¿Los españoles son de Marte y los catalanes de Venus?

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Cubierta del libro.

Queridos amigos y enemigos, lectores todos: acabo de publicar un nuevo libro: ¿Los españoles son de Marte y los catalanes de Venus? (Península). Es sobre el dichoso tema catalán, sí, y he entrevistado a media Humanidad...pero sobre todo lo he contado muy de otra manera. Créanme. Aquí les copio uno de mis fragmentos favoritos. Es del segundo capítulo.

Corría el año 1998 cuando, recién llegada servidora a vivir y a trabajar a Madrid, en calidad de delegada del entonces único diario catalán y en catalán a la venta, tuve que cogerme el tren para escribir un reportaje sobre las aventuras en Burgos de las juventudes de Unió Democràtica de Catalunya (UDC), el partido democristiano liderado por Josep Antoni Duran i Lleida, socio minoritario de CiU.

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¿Y a qué había ido la muchachada de Duran a Burgos? Pues a rendir un sentido y merecido homenaje a Manuel Carrasco i Formiguera, uno de los padres de la democracia cristiana catalana, personaje trágico, tan trágico que lo normal es que las nuevas generaciones no tengan ni idea de quién fue. Por si acaso: Carrasco i Formiguera era nacionalista catalán, católico y defensor de la Segunda República en el peor sitio y el peor momento para ser todo eso, es decir, en puertas de la guerra civil española. Comunistas y anarquistas le odiaban por su religión. Los católicos del bando nacional le consideraban un traidor y un sedicioso. Fue uno de los firmantes del Pacto de San Sebastián, fue conseller de Sanidad y Beneficencia del president Macià y fue diputado por Girona en las Cortes Constituyentes de la República, donde luchó a brazo partido para encontrar maneras liberales e indoloras de conciliar política y religión. Resultado: acabó preso y ejecutado en el penal de Burgos el 9 de abril de 1938. Franco en persona habría dado la orden.

Hasta el 25 de septiembre de 2005 no logrará CiU que el Congreso de los Diputados vote la anulación del consejo de guerra sumarísimo que condenó a muerte a Carrasco. Pero ya en 1998, estando aún calentito el pacto que hace a José María Aznar presidente del gobierno con el apoyo de Jordi Pujol y Josep Antoni Duran i Lleida, las juventudes de este último se plantan en Burgos, a la sazón gobernada por el PP.

Llegan un sábado por la tarde con la intención de acudir el domingo por la mañana a las puertas del penal, blandiendo senyeres y alguna que otra incipiente estelada entonces todavía vergonzante –con el lucerito que añade una cucharada de allioli independentista a las meras cuatro barras, pero todo en rojo y amarillo, sin destacar el lucero en neones, en blanco sobre azul…- para lanzar vivas a Carrasco y clamar al cielo por su infame muerte.

Hace un frío de pelotas en abril en Burgos. Oscurece en seguida y de forma drástica. ¿Es verdad que no hay luna, o sólo lo parece por la angustia de hallarse en territorio comanche? “Salid a cenar con discreción, pero en grupos de no menos de cuatro”, ordena el Roger de Flor en funciones, un joven democristiano regordete. Servidora, la única periodista catalana (o de cualquier otro origen) presente en Burgos se suma a uno de estos batallones de a cuatro prometiéndoselas tan felices como Oriana Fallaci en Vietnam.

Se cena muy bien, como siempre en Castilla (aunque nadie lo reconoce) y, sin incidentes ni sobresaltos, más allá de constatar que lo que los lugareños denominan “Plaza Mayor” ostenta en realidad una placa que dice “Plaza José Antonio”, acabamos en un pub que en nada o casi nada se diferencia de cualquier pub que podrías encontrarte en Cerdanyola o incluso Terrassa. Es verdad que en España hay muchas capitales de provincia de nombre altisonantísimo que luego vas y no tienen ni una estación de metro, ni un Corte Inglés que llevarse a la boca. Provincias no significa lo mismo en todas partes.

Ya en el pub burgalés: al ser sábado noche está relativamente animado. Los catalanes empiezan a pedir, que si una birra, que si un gintonic… Los que no son catalanes piden y beben tres cuartos de lo mismo. Nada delata ni diferencia a nadie. Carecen de barretina profunda los unos, de boina bien calada los otros. Visto desde fuera, ¿quién diría la gravedad de lo que aquí se cuece o puede llegar a cocerse? ¿Las fosas abisales de razón histórica que van de unos a otros?

