Dívar, la pésima gestión de una crisis

CUARTOPODER
[La editorial Libros.com publicará próximamente la obra de José Yoldi 'Peor habría sido tener que trabajar', en la que el colaborador de cuartopoder.es repasa su trayectoria profesional desde los comienzos en Europa Press hasta la salida de El País. Por cortesía de la editorial, que tiene abierta una campaña de  crowfunding para financiar la edición, publicamos íntegro el capítulo 11 de la obra -'Dívar, la pésima gestión de una crisis'-, en el que explica los avatares de una investigación que le valió el Premio Víctor de la Serna como Mejor Periodista del Año, en 2012]

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Cubierta del libro de José Yoldi.

"Muchos de los que ostentan el poder —sean políticos, banqueros, pero especialmente los policías y jueces— suelen creerse invulnerables. Unos, porque «¿quién va a atreverse a investigarme a mí?» y otros, simplemente, por aquello de «¿quién va a investigarme si el que investiga soy yo?» Ese pequeño detalle suele hacer que en muchas ocasiones se muestren negligentes, o simplemente descuidados, a la hora de cubrir el rastro de las irregularidades que cometen.

En septiembre de 2008, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, sorprendió al mundo al designar a Carlos Dívar para la presidencia del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo. Llevaba más de 25 años en la Audiencia Nacional, pero era tan poco idóneo para el cargo que recuerdo que empecé un artículo sobre él con la anécdota que, como chacota, circuló entre los magistrados del Supremo el día que se conoció su designación. «Te juro por la memoria de mamá que a Cirilo lo han hecho ministro», se burlaban los jueces al recordar el texto del telegrama que el 25 de noviembre de 1957 el hermano de Cirilo Cánovas envió a su hermana por lo que entendía que era un disparate del general Franco al incluir al ingeniero en su octavo Gobierno en sustitución de Rafael Cavestany como ministro de Agricultura. La comparación entre ambos nombramientos fue un alborozo.

Los jueces del Supremo, que aspiraban a ser ellos los designados, enumeraban las cualidades que debía tener un buen presidente y Dívar no atesoraba ninguna de ellas: nunca había formado parte de un tribunal colegiado, nunca había puesto una sentencia, nunca había escrito un artículo sobre derecho, no tenía la condición de magistrado del Supremo ni había sido catedrático de reconocido prestigio. Era un segundón sin méritos entre el generalato de la carrera judicial.

Su única característica reseñable era su exacerbado fervor religioso y su admiración sin límites hacia el papa Karol Wojtyla, que había plasmado en un artículo titulado Justicia y Juan Pablo II, publicado en la página web de la Hermandad del Valle de los Caídos, y en el que tras hacer ver su sintonía con el papa en temas como la justicia divina, el matrimonio o el aborto, él que era soltero, concluía: «Solo en amar a Cristo y hacerle amar, en una vida coherente y cabal, se encuentra la única y verdadera Justicia».

Dívar peregrinaba asiduamente a Tierra Santa y a santuarios marianos, como Lourdes o Fátima, y al volver repartía rosarios entre sus funcionarios. Conmigo siempre tuvo una actitud deferente. Me tomaba del brazo y me decía «rezo mucho por usted» –luego me enteré de que lo hacía con todo el mundo– y yo, que hacía tiempo que había dejado de creer en el Espíritu Santo, le contestaba: «Pues nada, siga así, porque yo no creo y si al final tiene usted razón, me va a venir bien».

El caso es que Dívar tomó posesión de su cargo y pronto se convirtió en una figura decorativa. El Consejo estaba en manos de Margarita Robles y de Manuel Almenar que encabezaban las representaciones de las asociaciones judiciales Jueces para la Democracia y la Asociación Profesional de la Magistratura.

La vida en el Consejo era relajada, la mayoría de los vocales, salvo honrosas excepciones, practicaba la llamada semana caribeña, que consistía en llegar el martes por la mañana de sus lugares de residencia y marcharse el jueves a mediodía. Yo mismo pude comprobarlo muchos lunes y viernes e incluso lo reflejé en algunos artículos. Dívar y algunos vocales se dedicaron a viajar.

