrari (Efe)
Berlusconi, el pasado día 2, durante la sesión del Senado italiano. / Ettore Ferrari (Efe)

Lord Jim es una de las novelas más sobrecogedoras de Joseph Conrad. Su protagonista es el capitán de un barco cargado de musulmanes malayos (hombres, mujeres y niños en gran cantidad) que viajan en peregrinación a La Meca. El capitán del barco es inglés, así como toda la tripulación. En plena travesía se produce una tormenta, el casco de la nave sufre grandes desperfectos y parece inevitable que se vaya a pique. Los tripulantes ingleses deciden que es imposible salvar el barco ni a los pasajeros, pero que sí está en su mano salvarse ellos, escapando en un bote salvavidas. Les cuesta muchísimo convencer al capitán, Jim. A él realmente le repugna la idea de abandonar como una rata el barco del que es responsable. Pero entre todos le convencen de que no es cuestión de moral sino de pragmatismo y de que es un idiota si no se va. Se deja convencer y huye en el bote. Contra todo pronóstico el barco a la deriva recibe ayuda a tiempo. Los pasajeros se salvan. La vergonzosa verdad sale a la luz. A Jim le degradan, le niegan todo derecho a volver a hacerse profesionalmente a la mar.

El resto de la novela es la lucha de un hombre por sobreponerse a su propia vergüenza. El tránsito de Jim el miserable a Lord Jim. La reconquista de la dignidad, del respeto, no ya ajeno, sino sobre todo propio.

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Imposible no acordarse de la tragedia de Lord Jim (basado en hechos reales, e interpretado en el cine por Peter O’Toole) viendo las imágenes de Lampedusa. Si es casi lo mismo: quinientos desdichados abandonados a su suerte en medio del mar por uno, dos, tres pesqueros… Me comenta un entrañable compañero periodista que es también hombre de mar, Félix Madero, que de esto también tiene en gran medida la culpa el maldito Silvio Berlusconi. Que en su afán por blindar Italia de la inmigración en su opinión indeseable, Il Cavaliere promulgó leyes alucinantes que castigaban con multas, y hasta posible pérdida de la licencia para pescar, a aquellos que auxiliaran a náufragos del Tercer Mundo en apuros. Esto explicaría parte de la espantosa insensibilidad de esos capitanes de barco que pasaron de largo, los Lord Jim de turno. Lo terrible del pragmatismo es que en el momento pareces tonto si no lo aplicas. Y luego a lo mejor no te alcanza la vida para redimirte.

Ahora que una tragedia que a pequeña escala ocurre cada día en el Mediterráneo (se calcula que unas 20.000 personas pierden la vida cada año en situaciones parecidas a las de Lampedusa) se ha multiplicado por más de 200 muertos, por fin nos hemos enterado, o querido enterar, de la negra vergüenza que poco a poco se abre paso dentro de nosotros. Europa es cada vez más pobre, es decir, más mezquina. Sin que eso disipe el formidable malentendido que todavía empuja a tantos desesperados de Etiopía o Eritrea a tratar de llegar a nuestras costas a cualquier precio. Por supuesto ahora se dispararán los análisis políticos sobre inmigración, ayudas al desarrollo, corrección internacional de las desigualdades… pero el problema esencial, el más hondo, está mucho más directamente pegado al corazón de cada individuo. Del Lord Jim que hay en cada uno de nosotros. ¿Cómo no entender al capitán de barco que, entre la espada de la crisis y la pared de las leyes de Berlusconi, teme perder la licencia para pescar con la que da de comer a sus hijos, y para no perderla si hace falta le arrea con el remo en la cabeza a un etíope antes de permitirle subir a bordo? Está entendido y más que entendido. Ahora sólo falta entender a dónde nos lleva esto. A qué grado de inhumanidad insoportable no ya para las víctimas, sino para nosotros mismos, a poco que tomemos conciencia. ¿Qué habrán pensado esos capitanes de esos barcos que pasaron de largo en Lampedusa al ver las imágenes de la tragedia por televisión? ¿Se sentirán como el protagonista de Conrad?

En la novela, Jim acaba retirándose a la más remota selva de Malasia, donde cree que su pasado no puede alcanzarle, y está en un tris de reconstruir su vida. Se gana el respeto de una comunidad indígena por cuyo bien y seguridad se esfuerza, obtiene el amor de una mujer de esa comunidad, etc. Se convierte en Lord Jim. Hasta que surge una nueva situación comprometida que él cree que puede controlar. Se equivoca y su error le cuesta la vida al hijo del jefe de la comunidad. Lord Jim había apostado su propia vida a que eso no podría ocurrir. Revestido de su nueva dignidad, exige pagar esa deuda. Exige ser ejecutado. Y es muriendo de esta manera como lava sus culpas.

La idea sería cambiar unas cuantas cosas para no tener que llegar a eso. A ver si de una p… vez echan a Berlusconi del Senado italiano y de todas partes donde pueda sacar lo peor de nosotros mismos. Y a ver qué hacemos de ahora en adelante para sacar lo mejor. Pero en serio.

2 Comments
  1. jotaele says

    ¿Los spoiler de Lord Jim eran necesarios?

  2. celine says

    Muy bien traído el paralelo entre Lord Jim y lo que está ocurriendo, Grau. En cuanto a que el final estropee la eventual lectura de la novela para el afortunado que no la haya leído aún, no debe temer nada jotaele: la novela enseña mucho más que un simple argumento. Es la grandeza de la literatura frente a las noveluchas esas que se venden tanto.

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