Vuelve la ‘Capitana América’… ¿a tiempo?

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Imagen de archivo de Hillary Clinton, candidata por el Partido Demócrata para competir en las elecciones de 2016. / Efe
Imagen de archivo de Hillary Clinton, candidata por el Partido Demócrata para competir en las elecciones de 2016. / Efe

Yo estaba en Estados Unidos en 2008, cuando la 'obamanía' se desató, llevándose por delante las aspiraciones de Hillary Rodham Clinton a la nominación demócrata y a la presidencia del país. Recuerdo haberme desgañitado mucho y en vano a favor de Hillary, que me parecía encomiable y sólida, y en contra de Barack Obama, a quien consideraba un mero seductor arrollador sin ninguna propuesta propia, original ni verdadera. Una especie de Zapatero a la americana.

Sea dicho esto con todo el respeto que (cada día más) me merece el antiguo presidente español. Así sea por la serenidad con que soporta que no le dirija la palabra gente que antes besaba, y hasta lamía, abyecta, por donde él pisó.

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O que otros expresidentes se inventen, retroactiva y descaradamente, conversaciones telefónicas con supuestas llamadas al orden social que, viniendo de quien dicen venir, no se las cree nadie. Ni el portero de Velázquez 16 (la finca donde, a día de hoy, vive algún venerable referente de la izquierda).

Con Obama, debo admitir que me pasó como con Zapatero: que, con el tiempo, le cogí un respeto que inicialmente no le tenía. En el caso del norteamericano, tuve que admitir que, si el fondo era flojo, la forma era formidable. Impresionante su capacidad de entusiasmar al personal en un país que, al carecer de Rey, exige mucho simbólicamente a sus presidentes y que, tras el mandato de Bush hijo, tenía la autoestima nacional muy flácida.

Dicho lo cual, me reafirmo en lo que pensaba en 2008 y pienso ahora: que todo lo que hizo bien Obama, Hillary lo habría hecho mejor. No digamos todo lo que Obama ha hecho mal.

Pocas veces he visto una personalidad tan políticamente incomprendida, tan mal juzgada, como la de Hillary Rodham Clinton. Recomiendo la lectura de A woman in charge, la excelente biografía firmada por Carl Bernstein, el socio de Bob Woodward en el 'caso Watergate'.

Seguramente no es casualidad que justamente a Bernstein le diera por escribir de Clinton. Uso aquí, con intención, el apellido de casada de Hillary. Pocos como Carl Bernstein, 'pichabrava' compulsivo de quien su exesposa, la guionista Nora Ephron, afirma que es capaz de acostarse hasta con una persiana veneciana, podrían entender la delicada y en ocasiones explosiva peripecia conyugal de Bill y Hillary.

No deberíamos estar hablando de esto cuando lo que se ventila es una candidatura a la presidencia de Estados Unidos. Y, en cambio, no hay manera de dejar de hablar de esto.

Cuando el 'caso Lewinsky', Bill Clinton salvó la presidencia, y probablemente el cuello, gracias al férreo apoyo de su esposa, convencida al principio de que todo era un complot republicano. De que su indudablemente mujeriego marido había sentado cabeza al llegar a la Casa Blanca. Que no lo iba a poner todo en riesgo, ni siquiera por una gran pasión o amor, sino por un desahogo de segunda con una becaria de tercera.

Pues no. Aquello ocurrió. Bill le había mentido.

Fue un shock para Hillary y otro para América, que, curiosamente, juzgó con mayor severidad a la esposa engañada que al mismísimo marido pecador. Quien sin duda metió la pata (por no decir otra cosa) hasta el fondo. Pero que, visto por lo menos con ojos europeos, también era ridículo que por un asunto privado se viera sometido a cerco público de la manera que los republicanos le quisieron cercar.