Empiezo a ventear peligro para mi crónica de guerra. Mira que si al final aquí no pasa nada. Con liante ímpetu hemingwayano me dirijo al líder del grupo de no menos de cuatro catalanes con los que me ha tocado patrullar Burgos. Le conmino a hacer “algo”. Lo que quieran, lo que sea; pero por favor que se note quiénes son, a qué han venido y a qué. ¿O acaso prefieren que su expedición pase sin pena ni gloria y el pobre Carrasco i Formiguera se hunda para siempre en el olvido? ¿Por quién doblan las campanas aquí, a ver?

Así espoleado, el líder regordete se imbuye de gravedad y responsabilidad histórica. Va y pega la hebra con el primer burgalés que tiene al lado. Que si a las buenas noches, que si es verdad que buenas son… que hay que ver lo animado que está esto, ah, pues sí que lo está, sí… que si nosotros somos de fuera, ¿cómo de fuera?, de Barcelona…ah…pues estupendo….que si qué pena tener que irse prontito, porque prontito habrá que irse, claro, en teniendo mañana domingo que madrugar tanto…(silencio)…pues eso, que mañana domingo toca madrugar muchísimo…(silencio)…mira que como mañana domingo se nos peguen las sábanas sería terrible, terrible, pero terrible, terrible, ¿eh?…

Poco a poco parece que la machacona insistencia en esto de madrugar hace mella en la educada indiferencia del chico de Burgos.

EL DE BURGOS: ¿Oye, y por qué dices que madrugáis tanto mañana? ¿Qué vais a hacer?

EL CATALAN: Pues…¡tenemos que ir a la cárcel!

EL DE BURGOS: (Frunciendo el ceño impresionado) ¿A la cárcel? ¿Y eso?

El catalán traga saliva y se arroja por la senda del martirio. Se lo cuenta todo al mozo de Burgos: quiénes son ellos, quién fue Manuel Carrasco i Formiguera, su muerte ignominiosa en el penal de esta ciudad, que ellos han venido hoy no exactamente a vengarle, a ver, tampoco saquemos las cosas de quicio, pero sí a dejar el tema claro…a poner los puntos sobre las íes…a denunciar esto y aquello…

EL DE BURGOS: (interrumpiendo excitadísimo) Oye, ¿y todo eso, cuándo ha sido?

EL CATALAN: ¿Cómo que cuándo ha sido?

EL DE BURGOS: ¡Que cuándo han matado a vuestro hombre!

EL CATALÁN: Ah, pues…justo ahora se cumplen sesenta años…

EL DE BURGOS: (con indisimulable desprecio) Pues vaya…¿y no venís hasta ahora?

Cae esto como un mazazo tremendo sobre la escuadra catalana. Uno de ellos me musita tristemente al oído: “¡Tiene toda la razón, había que haber venido hace sesenta años con bayonetas, no ahora a hacer el ridículo!”. El resto opta por retirarse en silencio.

A la mañana siguiente, cuando los alevines nacionalistas asciendan por la Plaza Mayor (perdón, la Plaza José Antonio), se cruzarán con una procesión de Semana Santa. Los unos trashumando con sus senyeres y estelades rabiosamente rojas y amarillas. Los otros con las agudas cumbres de sus capuchones morados apuntando al cielo. El contraste es detonante. Pero ya todos han aprendido que lo mejor es darse mutuamente esquinazo y no decirse ni mu.

En unas horas estoy mandando mi crónica a Barcelona desde el hotel. Al acabar pido un taxi que me lleve a la estación para allí coger el tren de vuelta a Madrid. Fin del viaje al corazón de las tinieblas de Castilla. Estoy ya montada en el taxi cuando me llaman del periódico para no sé qué aclaración de última hora. El taxista me oye hablar en catalán. Dice la experiencia que eso es a veces peligroso (profundizaremos en ello en otro capítulo de este libro). Me tapo como puedo la boca con la mano, más al darme cuenta de que me ha tocado un comanche listísimo, capaz de entender la lengua del hombre blanco y hasta de identificar el nombre del periódico para el que escribo: “Sí, ya lo conozco, es un diario catalanista pero no independentista”. Cosa que en aquellos tiempos era bastante rigurosamente cierta.