Por aquellos días intenté hacerme con los gastos de viajes del presidente y todo su séquito a Lourdes y a Fátima. Perseguí la historia durante varios meses y estuve a punto de conseguirla. Pedí los papeles a vocales y funcionarios, pero nadie los tenía. En última instancia, llegué hasta una persona que tenía acceso a las facturas, aunque se negó a facilitármelas para no jugarse el puesto de trabajo. Ese fue el final de aquel intento, porque los periodistas sabemos que no se puede ir contra la cuarta autoridad del Estado sin pruebas ni documentos.

Meses después publiqué que el Consejo había rechazado un plan de austeridad para el control de los viajes de los vocales, que eran un verdadero desmadre. Como se supo después, entre otros excesos, dos vocales, con autorización de la Permanente, habían viajado con sus esposas, en dos ocasiones, a Ushuaia, en Tierra de Fuego, para explicar el modelo español de justicia. O sea, para dar clases de derecho a los pingüinos.

Yo seguía buscando sin éxito los papeles de las peregrinaciones de Dívar con cargo a los fondos públicos, y por el camino me crucé con José Manuel Gómez Benítez, que pretendía sanear las corruptelas del Consejo y que, pese a pedir reiteradamente la documentación de los viajes, no le proporcionaban nada.

Finalmente, sin poder hacer copias, le dejaron ojear documentos sobre viajes de los vocales en el despacho del secretario general, Celso Rodríguez Padrón, siempre en su presencia. Pretendieron inundarle en papel, pero Gómez Benítez tomó nota de todo y elaboró unos cuadros, en los que además de los gastos cargados al Consejo se identificaba a cada vocal, el destino, el séquito y otros detalles adicionales. Un trabajo de chinos.

Me preguntó si yo estaría dispuesto a publicarlo y le contesté que por supuesto. El 9 de mayo de 2012 quedamos en un hotel próximo a la Plaza de Colón y me mostró los documentos que había confeccionado. Era la hora de comer, pero en ese mismo momento llamé al redactor jefe y le pedí que me reservase dos páginas, que tenía una exclusiva muy potente. Tomé nota de lo más importante y quedamos citados de nuevo por la tarde en la sede del periódico.

El redactor jefe había reservado las dos páginas, pero el subdirector que no había sido informado y tenía fuentes propias en el Consejo a las que no quería perjudicar, puso todo tipo de pegas. No quería publicarlo o quería matizarlo tanto que perdía todo su sentido. A la vista de aquella postura, informé a Gómez Benítez de que el subdirector ponía numerosas condiciones para publicar la historia, por lo que el vocal se sintió traicionado y decidió marcharse del periódico.

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Carlos Dívar abandona en coche la sede del Supremo el 16 de junio de 2012, cuando anunció que dimitiría días después, como así hizo. / J. J. Guillén (Efe)

Ahí empezó otro partido, porque el redactor jefe tenía dos páginas en blanco y la historia le parecía perfecta. Me pidieron que escribiera lo que conocía de los documentos, a lo que me negué. Yo no iba a traicionar a la fuente. O íbamos con todo o no había historia. Finalmente, el subdirector cedió. Tal vez pensó que Gómez Benítez iría a la competencia y que si publicaban la noticia él no iba a poder explicar su conducta, pero cedió. Volví a llamarle y regresó. Para entonces, yo ya tenía la historia casi escrita con lo que había visto por la mañana: «Un vocal del Poder Judicial denuncia al presidente del Supremo por malversación». Dentro se publicaban dos páginas en las que se contaban los largos viajes de fin de semana de Dívar. Un bombazo que merecía haber abierto el periódico, pero que no fue así. Solo lo hizo en la edición en inglés, que tituló: «Chief justice denounced for misusing public funds on trips».

Aquello desencadenó una guerra, la fiscalía no quería hacer sangre y curiosamente no apreciaba la existencia de malversación de caudales públicos, aunque viajes privados se habían cargado a los presupuestos del Consejo como oficiales. Dívar había viajado 20 veces a Puerto Banús en tres años, durante fines de semana largos y donde no había constancia de actos oficiales. Se daba la circunstancia de que el presidente había empezado a pagarse parte de esos viajes desde la fecha en la que el vocal había pedido información.

Se fueron conociendo nuevos datos sobre los viajes pero Dívar se negaba a dar explicaciones. En los gastos presentados había al menos 24 cenas y 8 comidas en restaurantes de lujo con otro comensal. Prácticamente todo el mundo sabía en el Consejo –y entre los periodistas– que esos dispendios no respondían a gastos protocolarios, porque el segundo comensal era su jefe de escoltas, pero nadie se atrevía a publicarlo por si se presentaba una demanda al honor.

