ANNA GRAU | Publicado: - Actualizado: 8/1/2017 21:38

Imagen de Miguel Gil durante uno de sus trabajos como reportero de guerra. / condeduquemadrid.es
Imagen de Miguel Gil durante uno de sus trabajos como reportero de guerra. / condeduquemadrid.es

Me emociono al leer aquí mismo, en cuartopoder, el sobrio, pertinente y aún así íntimamente apasionado artículo de Elvira Huelbes dando cuenta de la inauguración en el Conde Duque de una exposición, UPFRONT, dedicada a los reporteros de guerra, comisionada por Ramiro Villapadierna, que mucha guerra dio y tomó en los Balcanes, y enaltecida a homenaje a la figura de Miquel Gil, reportero catalán que fue hasta que dejó de serlo. Hasta que le mataron en Sierra Leona, hará en efecto unos quince años.

Desliza la buena de Elvira, muy educada ella, que Miquel Gil fue más profeta fuera de su tierra que en ella. Yo que soy más bestia lo voy a poner más feo y más crudo. No se me olvidará jamás la mañana en que saltó la noticia de la muerte de Miquel Gil. Yo participaba (desde Madrid) en una tertulia de radio catalana cuando dieron la noticia -un tanto rutinariamente…- de que en Sierra Leona habían muerto dos periodistas, uno de ellos, al parecer, español. Yo al escuchar el nombre me quedé clavada en el sitio. Sorteando el nudo en la garganta interrumpí al conductor del programa: “perdona…¿has dicho que el muerto se llama Miquel Gil?”. Confirmado. “Pues sepas que era catalán”, empalmé con un hilillo de voz.

A los diez minutos me estaban llamando reporteros de varios medios catalanes, entre ellos el diario donde yo escribía entonces, para pedirme cuentas e información sobre el escurridizo y difunto personaje.

Qué decir de una Cataluña a la que tenías que recordarle que Miquel Gil existía. Elvira cuenta que le bastó conversar con él una tarde para darse cuenta de que se encontraba ante alguien muy, muy especial. El periodista misionero, le llama. No porque fuese aficionado a determinada postura sexual, saben, sino porque era dulcemente, palmariamente cristiano, en un mundo en el que la gente gustaba de proclamarse atea o a decir que creía en una cosa y hacer otra. Él era lineal y literal como un apóstol. Era capaz de bautizarte por las buenas en el campo de batalla donde mil veces le arrastró su bendita, deslumbrante, inimitable ingenuidad.

Es leyenda su arranque en el oficio: era abogado en Barcelona y motero, un día sintió la llamada -¿cuál?-, se largó del despacho, se montó en la moto, se plantó en los Balcanes sin hablar una palabra de inglés y con cero experiencia previa en periodismo, lo cual se reveló rápidamente como una ventaja. Logró entrar en Sarajevo antes que muchos reporteros de guerra profesionales. Una mezcla de circunstancias y de personalidad le convirtieron en un caso único.

Lo más impresionante de él es que pasara lo que pasara, viviera lo que viviera, nunca se curtió. Jamás perdió esa vívida tonelada de inocencia que con su escuálido cuerpo cargaba a todas partes. Cuando yo le conocí en Sarajevo el mundo era una locura antisepsia y yo vivía un momento Peter Handke. Yo quería saber qué pasaba con los civiles serbios, los que no habían matado a nadie y estaban excluidos de toda asistencia humanitaria, de toda compasión y hasta comprensión. Había que tener la audacia y la ignorancia de la juventud para, recién llegada a la ciudad, endilgarle esta filípica a Miquel, ya entonces casi un veterano mítico. El caso es que me escuchó con extrema, extremísima atención. Supe que al día siguiente había cogido la cámara y se había ido a pegar un garbeo, a conocer a esos serbios invisibles de los que yo le hablaba.

Serbios tan invisibles en Serbia como él lo era y en cierto modo todavía lo es en Cataluña. No es que a él le importara un carajo, sospecho. Pero lo que son las cosas, yo en aquel tiempo, cuando conocí a Miquel en Sarajevo, ¿saben en casa de quién paraba, quién me daba cobijo en la ciudad maldita? Un tal Raül Romeva, por aquel entonces colaborador de la UNESCO. En aquel tiempo su prioridad eran la paz mundial, los refugiados, la solución de conflictos internacionales…

No digo que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero…¿me siguen?

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