Collons. ¿Será verdad que estos tíos, cuando quieren, hablan y hasta leen catalán en la intimidad? Divertida e intrigada le tiro de la lengua. Se lanza a contarme que él vive del taxi pero lo que en realidad le gusta y estudia es Historia del Arte. Diplomáticamente me deshago en elogios de la catedral de Burgos. Se cruzan en el retrovisor nuestros ojos, los suyos arrobados, como si acabara de aparecérsele un cruce entre Teresa de Jesús y Sharon Stone. Y en estas va y explota: “¡¿Pues sabe usted que el PP se está cargando la catedral?!”.

La estación está cada vez más cerca, el taxista habla cada vez más rápido, escupe metralla ávida por la boca: que si se está construyendo un parking subterráneo que va a dar mucho dinero al Ayuntamiento, que si unas aguas freáticas brotadas de no sé dónde ponían el proyecto en peligro, que si entonces un ingeniero vil, uncido al poder, encontró una “solución”, y ahora las pútridas aguas malditas ya no anegan la cueva de Alí Babá del parking porque han sido desviadas en tromba hacia los cimientos de la catedral, machacando y deshilachando sus raíces, doblegando su osamenta de siglos…

El tiempo y la Renfe se nos echan encima. Llueven sobre mí la lástima y los datos. El taxista promete llevarme a la Universidad si, debido a su humilde condición locomotora, yo a él no le tomo en serio. Me promete que peregrinaremos juntos de despacho en despacho, de experto en experto, que como acordeones se abrirán ante mí extensos planos para demostrar con todo detalle la espantosa verdad…

Corto por lo sano y le pago la carrera. Él me deja ir con un remusguis tan palpable que más que una clienta del taxi, parece que se arranque una novia del corazón. Le doy la espalda, cruzo las puertas de la estación, busco dónde están las vías, dónde queda mi andén…no han pasado ni diez minutos, qué digo diez, no han pasado ni cinco cuando, en plan escena de película –sólo nos faltan los cañones de los alemanes de fondo- las puertas vuelven a abrirse de par en par y a batir. Es el taxista. ¡Se salió del taxi! ¡Camina a mi encuentro con los ojos en llamas! ¿Será capaz de no dejarme subir al avión, digo, al tren?

TAXISTA: Ustedes los catalanes, que saben cómo defenderse…¡ayúdennos!

Cuando el tren se pone en marcha, y ya parece difícil que pueda pasar nada más, saco el teléfono del bolso. Llamo al entonces director del entonces único diario catalán y en catalán a la venta, del cual soy delegada en Madrid, les recuerdo. Y a él, a mi director de entonces, le cuento todo. Me escucha divertido. Consentidor como es él siempre conmigo -me consta que soy una de sus chicas favoritas en la redacción, me ve como la más bad girl y aventurera, la más gamberra…- , ¿me dará este capricho, me dejará escribir sobre el taxista de Burgos pidiendo ayuda a la Armada catalana (desperta ferro!) para salvar su catedral?

DIRECTOR: Mi querida Anna, comprendo tu emoción, pero comprende tú que no es esa la clase de señor de Burgos que nos interesa…No es esa gente la que conviene sacar en tus magníficas crónicas…

Enmudezco bajo este jarrazo de agua fría. Ante el ingente tsunami desviado hacia los cimientos de mi catedral. ¿He mencionado ya que en aquella época yo creía a pies juntillas que los catalanes teníamos razón, siempre y en todo?

La mera sospecha de que no pudiese no ser así, de que pudiésemos no ser la sal y el allioli de la tierra, de que pudiera haber en nosotros destellos malandrines o manipuladores, no me entraba en la cabeza. Sólo imaginármelo me habría helado el corazón más eficazmente que cualquiera de las dos Españas por supuesto tan inferiores a nosotros como la piedra pómez a la filosofal.

Me tragué pues las palabras de mi director procurando no darles muchas vueltas entre los dientes. Bien es verdad que por pequeñas cosas así, por cosas dichas al pasar empiezan movimientos de estómago, de ideas y hasta de tierras que pueden hacerlo crujir todo –o no- muchos años más tarde.