Manuel Sánchez Sepúlveda, la letra pequeña que más duele

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Cubierta del libro de Manuel Sánchez Sepúlveda.

La historia no sólo la escriben siempre los vencedores (que también) sino también los más lanzados de los vencidos. Muchos son los llamados a vivir las cosas y muy pocos los elegidos para contarlas. Al final la memoria es un "lo que yo te diga" en boca de muy pocos. El pasado nos llega en oleadas cada vez más lejanas e imposibles de surfear con la propia experiencia. Saber es un acto de fe. Una entrega con armas y bagajes a la verdad ajena.

Sobre todo cuando se trata de saber cosas terribles. Cosas como nuestra guerra civil, claro. Pero no sólo. Veamos por ejemplo lo que pasa en Estados Unidos cuando se ponen a hablar de blancos y negros. De su larga y atormentada historia de racismo. ¿Cuántas veces su memoria sobre el tema no se ha dado la vuelta como un calcetín? De la cabaña del tío Tom y Escarlata O'Hara y todo lo de Mark Twain a Arde Mississipi y a los mártires civiles de los años 60 y a la sangre de Martin Luther King derramándose tan sagrada y tan sobrecogedoramente como la de Federico García Lorca, y Hillary Clinton que aún no se llamaba así porque todavía no estaba casada con Bill se acuerda de cómo lloró aquel día, igual que si le hubiesen partido el corazón en dos y se lo hubiesen ido vaciando con una cucharita, como se hace con los aguacates, y con ella lloró toda esa muchedumbre de blancos desesperadamente buenos como Atticus Finch en "Matar a un ruiseñor", que más da si al final al negro lo matan, lo importante aquí es la bondad, la razón del blanco, dejar la blanca conciencia limpia como culito de recién nacido histórico, pero qué me decís del otro lado, donde anida la culpa en cierto modo aún mayor de la vergüenza, porque ser la víctima quieras que no comportaba y comporta una tremenda, imperdonable humillación, por qué prevalecieron ellos y no nosotros, por qué pudieron azotarnos y esclavizarnos y hacer con nosotros todo lo que se les ocurrió y todo lo que les dio la gana y más, por qué nos dejamos llevar tan mansos a la esclavitud y al matadero, y de esta vergüenza nace entonces un odio que es posible que no se desinfecte nunca con nada, ni con las paletadas de azufre arrojadas encima del cadáver de Malcolm X, y a veces la única solución es capar de arriba abajo todo el lenguaje, ponerse un candado en la boca y no volver a hablar jamás de la cuestión como no sea con subterfugios cuidadosamente elegidos, que si personas afroamericanas o de color, y por supuesto votando a Obama.

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Volviendo a nosotros: aquí las acrobacias de la memoria pasaron del choque feroz de épicas de los años 30, aquí el discurso de la Comedia de José Antonio, enfrente la famélica legión puesta en pie, más las amenidades libertarias del momento que horrorizaron a George Orwell y así quedó constancia en un libro incomprensiblemente de culto para la izquierda, que parece mentira que no se dé cuenta cuando le ponen delante su propio retrato de Dorian Gray, pues se pasó de todo eso a la arrolladora Victoria de todos los unos y a la reducción de todos los otros a la condición de gusanos execrables, y así por décadas y décadas, hasta que poco a poco o no tanto empezó a darse la vuelta a la tortilla y de repente daba gusto cuántos antifranquistas salían de debajo de cada piedra, y sobre todo cuántos héroes, es que hay que ver, increíble que Franco lograra morirse en la cama rodeado cómo estaba por rojos de pro por todas partes, vamos, que ni Rambo ni el general Custer. Y de repente ya toda la memoria era así, una reconstrucción mágicamente fabulosa del bando de los vencidos, escupiendo estos derrota como veneno, negando toda mayor y todo error. De pringados a dioses y vuelta a empezar.

Es una montaña rusa que se comprende pero que marea un poco. Por eso sosiega tanto el espíritu tropezar a veces con un testimonio de sorprendente y desarmante humildad como "Memorias de un Guardia de la República", de Manuel Sánchez Sepúlveda. Llega este libro, editado por Sepha en 2005, a mis manos porque me lo da la hija de Manuel, Mercedes. Es casi como un boca, oreja, como una polinización sutil. El libro cuenta con letra pequeñita, pequeñita, sin ampulosidades y sin aspavientos, la peripecia de un hombre, de un buen hombre, embarcado en el ventarrón de la guerra con sus ilusiones y sus miedos, pequeños y grandes.

Es un libro repleto de cotidianeidad, que no de mezquindad. Es la historia de un chico de pueblo que llega a Madrid buscando cómo ganarse la vida porque se quiere casar y en medio le pillan primero la proclamación de la República y después todo lo que sigue y acaba de guardia de asalto y viéndolas de todos los colores. Con ingenuo desparpajo nos cuenta cómo determinada noche le atormentaba un grano en salva sea la parte, es decir, en el culo, que gracias a un bombardeo se le reventó y mira, no hay mal que por bien no venga. Otras perplejidades surgen al darse de bruces en el campo de batalla con gente del bando contrario pero tan intensamente acojonada como él mismo. A veces se pactan silenciosas treguas entre hombres, no para rendirse ni para traicionar, sólo para tomarse un respiro de tanta saña.

Una de las cosas más tristes que Manuel Sánchez Sepúlveda cuenta es cómo siendo él una persona sencilla, sin particular instrucción política ni mucho menos militar, casi desde el primer momento se dio cuenta de que iban a ganar la guerra los otros. Manuel va y viene, observando barbaridades y errores del bando republicano, por ejemplo al permitir que el Alcázar de Toledo se convirtiera en un símbolo de orgullo y resistencia nacionales. El joven guardia de asalto no oculta su admiración por la "gran moral" de los sitiados, admiración que no deja de teñirse de un oportuno contrapunto amargo: más grande y mejor le habría parecido aquella gesta "si los sitiadores hubieran sido extranjeros en lugar de ser hermanos de raza y españoles de nacimiento".

Una de las cosas más hermosas de este libro es que, estando contado desde el preciso punto de vista de un derrotado, alguien que conoció el campo de concentración de Horta en Barcelona y todo el muestrario de crueles humillaciones que la posguerra destinó a muchos de los perdedores, ni pretende haber sufrido más de lo que sufrió ni se siente autorizado a odiar a nadie. Es casi con ingenuidad que Manuel revela sus pequeños progresos, los golpes de suerte que le permiten acabar viéndose al frente de una fonda en Aragón y levantar cabeza y sacar adelante a su familia, no exenta de dramas como la pérdida de dos de sus hijos, una de ellas en un momento en que su padre no tenía dinero ni para comprarle unos caramelos que la niña pedía dos o tres días antes de morir.

Tan plácido y sosegado es el tono del libro que una podría sospechar, preguntarse cuánto hay de verdaderamente cierto en esta actitud llamémosle casi zen. Si no será una reinvención, una vuelta de tuerca más. Ahuyentan la desconfianza el evidente paso del tiempo entre lo vivido y lo escrito -esa es una buena medicina contra el rencor- y la transparencia casi naïf de un texto donde malamente podría el odio disimularse, de existir.

Cuánta lección, y convicción, hay en algunas letras pequeñas que se echa de menos en la grande.