Variopintos al poder

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Esmeralda Domínguez muestra un plato en su restaurante. / Facebook de Esmeralda Domínguez

En el número 5 de la Carrera de San Jerónimo, en medio de todo ese follón, hay una puerta y después una escalera que si se sube con confianza lleva a la Casa de Soria. Y una vez dentro de la Casa de Soria, al restaurante Variopintos, que es una cosa muy curiosa de ver. Y de catar.

Lo ha fundado y sacado adelante una soriana insultantemente joven y decidida. Se llama Esmeralda Domínguez y hasta ahora se suponía que lo suyo era el marketing, no la restauración. Pero se reinventó y el reinvento está para chuparse los dedos. Una carta especializada en setas pero que también toca con mucho tino la carne, las envolventes cremas de invierno, las ensaladas adorables. Todo ello servido en un ambiente precioso. Lo que eran los típicos locales más bien soporíferos de toda casa regional que se precie parecen ahora lo que son, el comedor de una moderna, tocada por la gracia de un gusto exquisito. Luz, luz a mares por todos lados. Detalles finos como un verdadero pedazo de sequoia colgando de una pared. Todo de un estilo rústico-minimal que acompaña sin oprimir, que invita sin imponerse. Si a eso se le suma el arma secreta de la madre de Esmeralda, que es la que guarda bajo siete llaves los secretos de cocinar bien las setas, la satisfacción está garantizada.

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Se puede comer barato al mediodía y cenar no caro por la noche, siempre a gusto. Y se puede tener además la alegría de asistir en vivo y en directo al nacimiento de una empresita juvenil y familiar, uno de esos milagros que, a pesar de la crisis, de Montoro y de otros castigos, pues ocurren. Esme no encontraba trabajo y se lo fabricó a medida. La vida no le llovía proyectos y se los buscó. La energía la pudo haber puesto en pegarle fuego al mundo y en lugar de eso se atrevió con los fogones. Valiente que es la tía, y por supuesto tiene suerte de tener una familia tremenda que ha creído en ella y se ha puesto detrás de ella en apretada falange romana. Aun así tiene mérito.

Acaso el único problema es que te acompleja un poco, que sales del restaurante preguntándote, ¿y yo qué puedo hacer para encontrar algo que me haga brillar así los ojos? ¿Que me ilusione y me haga echar todas las horas del día y de la noche no porque todo está fatal y tengo que dejarme explotar de mala manera, sino porque definitivamente creo en algo mío?

La ilusión es uno de los primeros lujos que se pierden en toda crisis. Y la fe en uno mismo. Viendo a Esmeralda Domínguez y a su más que apetecible Variopintos me doy cuenta de que cuando pintan bastos no hay ni un minuto, pero es que ni un segundo que perder. Que es un error garrafal quedarte agazapado en tu rincón, cogiendo miedo y perdiendo autoestima. Dejándote convencer poco a poco de que no sirves ni vales para nada. Y un cuerno. Es todo lo contrario. Hay que atreverse a defenderse, a contraatacar, a darle la vuelta a la batalla. Ya. Mejor hoy que mañana.

Ah, y además los postres de Variopintos están para morirse de buenos.