“La mayoría de los militares no obedecerían la orden de entrar en Cataluña”

El teniente Luis Gonzalo Segura tras la entrevista. / L. Díez
El teniente Luis Gonzalo Segura después de realizarda la entrevista. / L. Díez

Todavía débil, aunque completamente repuesto de su heroica huelga de hambre de 22 días en el hospital Gómez Ulla de Madrid, el teniente Luis Gonzalo Segura de Oro Pulido (Madrid, 1978, año de la Constitución), ha decidido seguir denunciando la corrupción en el Ejército. Su novela Un paso al frente va a tener continuidad en documental: El Informe Segura, que espera terminar en noviembre, y en otros dos volúmenes ya comprometidos con una gran editorial. Apenas llevamos diez minutos hablando en la despoblada cafetería de un hotel, cuando un tipo de edad madura con aspecto de tratante de ganados se instala en la barra, abre la rendija del maletín y lo deposita discretamente en un taburete frente a nosotros. Se nota que quiere tener buen enfoque. A Segura no parece importarle. Media hora después, cuando el teniente está diciendo que si mañana le ordenan intervenir en Cataluña no lo hará aunque le fusilen y que la mayoría de los soldados tampoco considerará legítima esa orden, el maletín cae al suelo y el tipo se apresura a recoger los bártulos, una agenda y unas cajitas que no logramos identificar, los guarda en el cartapacio y se larga.

— ¿Tu personaje de ficción, Guillermo Fernández, se siente vigilado?

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— Si, permanentemente; le suelen seguir bastante, tiene el teléfono controlado, a los amigos los están trasladando de sus destinos, algunos están asustados. Mira –me enseña una foto de la concentración de solidaridad con él cerca del Palacio Real. Detrás de un árbol se ve a dos tipos filmando–. Es bastante triste que el dinero de todos los ciudadanos se emplee en seguirme a mí. ¿Beneficia a la seguridad nacional o a la cúpula militar? En fin, ellos sabrán.

— Primero la obra y después el autor. ¿Cómo va esa novela que tantos disgustos te ha acarreado?

— Va por 22.000 ejemplares y va a salir la séptima edición; creo que con 30.000 podrá saltar el Atlántico y llegar a las principales ciudades de América Latina. En cuanto a los disgustos, mi madre es la que más ha sufrido. Mi padre, que es un hombre de izquierda, me ha ayudado.

— ¿Has leído La forja de un rebelde?

— Si, si, es una pasada. Y no sólo por las observaciones y denuncias del sargento Barea, sino también por la primera parte, la infancia en Madrid, es muy bonita.

— Llegar a teniente no es fácil, así que cabe suponer que cuando escribías Un paso al frente sabías que te jugabas los galones.

— Sí, tenía claro las posibles consecuencias negativas, el acoso y la persecución laboral, la posible expulsión… Me costó disgustos con la familia –de momento no estoy casado ni tengo hijos–, pero seguí adelante.

— ¿Esperabas tener éxito?

— El editor esperaba vender unos 300 ejemplares para cubrir gastos. Creo que ha ocurrido algo que antes no ocurría, y es que las noticias de corrupción caminaban sueltas y se perdían, y, de pronto, la sociedad ha comenzado a adquirir conciencia y a juntar las piezas del puzzle.

— El puzzle de un monstruo que también huele a ciénaga castrense, según denuncias en el relato.

— Creo que había una gran necesidad entre los militares de ver reflejado en un libro lo que pasamos a diario, las injusticias, los abusos, las corrupciones. El libro ha sido terapéutico y tengo la impresión que ha ayudado a cuestionar algunas cosas que se estaban haciendo mal. En ese sentido ha sido más que un revulsivo, un cataclismo, porque miles de soldados lo conocen, lo han leído, lo han comprado o pedido prestado. Incluso lo están utilizando para tomar posición, lo llevan al cuerpo de guardia como elemento de desafío.

— También de solidaridad con el autor, encarcelado en fecha tan señalada como el 18 de julio en Colmenar Viejo, uno de los ocho centros de cumplimiento de arresto, para cumplir 60 días de privación de libertad por una falta disciplinaria grave, de resultas de la cual te han suspendido de destino por dos años. ¿Tienes la impresión de que el alto mando ha decidido ayudarte a escribir la segunda parte?

— Algo así. Cuando sales siempre hay gente que te dice bueno, ya sabes, no hables, que lo haga tu compañera, tu abogado, etcétera. Eso es lo que quieren los sancionadores, la cúpula militar, pero yo no voy a renunciar al derecho a la libertad de expresión por la que me han arrebatado dos meses de mi libertad y me han dejado sin destino. Voy a seguir escribiendo, tengo muchas más cosas que contar y un acuerdo firme con una gran editorial para dos novelas más. Creo que algunos se van a poner bastante nerviosos. Yo escribo por compromiso, porque hay que contar lo que está pasando en las Fuerzas Armadas para obligar a corregir algunos comportamientos y avergonzar a los corruptos.

— Bueno, los que no tienen vergüenza ni se corrigen ni se avergüenzan: prefieren matar al mensajero.

— Eso también es cierto; de hecho ha habido una campaña soterrada y muy infame de desprestigio. En el documental que estamos haciendo, El Informe Segura, cuento la historia y lo que pasó, y espero que algunos de esos personajes se sientan avergonzados.

— Supongo que te sentiste reconfortado al saber que decenas de miles de ciudadanos te defendieron en las redes sociales.

— Fue un alivio, algo extraordinario, saber que tanta gente se identifica contigo cuando estás encerrado…

— Y en huelga de hambre, porque nada más ingresar te pusiste en huelga de hambre y dos días después te trasladaron al Gómez Ulla, ¿cuánto tiempo?

