El hijo de la última víctima de los nazis en España pide ayuda para aclarar el crimen

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Honores militares en Madrid al féretro del diplomático Arthur Yencken. / Foto del libro ‘El caso Yencken

“Finalmente hemos terminado con el maldito Yencken, quien fue el principal responsable de las recientes dificultades en Tánger y Ceuta, como también de las dificultades del negocio del wólfram. Ha muerto literalmente arrancado del cielo y enviado al infierno por el doctor Karl Heinrich Penorst y el comandante Moreno, sin complicar al Caudillo en dificultades diplomáticas. Lástima que el maloliente judío Hoare no estuviera en el mismo avión. El general Moscardó se va a encargar de que el resultado de la investigación aparezca como un accidente”.

Este párrafo pertenece a una carta que el embajador nazi en España y brazo derecho de Adolf Hitler para el mundo hispano, Wilhelm von Faupel, envió el 22 de mayo de 1944 al Instituto Iberoamericano de Berlín, del que era presidente. En ella afirma que mataron al diplomático británico Arthur Yencken con el mismo procedimiento que supuestamente emplearon para liquidar al prestigioso golpista Emilio Mola, El director: metiendo una bomba de relojería en su avión. La versión de las autoridades franquistas fue aceptada por Londres. Oficialmente el aeroplano de mister Yencken se estrelló contra una montaña en la provincia de Tarragona a causa de la niebla y la escasa visibilidad cuando se trasladaba desde Madrid a Barcelona para asistir a un canje de prisioneros ingleses y norteamericanos por alemanes que iba a tener lugar el 19 de mayo de 1944 en el puerto de la capital catalana.

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David Yencken, hijo del diplomático asesinado por los nazis en España. / Foto cedida por David Yencken

Setenta años después, David Yencken, hijo del diplomático británico de origen australiano de cuyo asesinato se jactó el nazi Faupel, quiere saber la verdad sobre la muerte de su padre y se ha puesto en contacto con este periodista. A sus 85 años este hombre, que ha sido académico, profesor, urbanista de Melbourne, donde reside, y uno de los abanderados de la lucha contra la degradación del medio ambiente en Australia, busca cuantos testimonios aporten luz al suceso. Su línea de investigación es pacífica. Ha dirigido solicitudes de información a los responsables de Defensa, Asuntos Exteriores, Interior y Cultura, recabando los datos e informes históricos. ¿Encubrieron los prebostes militares del régimen franquista el atentado de los nazis contra su padre?

No lo tendrá fácil porque los archivos militares y diplomáticos del franquismo todavía no han sido desclasificados y el acceso es muy restringido cuando no imposible por decisión de los actuales titulares, Pedro Morenés Eulate y José Manuel García-Margallo, respectivamente. Las informaciones sobre la muerte del diplomático fueron publicados en el libro que escribí sobre la nazificación de España a partir de 1934 El caso Yencken, el último crimen de Hitler en España (Editorial Raíces, Madrid, 2007). David tiene constancia escrita de que su padre mantuvo un encuentro muy tenso el 11 de mayo de 1944, ocho días antes de su muerte, con el ministro de Exteriores de Franco, Francisco Gómez-Jordana Souza, conde de Jordana, pero, curiosamente, falta el penúltimo de los ocho folios que recogen el contenido de la conversación o despacho oficial. ¿Contenía amenazas implícitas o explícitas del militar español?

Enigma histórico

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Imagen del diplomático británico Arthur Yencken en una foto de prensa tras su muerte.

En 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, Arthur Yencken estaba destinado en la embajada de Reino Unido en Madrid como agregado de negocios a las órdenes del embajador Samuel Hoare, adversario Winston Churchill en el seno del Partido Conservador y al que el alemán Faupel califica de “maloliente judío”. Yencken era en teoría el número dos de la legación, aunque en la práctica actuaba como embajador, habida cuenta de que la actividad política de Hoare le obligaba a permanecer más tiempo en Londres que en Madrid. Por esa razón, el 19 de mayo de 1944, cuando la Cruz Roja Internacional organizó el canje de prisioneros en el puerto de Barcelona, le correspondió trasladarse a la capital catalana para recibir a los 575 compatriotas militares y algunos civiles que venían a bordo del buque italiano Gravisca. Los alemanes llegaban en el barco Gripsholm de bandera sueca. El cometido de Yencken consistía en dar la bienvenida a los liberados con una cariñosa alocución que en nombre del rey Jorge VI le habían despachado desde Londres. Además iba a impartir una conferencia en la Cámara de Comercio de la capital catalana.

El canje de prisioneros comenzó a las dos de la tarde y se prolongó durante más de tres horas. Fue una operación lenta y penosa porque muchos prisioneros venían enfermos, malheridos, mutilados y con secuelas mentales. Algunos tenían que ser trasladados en camillas por el puente tendido entre los dos barcos. Por cierto que entre los canjeados por los nazis venía el periodista norteamericano Larry Allen, antiguo corresponsal de Associated Press en la guerra de España. Se alistó con los ingleses para informar del frente africano, le dieron el Pulizer, acudió a recogerlo, volvió al frente y poco después cayó prisionero. El caso es que terminó el canje y mister Yencken no había llegado. ¿Qué había ocurrido?

El embajador estadounidense, Carlton Hayes, saludó a los supervivientes de su país, y el cónsul británico en Barcelona se vio obligado a improvisar una breve alocución a sus compatriotas, pues lo que acabó llegando fue la noticia de que el avión de Yencken se había estrellado. Concretamente, el Douglas de la embajada británica con base en Barajas (Madrid) se estrelló contra una montaña cercana a Gandesa (Tarragona) a causa de la niebla. Fue la versión que el general José Moscardó, jefe de la Cuarta Región Militar, transmitió a las autoridades inglesas y trasladó personalmente a la esposa de Arthur Yencken.

