Así fue el final de la Guerra Civil para tres jóvenes aviadores republicanos

García_Borrajo_final_de_la_Guerra_Civil
Imagen de Antonio García Borrajo cedida por él mismo, en su día, al autor.

A mí estos cabrones no me fusilan”, dijo el aviador Antonio García Borrajo a algunos compañeros del campo de prisioneros de Albatera. El jefe del ejército republicano del centro, coronel Segismundo Casado, había capitulado; el socialista Julián Besteiro todavía confiaba en negociar con Franco una “paz honrosa” que preservara la vida de los combatientes. Era un ingenuo. Los miles de soldados y oficiales republicanos que obedecieron la orden de reunirse en Los Almendros, cerca del puerto de Alicante, para embarcar hacia Orán (Argelia), fueron bombardeados por los aviones italianos mientras esperaban unos barcos que nunca llegaron. “Nos engañaron como chinos”, recordaba Antonio García Borrajo. De aquel amargo final de la Guerra Civil, marcado por el último parte de Franco: “Cautivo y desarmado el ejército rojo…”, se cumple hoy el 75 aniversario.

Publicidad

Indefensos y hambrientos como estaban, García Borrajo y cientos de compañeros fueron conducidos al campo de Albatera, entre Alicante y Murcia. “Sabíamos que nos iban a fusilar, pero decidí que a mí aquellos cabrones no me fusilaban, y a las tres de la madrugada del 12 de abril de 1939, el tanquista Romero y yo decidimos escapar. Él tuvo mala suerte. Un centinela del perímetro exterior oyó ruido y empezó a disparar. Una bala le alcanzó un muslo. Lo agarraron enseguida, le sentaron en una silla porque no se tenía de pie, y lo fusilaron allí mismo”.

— ¿Y usted?

— Seguí corriendo, me metí en unas huertas y me subí en un naranjo. Los guardias civiles me estaban buscando, les oía pasar cerca, les oía decir: este cabrón tiene que estar por aquí. Las pasé canutas…

— De miedo.

— De miedo y de diarrea. Estuve más de ocho horas subido en un naranjo, con una diarrea de mil demonios, jeje.

— ¿Y después?

— Conseguí llegar a Madrid y establecí contacto con el grupo de Antonio Buero Vallejo. Me detuvieron y me podían haber fusilado como reo de auxilio a la rebelión, lo cual era una aberración, pero mi padre, que era abogado, se las ingenió para que me trataran como un soldado prófugo –por suerte, el expediente de depuración no había llegado al tribunal central– y me incorporaron al regimiento de automóviles de Madrid, que estaba en la calle de Ferraz. Di servicio con una DKV a un tal teniente coronel Sertorius. Después me trasladé a Barcelona, donde residía en 1936 y estudiaba Derecho cuando comenzó la sublevación, y colaboré con una red de evasión de prisioneros ingleses en Francia. Me detuvieron a finales de julio de 1941 y me condenaron a 30 años de prisión. Entonces mi expediente militar ya había llegado a la jurisdicción central y no tenía escapatoria. Salí con la condicional del penal de Burgos en 1948, jeje.

— ¿Y a qué se dedicó?

–Me largué de España. Crucé el Bidasoa a nado. Me dispararon, pero no me dieron. Tuve una suerte de mil rayos, jeje. Ya en Francia entré en contacto con algunos españoles y conocí a don Emilio Herrera Linares, que fue ministro de Asuntos Militares de la República y luego presidente de la República en el exilio. En la Universidad de Estrasburgo terminé la carrera de Derecho que había dejado colgada en Barcelona para alistarme como aviador y me emplee como asesor jurídico de don Emilio y como defensor de los derechos humanos y activista de la Federación Internacional de los Derechos del Hombre, de la que fui elegido vicepresidente en 1968 y reelegido desde entonces en cada congreso.

— ¿Qué misiones realizaba?

