Odio decir, ya os lo dije…

Garcia_Viejo_Lunsar
Imagen de archivo de García Viejo, el segundo misionero español fallecido por el bola, junto a un paciente en el hospital de Lunsar (Sierra Leona). / Efe-OHSJD

…pero el 25 de agosto, un mes justo antes de que falleciese el misionero Manuel García Viejo, publiqué en este blog un artículo donde advertía de que yo no me fiaba para nada, pero para nada, de que la Sanidad pública española tuviera la capacidad de tener controlado un virus así.

No lo decía por dar pábulo a la histeria ni por chinchar ni por desmerecer a los profesionales de la susodicha Sanidad pública, como parecieron entender los autores de algunos comentarios no excesivamente amables. Para nada me imagino yo a los profesionales sanitarios españoles como una panda de vividores y de gandules. Todo lo contrario: deben sufrir como reses camino del matadero cuando ven las limitaciones y las miserias con que día a día les toca lidiar. Limitaciones y miserias además que hay que tratar que ocultar como sea, negando la evidencia si es preciso, si no se quiere acabar de hundir la parte del barco que todavía pervive a flote.

Publicidad

Tampoco pretendía yo hacer apología de la insolidaridad. No mucho antes había publicado en otro lado otro artículo preguntándome si un país en las últimas de su razón de ser, o eso parece, no puede acabar justificándose por ser capaz de traerse a un misionero enfermo a morir bien y a casa.

Pero estaba cantado que a la que pintaran bastos, toda solidaridad se disolvería como un azucarillo, se rasgaría como un papelito de fumar en las uñas furiosamente lacadas de rojo del pánico...

La solidaridad, ah, la solidaridad. Es como el deseo sexual de los que no quieren a nadie. Una llamarada seca en el vacío. Vaho en el espejo.

Impone y obliga mucho más algo tan aparentemente casposo como el amor al prójimo. Ese tirón que no se elige. Esa incapacidad de salir corriendo y ponerte a salvo cuando el que se está muriendo es tu hombre, tu hija, tu hermano. Bueno, hay seres superiores que al parecer sienten ese tirón, esa obligación, esa soldadura del ser, con todo el mundo. Que son incapaces de salir corriendo dejando a nadie atrás.

Se ha llegado a escribir del ébola que es algo así como el virus de las buenas personas, el que ataca a los mejores de los mejores de los mejores. Misioneros en África. Enfermeras en Alcorcón.

¿Cómo acabamos con esto? ¿Cerrando ferozmente las fronteras y el puño, y que se salve quien pueda?

¿O nos arremangamos y de verdad, pero de verdad, de verdad, de verdad, lo arreglamos?

La Sanidad, aclaro. Para empezar.