Las Patronas de México, una vida entregada a los migrantes

Una de las catorce mujeres que interan 'Las patronas' entrega el almuerzo a un migrante./ Ester Medina
Una de las catorce mujeres que forman parte de ‘Las patronas’ entrega el almuerzo a un migrante./ Ester Medina

Son tres generaciones de una misma familia. Catorce mujeres. Desde la abuela Leonila (78 años) a la nieta de mismo nombre (25 años) pasando por la hija y madre Norma Romero (44 años). Son conocidas como ‘Las patronas’ y cada día desde hace 19 años reparten alrededor de 300 almuerzos a los emigrantes centroamericanos que intentan llegar a Estados Unidos, cruzando México, en su paso por el pequeño pueblo de La Patrona, en el Estado de Veracruz. “Viajan como moscas en un tren de mercancías. Todos llegan hambrientos y muchos lo hacen heridos y mutilados. Comenzamos dando un poco de comida y ahora ofrecemos cerca de 300 almuerzos, ayuda sanitaria y asesoramiento legal a los emigrantes”, señala a cuartopoder.es Norma Romero, de 44 años, coordinadora del grupo que en 2013 fue galardonado con el Premio Nacional de Derechos Humanos de México.

Todo comenzó en 1995. Las hermanas de Norma, Rosa y Bernarda, salieron a comprar pan y leche a la localidad vecina de Córdoba. En su camino de vuelta se cruzaron con un tren casi interminable. Los viajeros del primer vagón gritaron que tenían hambre. Las mujeres pensaron que los viajeros “las estaban vacilando”, pero el siguiente vagón repitió la llamada de auxilio. Desconcertadas, las mujeres entregaron a los pasajeros el pan y la leche que acababan de comprar. “No sabíamos si eran mexicanos o americanos. Estábamos sorprendidas. Así que hablamos con mi madre y decidimos comenzar a preparar arroz y frijoles para ofrecérselo a los viajeros. Primero hicimos treinta almuerzos, pocos días después ya dábamos 50”, relata Norma.

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A pesar de prestar la ayuda, Norma, su madre y sus hermanas aún desconocían a quién estaban ayudando. Lo único que sabían de los viajeros es que tenían hambre. Hasta que un día el tren paró. “Comenzamos a dialogar con la gente del tren. Había personas de Guatemala, de Honduras, de El Salvador… Nosotras preguntamos que por qué salían de sus países y nos contaron que no tenían trabajo y que iban a Estados Unidos para tratar de dar una vida digna a sus hijos”, prosigue esta mujer, que ha visitado Madrid recientemente junto a su sobrina Leonila, y que durante aquellos primeros días rezaba y preguntaba a Dios qué podía hacer ella.

Norma (izquierda) y Leonila (derecha) durante su reciente estancia en Madrid./ Lizbeth Álvarez
Norma (izquierda) y Leonila (derecha) durante su reciente estancia en Madrid./ Lizbeth Álvarez

Fue entonces cuando la fe de Norma encontró la respuesta que buscaba. Acudió al paso del tren para alimentar a sus hambrientos viajeros cuando uno de ellos le dijo que había un migrante desangrándose. Había sido apuñalado por otro hombre que, previamente, había intentado violar a la pareja del herido, que viajaba en el mismo tren. “Pedí que bajaran del tren al herido y la forma en la que lo bajaron fue como una señal de que Dios quería un servicio de mi. Tenía los brazos abiertos y los pies cruzados y al mirarlo descubrí el rostro humano de Cristo en las personas más vulnerables. Sentí como un abrazo que me invadió de arriba a abajo. Me quitó la venda y me quitó el miedo. Dios quería que yo ayudara a esta gente”, explica Norma.

Como este herido por una puñalada, cada año unos 400.000 migrantes intentan llegar al sueño americano a través de la pesadilla en el que las mafias han convertido el itinerario del tren conocido como ‘La Bestia’, que recorre 8.000 kilómetros hasta llegar a la frontera estadounidense. Alrededor de 20.000 de ellos, por contra, son secuestrados al año en territorio mexicano en su viaje, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México, que señala que la cifra podría ser incluso mayor ya que en la mayoría de los casos  los secuestros no son denunciados. Norma Romero da cuenta de cómo el viaje de los migrantes ha cambiado en los últimos años debido a las mafias mexicanas.

