El último órdago de Adolfo Suárez

La última foto publicada de Adolfo Suárez es esta que le hizo su hijo Adolfo Suárez Illana paseando con el Rey. / Efe

Cuando Adolfo Suárez presentó mi biografía de Juan María Bandrés en el Congreso de los Diputados (Memorias para la paz) le recordé en los pasillos lo que el coautor -con Mario Onaindía- de la desaparición de media ETA, la político-militar, me había dicho de él en 1985 para que lo publicásemos: “No pasará a la historia como un hombre nefasto o negativo y fíjate que yo siempre voté en contra de sus propuestas”. Luego había añadido que, en una ocasión que acudió a la Moncloa para entrevistarse con él, cuando hablaron de la negociación entre el Gobierno y ETA p-m, poco antes del 23-F, “cuando ya estaba tocado”, le dijo en confidencia: “Mira, la gente que tengo aquí, a mi alrededor, son catedráticos, profesionales de la universidad, abogados del Estado y, en definitiva, tienen otras cosas que hacer si algún día dejan esto. Pero yo, el único oficio que sé hacer, no sé si bien o mal, es éste; o sea, presidir el Gobierno. Claro que yo, en toda mi vida, no he deseado otra cosa que ocupar este despacho”.

Fue presidente como quien jugaba al mus. Con una diferencia fundamental. En política, ganaba. En el mus perdía. Y lo hacía –doy testimonio de ello porque fui pareja suya en varias ocasiones- porque era, como se decía en los ochenta, un “chuleta”. Echaba órdagos a todo. En la misma mano, los echaba lo mismo a la chica que a la grande. A todo. Y, claro. Acababan pillándonos y caíamos.

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Pero en política era otra cosa. Por jugar con términos algo machistas, era el rey del órdago a pares. Y los ganó todos mientras el rey Juan Carlos, que fue quien le promovió desde el desconocimiento general (sólo era un irrelevante Secretario General de ese Movimiento que había que cargarse para empezar la Transición, de cuyo nombramiento llegó a decir Ricardo de la Cierva aquello tan famoso de ¡qué error, qué inmenso error!) estuvo sobre su chepa. Porque cuando, después de ganar las elecciones generales por segunda vez, en 1979, contando con el apoyo de la AP de Fraga para su investidura, el monarca fue retirándole su apoyo progresivamente –la mitad por razones políticas y otro tanto por razones personales relacionadas con eso tan elemental del “no olvides que te he nombrado yo” frente al “majestad, que a mí me han votado”) todo el mundo, sobre todo los militares herederos de Franco, fueron a por él y sabe el cielo qué hubiera ocurrido cuando floreciesen los almendros en 1981.

Aunque parezca de risa, el golpe de Tejero del 23-F destruyó el gordo que se estaba preparado para mayo, del que Suárez estaba tan alertado que dimitió el 29 de enero de 1981 y, para frenarlo, propuso como sucesor en UCD y la presidencia del Gobierno al candidato de los norteamericanos, Leopoldo Calvo Sotelo, según me confesó entre jugada y jugada de mus en el autobús del CDS en que viajábamos cuando hizo la campaña de las generales de 1986. Un viaje en el que se hartó de contarnos anécdotas a unos cuantos periodistas sobre las “faenas” que le había hecho el Rey echándole a los pies de los capitanes generales. Y nunca mejor dicho porque, dijo, en el despacho del monarca tuvo muchos encuentros con ellos en los que se le subían a las barbas cuando no cruzaban los zapatos en la mesa baja.

Suárez echó un órdago hasta para parar el golpe que se había preparado contra su presidencia. Pero era su estilo. Desde que le nombró el Rey no paró de ganarlos en situaciones más que de riesgo. La legalización del PCE el 9 de abril de 1977, en plena Semana Santa, fue el primero de ellos. Y a la cúpula militar franquista. Lo ganó por los pelos que empezó a dejarse en la gatera y que luego echaría tanto de menos cuando se quedó solo ante el peligro militar. Porque, en 1980, hasta el PSOE apostaba por un Gobierno de coalición sin Suárez de presidente.

El segundo órdago ganado no fue menos espectacular. Negoció con los representantes de ETA y consiguió que no hubiera un solo preso político vasco en las cárceles el día que se celebraron las primeras elecciones democráticas, el 15 de junio de 1977. Bandrés me contó muy bien los arrestos que le echó porque no había forma legal de liberarlos con una amnistía y porque, otra vez, la presión militar fue insoportable para que no salieran los condenados en el juicio de Burgos, con Mario Onaindía a la cabeza, ni los que consideraban vinculados al asesinato de Carrero Blanco, que ellos creían que sí pero no había. Al diputado vasco se le ocurrió una fórmula, no regulada jurídicamente, pero que podía encajar en la legalidad de rebote: los famosos extrañamientos. Y Mario Onaindía y los demás, por orden de Suárez, para que no hubiera etarras en la cárcel en el inicio de la democracia, acabaron en Bélgica, Holanda y otros países europeos unos días antes del histórico 15-J. “Extrañados”.

Otro órdago tuvo que ver con lo mismo. La negociación con ETA p-m que permitió que su partido político, Euskadiko Esquerra, acabara años después fusionando con el PSOE vasco. Suárez, claro, desmintió que hubiera negociaciones. Y Bandrés me dijo: “Bueno, yo reconozco el derecho de los Gobiernos a decir que las cosas son blancas cuando son negras. Creo que Suárez negoció, hizo muy bien en negociar y hay que agradecerle que lo hiciera como han negociado antes y después los que le han precedido y le han sucedido”.

Es significativo cómo Bandrés refleja el entendimiento con Suárez unas semanas antes del 23-F: “Se establece una cierta equiparación curiosa entre su labor como liquidador del Movimiento, del que él fue Secretario General, y la disolución de ETA por nuestra parte. Se establece un cierto paralelismo que él comprende porque es uno de los hombres que mejor puede entender las dificultades internas de romper con las estructuras existentes”.

El único órdago que pierde Suárez, aunque al final la partida quedara en empate, es resistirse a dimitir cuando todos, incluso el Rey, están contra él y conspiran para derrocarle como sea. Los sectores conservadores -incluidos los democristianos- de UCD, el PSOE que le presenta una moción de censura, el PNV que boicotea su visita al País Vasco sólo dos meses antes del 23-F. Y, por supuesto, los militares. Por cierto, con Alfonso Armada, ex jefe de la Casa Real a la cabeza, pero ya en primavera de 1980, que es cuando Suárez lo manda a conspirar a Lérida.

Al final, se rinde. “Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la Historia de España”, dice. Y dimite. Pero descabalga el golpe.

Echa otro órdago, a pares, en una partida menor, cuando crea el CDS y saca dos diputados al principio y 19 al final. Es el primero que propone que se acabe la mili y que el ejército sea profesional. También lo ganó.

Pero al final siempre hay un órdago que ningún ser humano puede aceptar. El de la muerte. Y en eso ha estado. Resistiendo, sonriente hasta el último minuto. Sin saber, a estas alturas de su Alzheimer, la importancia de los secretos que se lleva con él hacia el limbo de los justos.