Meterte o que te metan en política

Me entra por el FB un buen amigo, catalán, que me dice que se ha enterado de que últimamente me he significado en público a favor del Movimiento Ciudadano de Albert Rivera. Le digo que sí, que i tant. Mi amigo s’esgarrifa: ¿y no te da miedo hacer eso siendo periodista? Mi respuesta: pues mira, majo, ya no. ¿Qué me puede pasar por decir lo que pienso que no me haya pasado ya en esta Cataluña que ya tiene Comité de Actividades Catalanas (CAC) y todo?

A mi lo que m’esgarrifa es que mi amigo, que es una persona buena, inteligente y hasta sensible, s’esgarrifi tanto por oírme decir públicamente lo que hace rato que pienso de los actuales gobernantes catalanes: que son un hatajo de incompetentes, de bestias y de destructores de aquello mismo que más dicen amar y defender. Que más debería importarles. Se llaman nacionalistas catalanes y se están cargando el alma catalana más eficazmente que muchos esbirros franquistas.

¿Que dicho así de crudo puede herir los sinceros sentimientos de alguien, sobre todo los de tanta gente abducida por el discurso único actualmente imperante en la política y la comunicación catalana? Seguro. Igual que me duele a mí, que tengo una hija nacida en Madrid, oír todo el día que “Espana nos roba”, que los españoles son unos fascistas y que los que queremos ser catalanes y españoles tenemos alma de “esclavos”.

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Hace mucho que en Cataluña se han perdido las formas, la perspectiva y la cabeza… muy asimétricamente. Quiero decir, que si un opinador o político catalán decide cargar contra España y lo español, o simplemente contra los que abogan por un modelo de sociedad catalana abierta e inclusiva, no se corta ni se para en barras y aparentemente nadie se percata del exceso. Les parece natural decir cualquier burrada en ese sentido. En cambio por el otro lado hay que acochinarse, hay que evitar cuidadosamente ir demasiado lejos, hay que llenarse la boca de eufemismos, so pena de que te llamen facha o te digan que padeces autoodio. ¿Autoodio yo, con lo apasionadamente que me quiero, a mí y a todo lo mío? Por eso me toca las narices que me lo toquen. Tanto o más que a ellos.

Lo que el catalán emprenyat al uso no entiende es que, por mucho que le digan lo contrario, España no es un invento político sino una realidad humana. Con toda su carga emotiva, tanto o más fuerte que la catalana. Yo que tengo la doble nacionalidad sentimental, que creo que Cataluña y España son dos naciones simultáneas, fundidas en el espacio y en el tiempo, que una no se entiende sin la otra ni la otra sin la una, pues sufro, sí señor, sufro cuando me intentan obligar a elegir. Como supongo que sufriría el catalán de los años 50 que no le dejaban hablar catalán. O el español de los 2.000 que le ponen pegas para que su hijo aprenda castellano en Cataluña.

Pues ya va siendo hora de llamar a las cosas por su nombre. Por ejemplo: esto de fabricarse un censo catalán fantasma para una consulta a medida de quien la convoca es una salvajada. No sólo porque es ilegal sino porque está muy mal. ¿Por qué puede votar un chico de 16 años esta cosa y no puede votar otra? ¿Por qué quieren sacarse de la chistera un censo donde puedan votar catalanes residentes en Tokyo, en Madagascar y en Pernambuco, pero no residentes en el resto de España? ¿Quién decide los límites del dret a decidir para los catalanes de primera y los catalanes de segunda? ¿No se dan cuenta muchos catalanes normales y buenos de corazón de lo que está pasando? ¿De lo que nos están haciendo? ¿Qué les parecería si una cosa así la hiciese Mariano Rajoy? ¿No le pondrían de Hitler para arriba como mínimo?

Hasta yo, que nunca antes había ido ni a una reunión de comunidad de vecinos, me he dado cuenta de que hay que hacer algo.