— Veintidós días.

— ¿Y perdiste?

— Trece kilos. Mentalmente te quedas en un estado en el que pierdes un poco el control de ti mismo.

— ¿Don Quijote, diríamos?

— No, pero te cuesta mucho abandonar la huelga de hambre. Es increíble. Es más difícil abandonar una huelga de hambre que empezarla. Supongo que se debe al estado de debilidad, pero es muy curioso: el organismo genera endorfinas y te sientes bien. Sin embargo siempre tuve claro que perder un órgano, el hígado, un riñón o morirme no entraba en mis planes.

— Tampoco ibas a dejar a los sancionadores con su venganza sin destino y, por otra parte, sin cometido a los ocho policías militares que se turnaban para que no huyeras.

— Desde luego, pero también te voy a decir que en el hospital pasaron cosas tan chuscas como que todos los días me metían bandejas de comida a la hora del almuerzo y de la cena, y si después de siete días de inanición me hubiera alimentado podía haber fallecido. No sé si eso es maltrato psicológico o atentado a la integridad física o las dos cosas a la vez. No cambiaban la ropa, he estado con ropa sucia todo el tiempo. Una noche sufrí una gastroenteritis y cuando pedí que me viera un médico me contestaron: “Tú eres militar, tienes seguro médico, así que llama a tu médico y que venga”. Oiga, que estoy bajo custodia, sin libertad, que no tengo teléfono, no puedo hacer llamadas. “Ese es tu problema”. Pedí la presencia de la Guardia Civil para hacer una denuncia. Nada. Pedí que me pusieran a disposición judicial. Nada. El problema es que ahora, sin testigos, ¿cómo lo denuncio?

Luis Segura es autor de 'Un paso al frente'. / L. D.
Luis Gonzalo Segura es autor de ‘Un paso al frente’. / L. D.

— En el Ejército dicen que los trapos sucios se lavan en casa, pero ¿qué pasó con la lavadora cuando denunciaste algunas de esas trampas económicas, abusos y marranadas que cuentas en el libro?

— Esa expresión de los trapos sucios es la respuesta típica de un mafioso. Hay que ser mafioso y corrupto para emplear ese argumento; me parece muy triste que haya cantidad de militares que opinen así, sobre todo en la cúpula, porque lo único que demuestran es que tienen la corrupción y ese sentido mafioso tan incrustado que no se dan cuenta de que es aberrante. En la mayoría de los casos, cuando una autoridad descubre que un alto mando está robando y prevaricando, lo que hace es un juicio de honor: lo juzga él mismo y lo condena con una sanción que normalmente es el cese en el destino, el pase a la reserva y punto. Pero claro, si el castigo a un tipo que se está llevando miles de euros es jubilarle con un salario, estamos incitando a que la corrupción siga. Esto no significa que toda la cúpula militar sea delincuente, no, pero es plenamente cómplice de lo que está ocurriendo. Hay un exceso de complicidad corporativa.

— Visto lo visto, ¿qué esperas de los recursos contra las sanciones que te han aplicado?

— Confío en que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos las anule. (Cita varias normas y sentencias favorables). Me podían haber sancionado por aseveraciones falsas, pero no lo han hecho. ¿Por qué? Porque hasta el instructor, el Jeme, sabe que es cierto lo que escribo. En cambio me castigan porque mis manifestaciones atentan contra la disciplina militar. Pero vamos a ver: si es cierto lo que digo, lo que atenta contra la disciplina, la moral y las Fuerzas Armadas, que son el bien a proteger, es que se cometan ese tipo de hechos.

Hablamos de las dificultades que para “un envenenador de las mentes de los soldados”, como le han calificado, va a tener la obtención de un destino dentro de dos años (estaba en el Centro de Transmisiones de Pozuelo de Alarcón, en Madrid) y de las muestras de solidaridad que ha recibido de IU, Podemos y UPyD. Y salta como un resorte cuando le pregunto: ¿Cuál es el principal fallo de la política en materia militar?

— Lo que pasa es que una gran parte de la izquierda ha dado la espalda a las Fuerzas Armadas y con ello ha facilitado que la cúpula militar se haya ido reproduciendo con una homogeneidad ideológica que no se corresponde con la sociedad ni con el resto de los militares, que somos una representación de la pluralidad ideológica de la propia sociedad. Esto es un error de la izquierda. Y cuanto menos permeable y representativa es la cúpula, mayor es el peligro de que se vuelva contra la sociedad.

— ¿Te agradaría explicárselo a Pedro Sánchez?

— No me importaría, aunque creo que está muy ocupado en intervenir en programas de tanto interés político y social como Salvame Deluxe y otros por el estilo, y tampoco creo que le interese porque el PSOE nos ha dado la espalda completamente. Es algo que no logro comprender. Que unas gentes que sufrieron la clandestinidad y la represión de la dictadura tengan un comportamiento displicente hacia la mayoría de los militares y complaciente con la cúpula es bastante preocupante en una situación de tensión territorial como la actual.

— ¿Estás pensando en Cataluña?

— Si a mí mañana me dicen que coja una sección y entre en Cataluña, les diré que hasta aquí hemos llegado, y si me quieren fusilar que me fusilen, pero yo no voy. ¿Por qué no pienso obedecer? Porque no voy a generar una guerra civil, porque no cumpliría ninguna orden que supusiese agresión a un ciudadano de mi país, sea catalán, gallego o de cualquier otra lugar y nacionalidad. Para mí, esa orden es ilegítima y no la podría cumplir. Y creo que eso lo tienen muy claro la mayor parte de los militares.