“Antes venían diez, quince o veinte personas en cada tren y era una forma más o menos segura ya que pasaba desapercibido. Entonces, el flujo aumentó y algunos trenes llegaban con 500 personas a bordo. Las bandas criminales vieron el negocio y comenzaron a cobrar 100 dólares a los migrantes por cada tramo ferroviario. Otros muchos son secuestrados para pedir dinero a los familiares, que, normalmente, no tienen dinero para pagar el rescate, por lo que matan al migrante”, narra Norma, que informa de que el tren ni siquiera finaliza su trayecto en Estados Unidos. “Una vez finalizado el viaje cuando están cerca de la frontera los migrantes tienen que pagar cerca de 8.000 euros a una persona que trata de meterlos en Estados Unidos tres veces. Si no lo consigue en esos tres intentos, el migrante habrá perdido todo”, explica.

300 almuerzos diarios

Desde aquellos primeros días cuando Norma y su familia entregaban unos pocos almuerzos a los pasajeros de un tren desconocido hasta hoy, cuando la familia entrega cerca de 300 almuerzos diarios, han pasado 19 años. Un largo período de tiempo en el que estas 14 mujeres han tenido que formarse en leyes, primeros auxilios, buscar donantes de comida y, también, explicar a sus maridos qué es lo que hacían.

“Ha costado mucho sensibilizar a los esposos. Tenían celos de que su mujer estuviera rodeada de hombres extranjeros. Pero somos mujeres mañosas que hemos sabido explicar a nuestros maridos lo que hacemos y al final lo han entendido. También porque en ningún momento hemos desatendido nuestras obligaciones en el hogar”, explica a este medio Leonila, sobrina de Norma y tercera generación familiar que participa en los cuidados a los migrantes.

Las mujeres comienzan su trabajo a las 10 de la mañana. A esta hora comienzan a cocinar los 20 kilos arroz y los 20 kilos de frijoles. Otras, rellenan botellas de agua vacías que atan de dos en dos con una cuerda para que el migrante pueda agarrarlas desde el tren. Después, comienzan a empacar todo para que a las 20.00, hora en la que suele pasar el tren, todo esté listo y puedan entregar los alrededor de 300 almuerzos diarios que reparten. Cuando todo está acabado, y ya en su tiempo libre, llega el momento de coger los libros para continuar con la formación.

Este es el caso de Leonila, de 24 años, que durante los últimos cuatro años ha estado formándose en “procesos legales” y poniéndose al día en materia legal sobre asesoramiento y asistencia al migrante en México. Otros miembros de la familia se han especializado en primeros auxilios y, también, han comenzado a pedir los cuerpos de los fallecidos en el tren en su municipio para fotografiarlos y que las familias centroamericanas puedan reconocer a sus fallecidos. “Es la única manera de que muchas mamás puedan saber que sus hijos nunca llegaron a Estados Unidos”, explica Norma.

El proceso de aprendizaje, explica Norma, no ha terminado todavía. Tampoco cree que este camino pueda terminar. El trabajo diario con los inmigrantes les ha enseñado lecciones que no están en los libros. “Antes subían sólo jóvenes. Ahora suben mujeres con sus hijos que nos dicen que en sus países ya no se puede vivir por la violencia y la pobreza. Muchas veces uno no se da cuenta de que la gente sale de sus países por la falta de oportunidades y de trabajo. Los migrantes sólo buscan una vida digna”, sentencia Norma.

Rosa Romero entrega un almuerzo a uno de los alrededor de 400.000 migrantes que tratan de llegar a Estados Unidos cada año./ Ester Medina
Rosa Romero ofrece almuerzos a los migrantes que tratan de llegar a Estados Unidos cada año./ Ester Medina