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Portada del libro que recoge la historia del atentado.

Sin embargo, la afirmación de que la niebla había causado el accidente resultaba dudosa por dos razones: la primera porque quien pilotaba el avión era Hilary Caldwell, un experimentado aviador que había combatido en la Batalla de Inglaterra y conocía perfectamente los riesgos del meteoro, y la segunda porque los testimonios de algunos vecinos de Prat de Compte, en cuyo término estalló y cayó el aparato, aseguraban que no había niebla. No obstante, Londres aceptó la versión del general Moscardó y evitó pedir permiso para que sus especialistas realizar una investigación del suceso. Probablemente habría bastado una detallada inspección de los restos del avión, la recogida de testimonios y la comprobación de los partes meteorológicos de la zona a la hora a la que se produjo el siniestro para determinar las causas.

Pero en aquellos días Churchill ya había decidido apostar por la continuidad de Franco en España en detrimento de las peticiones de ayuda de don Juan de Borbón para reponer la monarquía en nuestro país, y no quería complicaciones. Además Yencken no era inglés stricto sensu –había nacido en Australia– y dos vidas en el contexto de la guerra mundial eran una gota de agua en el piélago de un conflicto con cientos de miles de muertos. El tercer fallecido era el mecánico español Gaspar Martínez López.

Además, Londres gastaba un dineral en comprar las voluntades de generales españoles, incluido el germanófilo Moscardó. Concretamente, medio millón de libras fue lo que pidió el embajador Hoare al Foreing Office para comenzar a engrasar a los generales españoles y que no dieran facilidades a los nazis. El propio Yencken se había ocupado de neutralizar los suministros de wolframio que necesitaban para los blindajes de sus carros de combate. Los ingleses lamentaban que el anglófilo ministro de Exteriores de Franco, el general Juan Luis Beigbeder, hubiese perdido el puesto por liarse con una amante vulnerable que escribía folletines sentimentales, pues aquella pérdida encarecía más las relaciones.

En aquel contexto, el jefe del Foreing Office y número dos de Churchill, Anthony Eden, consideró inconveniente dar explicaciones en el Parlamento sobre la muerte de Yencken. La prensa británica publicó la versión española, aunque The Guardian evitó el término “accidente”. De inmediato el dictador español decretó luto oficial y ordenó que se rindieran al finado los honores de ordenanza señalados para un general de división con mando en plaza. Los restos calcinados de Yenckel, Calwell y Martínez fueron trasladados de Reus a Barcelona y a Madrid por carretera. Se repitieron las paradas y homenajes de las autoridades militares y civiles a los acordes del himno nacional durante el recorrido. Finalmente fueron velados en la embajada en Madrid y conducidos al cementerio inglés, donde reposan. El mecánico Martínez recibió cristiana sepultura en Carabanchel Alto.

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Franco y el presunto asesino nazi Faupel en el balcón del ayuntamiento de Salamanca en septiembre de 1936 / Foto del libro ‘El caso Yencken

El asunto habría quedado sepultado si en 1953, ocho años después del final de la guerra mundial, el German Democratic Report de la República Democrática Alemana no hubiera desvelado el escrito del asesor de Hítler para el mundo hispano, Faupel, atribuyéndose el atentado. La información fue obtenida y publicada por el periodista inglés en Berlín Este John Peet y tuvo un fuerte impacto en Londres. La prensa española la ignoró. Pero el conservador Eden, que había ganado las elecciones y era primer ministro, se apresuró a negar la autenticidad del escrito diciendo que era “macabra propaganda soviética” y aseguró que se había investigado el suceso y fue un accidente. Las autoridades de Bonn también negaron autenticidad al escrito hallado entre la documentación que, al parecer, los nazis no tuvieron tiempo de quemar en el Instituto Ibero-Americano de Berlín, que presidía Faupel.

El nazi Faupel era un militar de 60 años enviado por Hitler a España con la misión de canalizar las peticiones de ayuda de Franco y llevar la contabilidad del material bélico concertado antes incluso de la sublevación del 18 de julio de 1936 contra la II República. Apareció por primera vez públicamente con el general rebelde español en Salamanca cuando le nombraron generalísimo. Enseguida consiguió los aviones y los pilotos necesarios de la Legión Cóndor para bombardear los pueblos y ciudades de la zona republicana. En el cuartel general de Burgos se convirtió en la sombra del dictador. Cumplía eficazmente las órdenes y deseos de Franco y no dudaba en realizar el trabajo sucio que fuera necesario. De su implicación en el supuesto accidente de avión que costó la vida al general Emilio Mola, cuyo prestigio como golpista y estratega era superior al de Franco, que recelaba de él, hay indicios y testimonios muy fiables.

Faupel reportaba al Instituto Ibero-Americano de Berlín, en el que bajo la apariencia de “acción cultural”, se custodiaban las deudas de guerra que los sublevados iban contrayendo con Alemania. En 1937 pasó de ser el responsable alemán de negocios con los sublevados a embajador oficial de Alemania. Un año después fue relevado en el cargo por Eberhard von Stohrer, pero permaneció como presidente del mencionado Instituto, a cuyo director remitió la carta atribuyéndose el asesinato de Yencken con la colaboración del doctor Penorst, supuesto especialista en bombas de relojería, y de un tal comandante Moreno, cuyo cometido se desconoce. En 1945, con la caída del Tercer Reich, desapareció. Supuestamente se suicidó.