Finalmente, gracias a una torpeza del Gabinete del Presidente, publiqué la identidad del jefe de los escoltas. Decidieron eliminar una serie de vídeos de los viajes presidenciales para evitar que los periódicos obtuviesen de allí una foto del policía favorecido. Realicé una comparación de la supresión de personajes en las fotos a raíz de las purgas de Stalin con la retirada de la imagen del agente de los vídeos de los viajes oficiales y los volvieron a colgar de nuevo en Youtube. El propio Consejo había proporcionado la identidad del comensal.

Mientras tanto, el Supremo archivaba una denuncia contra Dívar y en el pleno del Poder Judicial solo cuatro vocales votaron a favor de la remoción del presidente; siete pedían la dimisión del denunciante.

Seguramente pensarán que mis jefes pusieron a mi disposición todo el espacio necesario para publicar los datos que iba obteniendo sobre los viajes de Dívar. Pues no.

Cada vez que he asistido a una reunión sobre lo que debe ser el futuro de una sección, del periódico, o de una agencia —y habré asistido a una veintena—, el jefe de turno ha insistido en que lo que había que hacer era «huir del periodismo de declaraciones y apostar por temas propios para marcar la agenda», en lugar de hacer seguidismo de las noticias que sacan otros. Todo un ideal que luego no se cumple porque entre otras cosas muchos jefes se asustan de las repercusiones que puedan tener las exclusivas.

Precisamente el día que revelé la identidad del oculto comensal, con una reproducción de su tarjeta oficial de visita, y titulaba: «El presidente pasó como gastos protocolarios las cenas con su jefe de Seguridad», información que solo tenía El País, se publicó en la parte inferior de la página. Por encima, figuraba el previo de un pleno que se iba a celebrar al día siguiente y que era conocido por todos los medios. Ni que decir tiene que las noticias más importantes se publican siempre en la parte superior de las páginas.

Yo tenía información sobre otros 12 nuevos viajes gratis total de Dívar a destinos turísticos, pero la dirección del periódico lo único que me ofrecía era condensar toda la información en el ya exiguo espacio del que disponía. En la parte inferior. De modo que decidí guardar los datos de los viajes para el día siguiente.

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Yoldi, durante su discurso de agradecimiento del Premio Víctor de la Serna al Mejor Periodista del Año, que recibió en 2012, por su investigación sobre Carlos Dívar. / CP

Sin embargo, el entorno de Dívar conocía que yo disponía de la información y decidieron contrarrestarla. Por ello, filtraron a la competencia toda una serie de excusas del porqué de esos otros 12 viajes, y lo publicaron destacado en la primera edición, mientras que El País no había publicado nada sobre eso.

El director adjunto me llamó a las doce de la noche para preguntarme si podía aportar alguna información al respecto. Le dije que sí, pero que quería más espacio. Lo que horas antes había sido imposible, en ese momento y para contrarrestar a la competencia, se hizo realidad.

Dívar fue un torpe, porque se negó a dar explicaciones, no a la prensa, sino a los suyos. Si cuando estalló el escándalo hubiera dicho que había una discrepancia en la interpretación de los gastos, pero que devolvía lo gastado y que pedía perdón, hubiera llegado sin problemas hasta el final de su mandato. Pero se empecinó en que era presidente a tiempo completo y que no tenía que dar explicaciones a nadie y las asociaciones judiciales, por vergüenza torera, lo dejaron caer, a pesar del interés del ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón por mantenerle en el cargo. Era la primera vez en doscientos años de vida de la institución que un presidente del Supremo tenía que renunciar al cargo honoris causa.

La renuncia de Dívar fue un triunfo personal mío, pero sobre todo fue un triunfo de El País. Las mismas revelaciones en un periódico de provincias o en un diario digital no hubieran tenido la misma repercusión.

Por ese trabajo, en 2013, la Asociación de la Prensa de Madrid me concedió el Premio Víctor de la Serna, que otorga al periodista más destacado del año. El País no publicó la noticia en el diario. Quizá porque cuatro meses después de la renuncia de Dívar y dos meses antes de la concesión del galardón me había despedido en un ERE junto con otros 129 compañeros.

El verdadero periodismo siempre es molesto para el poder".