Que muero porque no muero…

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Frank Van Den Bleeken_eutanasia
El preso Frank Van Den Bleeken, durante una entrevista en su celda con una televisión belga. / captura de vídeo de YouTube

Se aprueba en Bélgica la primera eutanasia de alguien que sufre no con el cuerpo sino con el espíritu, el alma o lo que sea que se va construyendo en los circuitos de la conciencia. Esos circuitos que quieran que no cada vez trabajan más al límite de su capacidad con el alargamiento en cierto modo insoportable (para algunos) de la esperanza de vida. Porque, vamos a ver: si con la edad se resienten los huesos, los músculos y las articulaciones, ¿cómo no van a resentirse los sentimientos, las emociones, etc?

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Vivir puede llegar a ser mentalmente atroz, que se lo pregunten a los deprimidos y a los locos. O simplemente a los muy, muy desesperados. Por eso yo siempre he pensado que autorizar la eutanasia de un enfermo terminal de cáncer para ahorrarle sufrimiento lleva implícito el corolario de tener que autorizar tarde o temprano la eutanasia de alguien incapaz de sobreponerse pues no sé, a la pérdida de un hijo o al mal de amores.

¿Quién decide en qué momento un dolor pierde toda mesura? ¿Quién dictamina en qué momento la vida deja de ser digna de ser vivida?

El caso belga tiene su miga porque confluyen la compasión y el horror. Seguramente si el acreedor a la eutanasia 'moral' fuese una persona 'normal' todo el mundo trataría de disuadirle de dar semejante paso. Pero al tratarse de un violador y asesino que lleva 30 años en prisión y todavía se declara incapaz de sobreponerse a unos 'impulsos' que él mismo califica de 'abominables'...

Entonces, el Estado ha decidido acceder a su deseo y ayudarle a morir. No en clave de pena de muerte, que es ilegal. Tiene que ser eutanasia.

Yo me pregunto qué ha pesado más aquí, si el derecho de una persona a estar harta de sí misma y de la vida, o si la nunca admitida incomodidad de la sociedad ante los 'irrecuperables'.

En los dos casos, la historia de Frank Van Den Bleeken puede haber echado a rodar algo más grande de lo que ahora mismo parece.

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