— Durante más de dos décadas acogimos las denuncias y realizamos las investigaciones de los crímenes de los gobiernos dictatoriales de Guatemala, El Salvador, Perú… El Colegio de Abogados de Lima me nombró abogado de honor por una misión como observador de los derechos humanos de la Federación Internacional de los Derechos del Hombre en la que, después de dos meses de pesquisas, logré liberar de las garras de los militares al secretario general del sindicato de los trabajadores de las minas del Perú y a dos abogados limeños a los que habían hecho desaparecer e informado de su muerte a sus familiares.

— ¿Y sobre la situación en España?

Publicidad

— No aflojamos ni un solo día en la denuncia de los crímenes y la represión de la dictadura. El Consejo de Europa, el Parlamento Europeo, la sede de Naciones Unidas en Ginebra, el Senado de los Estados Unidos y otras instancias internacionales tuvieron que escuchar nuestra voz sobre la represión y los crímenes de la dictadura franquista.

La incansable lucha de Antonio García Borrajo por los derechos humanos fue bien conocida y popular en Francia, donde el presidente François Miterrand le otorgó la Legión de Honor. Al acto de imposición, en 1989 en la embajada española en París, estaba invitado el presidente español Felipe González, pero no acudió.

En sucesivas mañanas de sábado recogí para la novela inédita La verán mis ojos las vicisitudes de aquel aviador republicano y de sus célebres compañeros del arma aérea José María Bravo Fernández-Hermosa y Manuel Montilla Montilla. Un sábado, Borrajo me trajo una bolsa con carpetas repletas de recortes de periódicos, cartas y documentos oficiales con los honores y reconocimientos que había recibido como defensor de los Derechos Humanos. Y allí estaba una condecoración inglesa y la Legión de Honor francesa.

El final de la guerra de José María Bravo, jefe de escuadrilla de los cazas Polikarpov, los famosos Moscas, y de Montilla, que combatió a sus órdenes, fue una lucha sin descanso para proteger con los cinco aviones que les quedaban en el aeródromo de Vilajuiga, en el norte de Girona, a las columnas de civiles y militares republicanos que abandonaban España hacia la frontera con Francia y que eran blanco de la aviación franquista (alemanes e italianos). Lucharon hasta el último día, es decir, hasta que les ametrallaron y destrozaron el aeródromo y los aviones. Sólo les dejaron uno sano. Cruzaron a pie los Pirineos y acabaron junto con los miles de refugiados en los arenales franceses. Gracias a un contacto con Diego Martínez Barrios, Montilla, que había pertenecido a las Juventudes de Acción Republicana, consiguió embarcar hacia México en el Ipanema. Escribió y publicó en México un libro tan sincero como emotivo: Héroes sin rostro, desconocido en España.

Bravo y los aviadores que habían salvado el pellejo se negaron a alistarse con los franceses y recibieron presiones y malos tratos en el campo de refugiados hasta que pudieron salir hacia la Unión Soviética. Bravo combatió en Ucrania contra los nazis, formó parte de un grupo de guerrilleros que atacaban y minaban la retaguardia. Cuando pasó a la aviación le destinaron a la defensa de los pozos de petróleo, objetivo codiciado por los nazis, alcanzó el mando de una escuadrilla y cumplió a rajatabla su misión. Era un tipo sencillo y riguroso, apasionado de la aviación. En 1943 le tocó escoltar con su escuadrilla al avión del camarada Iósif Stalin hasta Teherán, donde acudió a reunirse con Winston Churchill y Franklin D. Rooservelt. De sus vicisitudes nos dejó un libro apasionante: El seis doble (Edt. Fundación Aena).

Los testimonios de estos tres aviadores sobre el final de la Guerra Civil permiten resumir el destino de cientos de miles de españoles –condenas, fusilamientos, cárceles, clandestinidad y exilio–, aunque, por ventura, ellos pudieron vivir, escapar para seguir luchando y poder contarlo. Los tres vivieron hasta la provecta edad de 92 años. Montilla falleció en México durante la primavera de 2009, Bravo murió en diciembre de aquel año y García Borrajo, el más alegre y extrovertido, dejó este cochino mundo once meses después, en noviembre de 2010. Les pregunté un día si creían que volvería la República. Me miraron con escepticismo. “Dependerá de cómo se porten los Borbones”, susurró finalmente Montilla.