En las alcantarillas de la Humanidad

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Joan Carreras y Andreu Benito en "El policía de las ratas". / teatroabadia.com
Joan Carreras y Andreu Benito en "El policía de las ratas". / teatroabadia.com

Definitivamente Álex Rigola es un director de teatro al que no se puede dejar pasar de largo. Montaje que trae a Madrid, montaje que hay que ir a ver sí o sí. Ahora tiene en La Abadía “El policía de las ratas”, una pieza basada en el relato del mismo nombre de Roberto Bolaño, a quien Rigola ya versionó en “2666”. Esta vez el resultado es una pieza breve e intensa como un magnífico primer polvo. Lo lamento mucho pero no se me ha ocurrido ninguna metáfora más exacta. Tal y como lo siento, lo digo.

Dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Es mentira. No es lo bueno lo que mejora por breve, somos nosotros. Es nuestra capacidad de prestar atención y de apreciar. “El policía de las ratas” es una obra redonda y plena que no deja margen para bajar el nivel. Si durara más, el público tendría problemas para estar a la altura.

No es tanto un tema de densidad o de rebuscamiento como de sutileza. Si el texto es la mar de sencillo. Lleno de poética y de retranca, eso sí. Pepe el Tira es un policía, un policía de las ratas, una rata que es policía, y que investiga las muertes de algunos congéneres que le parecen sospechosas. Aunque para sospechoso él, que desde el primer momento se nos advierte de que no es una rata, rata, como las demás. Para empezar es sobrino de Josefina la Cantora, una roedora que fue artista en complicada tensión con su pueblo de ratones…según Kafka.

El texto de Bolaño se vuelca en escena casi tal cual, casi palabra por palabra, con lo cual puede llegar a dar la impresión de que el teatro salga solo, sin hacer nada. Un escenario cegadoramente simple y blanco con dos actores vestidos de oscuro, el cadáver de una rata y un gotero que deja caer su estrepitosa sangre en el suelo y en las manos de Pepe el Tira. Y ya está.

Y sin embargo se activan muchos matices, pasan muchas cosas. Por ejemplo es maravillosamente sutil como el “otro” actor (Andreu Benito), el que no es Pepe el Tira (Joan Carreras), va encarnando a sucesivos personajes que le dan la réplica y, poco a poco, algo peor. Que plasman su creciente soledad en medio de una muchedumbre de distancias. La raza de las ratas vive su miserable épica en las alcantarillas donde curiosamente es un policía el único que se atreve a ser y a pensar distinto. A cuestionar los hondos mecanismos de la tribu.

Y no porque no la ame. Si lo de Pepe el Tira es un horror. Cuando descubre que lo indecible y lo impensable pueden hacerse realidad, que existen ratas capaces de matar a otras ratas, he aquí como se le hunden el mundo, la raza y el pueblo: “Esa noche no quise dormir en la comisaría y me hice un hueco en una madriguera llena de ratas tenaces y sucias y cuando desperté estaba solo. Aquella noche soñé que un virus desconocido había infectado a nuestro pueblo. Las ratas somos capaces de matar a las ratas. Esa frase resonó en mi bóveda craneal hasta que desperté. Sabía que nada volvería a ser como antes. Sabía que sólo era cuestión de tiempo. Nuestra capacidad de adaptación al medio, nuestra naturaleza laboriosa, nuestra larga marcha colectiva en pos de una felicidad que en el fondo sabíamos inexistente, pero que nos servía de pretexto, de escenografía y de telón para nuestras heroicidades cotidianas, estaban condenadas a desaparecer, lo que equivalía a que nosotros, como pueblo, también estábamos condenados a desaparecer”.

Es triste el día en que tu pueblo, la “nación” que has mamado, te sabe a poco o algo peor. Es para ponerte a chillar de miedo. Y sin embargo es ese chillido en el fondo de la soledad y de la alcantarilla lo que quizás nos hace mejores ratas, o más humanos. Seguramente lo mejor de nosotros es esa desesperación de no tener nada que ver con nadie (siendo por eso mismo universal…) que Kafka habitaba por sistema, donde Bolaño pasaba largas temporadas y donde la mayoría de nosotros, Álex Rigola mediante, aguantamos una hora. Para volver luego a la normalidad y a las andadas. Pero con algo más de intuición dentro.

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