ANNA GRAU | Publicado: - Actualizado: 8/1/2017 21:38

Bertillon_mugshot
Mugshot del creador de este tipo de fotografía, Albert Bertillon. / Wikipedia

Leído en el número de octubre de 2015 de la Revista de Occidente, en la completísima entrevista que el escritor Javier Redondo Jordán le hace a Rodrigo Cortés, un tipo tan versátil, que hace tantas cosas y tan bien, que ya ni sé cómo presentarle. Yo creo que la mayoría de las personas le conocerán por haber dirigido Buried (2010), con Ryan Reynolds enterrado vivo dentro de un ataúd toda la película. Rodrigo Cortés escribe, Rodrigo Cortés piensa. Por ejemplo cosas como esta:

La culpa es un arma de destrucción masiva porque consigue que, con la implantación de una pequeña semilla, uno haga el resto del trabajo y se convierta en su propio policía y en su propio carcelero. Basta con recibir un pequeño decálogo y el resto del trabajo lo hacemos nosotros. Es una forma de tortura que en gran medida invita a la inacción, porque uno asume una especie de pecado original que hace que todo sea incontrovertible e inevitable, lo que, paradójicamente, queda en las antípodas de la responsabilidad. Sin embargo, cuando existe la responsabilidad individual, en general no hay culpa. Hay, como mucho, la interpretación objetiva de lo que uno ha hecho mal y, si uno se hace responsable de ello, puede tomar las medidas necesarias para tratar de paliarlo o tomar, a partir de entonces, un nuevo camino. La culpa, sin embargo, nos ancla en el pasado y anula en gran medida esa posibilidad

Me acuerdo de estas palabras asomándome al trabajo de otra persona muy creadora y muy versátil. Se llama Lourdes Delgado y es fotógrafa. Es catalana pero yo la conocí en Nueva York, más o menos coincidiendo con el estreno de Buried. Entonces se dedicaba a retratar con suave encarnizamiento a músicos norteamericanos de jazz. Les mostraba en su fuero, no diré interno pero sí bastante desconocido para el gran público, sobre todo cuando este gran público es europeo y se imagina que todos los músicos de jazz son semidioses olímpicos adorados por las masas. Ni pa’ Dios. En Estados Unidos, el jazz puede llegar a ser una música tan sorprendentemente marginal como las películas de Woody Allen, que a nosotros nos chiflan y muchos de ellos dejan correr como agua que no han de beber. Quitando a tres o cuatro consagrados y famosos, los jazzmen pueden llevar una inesperada vida sórdida de pringados que Lourdes capta con precisión en una serie de primeras tomas preparadas con todo el cuidado previo y toda la complicidad entre retratados y retratadora. Lo que no había nunca era segunda toma ni segunda oportunidad.

Con este agudo sentido de lo irrevocable se enfrenta Lourdes Delgado ahora, en un plano menos fáctico y más teórico, a otro mundo visual que todos creemos conocer pero no: los mugshots, saben, los fotomatones esos típicos que toma la policía de los delincuentes, de frente y de perfil y con un número en la mano o en la boca. Los hay incluso famosos. Existe un póster de un jovencísimo Frank Sinatra posando de esta guisa, y no era un montaje. Le detuvieron cuando era muy jovencito. Otro tanto le sucedió a Al Pacino y a otras celebs cuyos mugshots, andado el tiempo, valdrían su peso en oro, o por lo menos en curiosidad.

Suerte ellos que pueden. Sacarse un mugshot y que quede hasta simpático, digo. En un interesante estudio que Lourdes Delgado está elaborando para su tesis doctoral me entero de que los mugshots nacieron alrededor de los años 50 del siglo XX en Francia para sustituir un tipo de retrato-ficha policial vigente en EEUU desde un siglo antes y que recibía el pintoresco nombre de rogue’s gallery, algo así como la galería de los canallas, de los villanos, de los malos, etc. Tener una foto de esas y tener indeleble fama de criminal era todo uno. Más cuando los fotógrafos de la bofia eran aficionados a exponer sus creaciones más artísticas, públicar álbumes, etc. Vamos, como Man Ray con sus modelos desnudas. Sólo que en este caso no solían pedir permiso y más de uno se encontró con una demanda judicial por haber publicado la foto ‘canallesca’ de un señor que había sido detenido y retratado sí; pero luego resulta que le absolvieron de todos los cargos.

Nos cuenta Lourdes que el impacto condicionante de la rogue’s gallery era tan aplastante que por el mero hecho de haber aparecido allí una vez, un delincuente tenía todos los puntos para llevarse una condena más fuerte si era vuelto a juzgar por cualquier otra cosa. Curiosamente, en cambio, las fotos eran bastante inocentes de por sí. Prueba de ello, señala el excelente estudio de Delgado, es que si el ‘condenado’ fotográfico lograba la exoneración y que le devolvieran sus negativos, la foto era perfectamente aprovechable para un álbum familiar. Nadie habría dicho jamás que eran fotos de la poli, tanto se parecían a cualquier foto que le podían sacar a cualquiera con motivo de su primera comunión, boda, etc.

Otra cosa son los mugshots. Basado en la muy precisa ciencia de un profesional de la identificación humana, Albert Bertillon, están pensados para hilar muy fino con los parámetros físicos de cada cual, pero en la práctica acaban alumbrando un tipo único de retrato, un lenguaje inconfundible, que se impone con brutalidad a cualquier cambio de contexto. A diferencia de los fotomatones de la rogue’s gallery, no son fotos que puedan trasladarse al álbum familiar y ya no se sabe de dónde han salido. Volviendo al caso de Frank Sinatra, todo el mundo que vea su mugshot, sabrá que pasó por los calabozos policiales por lo menos una vez. Le pasa a todo el mundo. Con la diferencia de que no todo el mundo se hace tan posteriormente famoso que el tema pueda hacer hasta gracia. A la mayoría el mugshot les arruina el día, por no decir la vida. ¿Se acuerdan de Dominique Strauss-Kahn?

En resumen, el mugshot es un estigma fotográfico, un código de barras de la culpabilidad, un señalamiento tan eficaz y quizás tan indeleble como el tatuaje de los prisioneros nazis. Y no hablamos sólo de buena o mala reputación. Lourdes Delgado da el dato alarmante de que en Estados Unidos, objeto prioritario de su estudio, hay entre un 3 y un 5 por ciento de inocentes condenados a largas penas, incluso a muerte, basándose exclusivamente en identificaciones erróneas, fruto, la mayoría, de que el testigo identificador vio un mugshot de los acusados, lo cual le predisponía a creerles culpables. De lo que sea.

Una imagen no vale más que mil palabras. Un prejuicio tampoco. Volviendo a la cita de Rodrigo Cortés en la valiosa entrevista que en la Revista de Occidente le hace Javier Redondo Jordán, la culpa es un asunto lo bastante vidrioso, complejo, y en última instancia personal como para que valga la pena tomarse un cierto trabajo antes de repartirla. O repartírnosla.

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