"La mejor risa del mundo"

“No sé si estoy dispuesta a luchar por mi matrimonio, pero sí estoy dispuesta a luchar por mi presidente”, cuenta Bernstein que Hillary pensó y dijo tras tragarse aquel inmenso, dolorosísimo sapo. En cuyo germen está la decisión de optar al Senado. De desgajarse por primera vez del '2x1' que había sido la divisa política de los Clinton. Ella ponía la inteligencia y la pasión. Él, el encanto y la capacidad de convicción que, por lo que sea, a ella siempre le han faltado. O no se lo han querido reconocer.

“¿Qué no sabemos de su esposa y deberíamos saber?”, le preguntaron una vez a Bill. Y él respondió sin dudar: “Tiene la mejor risa del mundo”.

Es verdad. Se le nota cuando no está nerviosa o a la defensiva. Cuando defiende a otro, no a ella misma.

Volviendo al lewinskazo: ella pudo ponerle entonces a Bill las maletas a la puerta de la Casa Blanca, y muchos y muchas la habrían aclamado. No lo hizo porque percibió un intento de linchamiento político del presidente adúltero y se puso las pilas para defenderle.

¿Por fría, calculadora ambición, como se preguntaron muchos? ¿O por algo mucho más profundo, más doloroso y más noble?

Yo me quedo con el comentario que la viuda de Norman Mailer (a su vez ya difunta), la que sería conocida como Norris Church, una bella del Sur que anduvo en amores con Bill Clinton cuando este era novio de una joven Hillary 'gafapasta' horrendamente peinada, hizo en sus memorias. Se acuerda Norris de cuando ella y Bill quedaban para follar de madrugada. Una vez, puso la tele y los vio. A los dos juntos. A Bill con ella, con Hillary. Y sintió una honda punzada de celos. Porque sólo había que verles juntos para comprender lo mucho que compartían. La grandiosidad de proyecto vital, de sueño conjunto, que les unía. Quizá la fidelidad no era lo de él, quizás el sexo no era lo de ella. Pero el amor sí era de granito y de los dos. ¿Quién puede dudarlo a estas alturas?

Hillary llega ahora al final de su camino, a su última oportunidad, de ser presidenta. Si hay justicia en este mundo (algo que no está claro), lo conseguirá. La madre, hija y esposa coraje a la que nadie quiso reconocer sentimientos. La joven y vehemente activista que lloró y lloró y lloró durante días cuando mataron a Martin Luther King para, décadas después, verse desbancada políticamente por ser mujer y blanca frente a un varón y negro. La luchadora social (en el contexto americano) con fama de elitista. El 'patito feo' al que tantos han tratado de impedir que se convierta en un cisne político…

El mismo Obama recibió de ella una generosidad casi tan grande como la recibida por Bill Clinton. Derrotada y hasta humillada en la nominación demócrata, Hillary tuvo la grandeza de pedir el voto unido de todo el partido para su rival. Y lo hizo con un gran estilo.

¿Por cálculo?, habrá quien piense otra vez. ¿A cambio de hacerla secretaria de Estado? Yo me quedo con mi intuición de que una vez más le salió el maravilloso metal de que está hecha. Oricalco puro.

Lo que yo me pregunto es si la 'Capitana América' va a llegar a tiempo para cambiar el mundo. ¿Queda América, para empezar? ¿O es ya sólo un suburbio de una parte cada vez menos importante del mundo?

Da lo mismo. Never give up, le escribí una vez. Así sea, por el honor del espíritu humano.

2 Comments
  1. Luis says

    Hillary, la neoliberal neoconservadora, es una persona realmente peligrosa y un insulto a los que son realmente de izquierdas:

    http://www.counterpunch.org/2015/04/15/secrecy-intransigence-and-war/

  2. albacora says

    Que sorpresa mas desagradable me ha deparado, Sra Grau, la tenia conceptuada como humanista, pero su apoyo a la psicopata Clinton (tanto o mas que su infausto marido) me obliga a reconsiderar mi valoración sobre su persona. Los muchos muertos de Yugoeslavia y Libia se estan removiendo en sus tumbas. La Sra Clinton es una farsante prosionista, y ademas, seguramente responsable de la muerte de su embajador en Libia, por lo que podria ser considerada una traidora…..

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