CDC y ERC obligaron a Artur Mas a apartarse del primer plano

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Artur Mas y el nuevo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, tras el pleno celebrado ayer en el Parlament de Cataluña. / Alberto Estévez (Efe)

Que nadie se engañe. Mas quería aguantar y repetir las elecciones para volver a ser el candidato. Pero la negativa del líder de ERC, Oriol Junqueras, a formar parte de un Gobierno en funciones, que seguiría presidiendo él, y su disposición a no repetir la coalición de Junts pel Sí obligaron a la dirección de su partido, CDC, a plantarlo frente al espejo de las encuestas internas y aceptar que, si no abandonaba, se produciría una debacle electoral que arrastraría a todos al desastre. Y, por fin, −“a la fuerza ahorcan”, que dice el refrán− acabó cediendo. Aunque no sin dejar sentado ante esa misma cúpula de su partido lo que tiene en mente: “Estoy y continuaré estando. Cuento para el presente y para el futuro».

Aunque los más allegados conocen su plan –incluido el nuevo president Carles Puigdemont−, Mas lo ha guardado en secreto. Lo que pretende durante los próximos 18 meses que, como se ha pactado, durará la nueva legislatura, según fuentes independentistas de Junts pel Sí, es transformar el finiquitado pujolismo en masismo, aunque lo lidere otro –salvando en la medida de lo posible la figura del fundador y las responsabilidades presuntamente delictivas de su familia−, refundar CDC poniéndole otro nombre (no descarta el de la candidatura de las elecciones generales, Democracia y Llibertat) y relanzar su opción liberal con tintes socialdemócratas sin dejar de pertenecer a la Internacional Liberal de la que ahora forman parte. De hecho, en su partido se habla de que en los próximos meses echará una mano a Puigdemont en tareas de representación internacional para ‘vender’ el proceso independentista catalán en el exterior.

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Junqueras lo tiene claro. Y por eso se negó a formar parte del Gobierno en funciones que Mas quería poner en marcha si no había acuerdo con la CUP, porque él no pensaba retirarse como pedían los anticapitalistas. Sabía que, además, escondía la intención de reeditar la candidatura del Junts pel Sí y le dio largas de la mejor manera, respondiéndole que no era el momento de hablar de escenarios electorales mientras se mantenía la posibilidad de llegar a un acuerdo con la CUP. También argumentó que no consideraba correcto constituir un nuevo Govern sin investidura y sin apoyo parlamentario.

El líder de ERC aguantó y acabó ganando. Se ha garantizado la vicepresidencia única del nuevo Govern. Pero no por personalismo, según sus allegados, quienes aseguran que de haber ocupado el puesto de Mas, se hubiera echado a un lado desde el primer minuto por considerar que la independencia de Catalunya es más importante que su propia persona, sino para controlar el proceso no sólo en lo referido a eje independentista sino en lo referido también al eje social, de manera que el Gobierno catalán dé marcha atrás en los ajustes y recortes que ha llevado a cabo tal y como pactó él primero con Mas y ahora CDC con la CUP.

De hecho, como ya señaló cuartopoder.es, ERC promovió un documento que al final no hizo público en el que se demostraba que de las veinte medidas acordadas entre Junts pel Sí y la CUP en la primera fase de las negociaciones –que ahora se retoman− , 9 eran propuestas compartidas con la CUP, otras 7 eran propuestas basadas en iniciativas de la propia CUP y sólo 4 eran propuestas exclusivas de Junts pel Sí (crear nuevas becas de Formación Profesional, aprobar la dación en pago de las viviendas hipotecadas, tender progresivamente a un Salario Mínimo Interprofesional de 1.000 euros y reconvertir la ICF en banca pública catalana), a las que ayer también se comprometió Puigdemont.

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Aunque la CUP ha quedado ‘tocada’ tras imponerse el ala independentista a la anticapitalista, sus dirigentes confían en salvar los muebles presentándose como garantes del cumplimiento del pacto. De hecho, su secretariado recordó ayer que pese a la cesión de dos diputados para el trabajo parlamentario, seguirán siendo un grupo de 10 diputados “con voz propia”. El diputado Benet Salellas, en calidad de portavoz del Consejo Político y acompañado por la portavoz en la investidura, Anna Gabriel, advirtió el pacto tiene vuelta atrás si Junts pel Sí acomete políticas de recortes. “Este acuerdo es reversible y sólo se mantendrá si se avanza en la implementación de los anexos de la resolución de ruptura”.

Sin embargo –hechos son amores y no buenas razones−, la CUP también ha quedado ‘tocada’ por su inesperada autocrítica y su decisión de sacrificar, en una decisión salomónica, dos diputados por un candidato a presidente (el ‘chavista’ contrario a Mas, Josep Manuel Busqueta, y el novelista partidario del pacto, Julià de Jòdar, por Artur Mas). Y su disposición a ser garante del Plan de Choque suena a hueco, dicen algunos de los suyos, como el hecho de que ahora afirmen que han echado a Mas, que representa el pujolismo y los recortes, a “la papelera de la historia”. El portavoz, Salellas, incluso se atrevió a decir que Junts pel Sí se ha comprometido a excluir del Govern a nombres que ellos consideran que también están vinculados a los recortes y a la corrupción: “Desde la CUP hemos enviado a la papelera de la historia a Mas, Felip Puig, Irene Rigau y Boi Ruiz (los consejeros de Empresa, Educación y Salud)”. Desde luego, está claro que, en política, el que no se contenta es porque no quiere…

La convicción de que Mas se echaba a un lado por las presiones de la propia cúpula de su partido estaba ayer en la mente de todos. La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, escribió un tuit significativo: “Tanto pedir urnas, y ahora Mas tiene pánico a unas elecciones”. Idea en la que abundó su socio Pablo Iglesias en otro tuit, afirmando que Mas y su partido “consiguen atrincherarse” en el Gobierno catalán.

También Miquel Iceta, del PSC, destacó que el acuerdo “ha sido fruto del miedo a unas nuevas elecciones y a perderlas”. A lo que añadió que Mas “esta ganado tiempo para refundar su partido. Y todo por el poder”. También opinó que “Mas no se retira, sino que lo retiran”.

La investidura de Puigdemont, el president 130 de la Generalitat, quinto desde el retorno de la democracia, ha vuelto a colocar patas arriba el tablero de juego en Madrid. Sobre todo porque tanto el PP, como el PSOE, Ciudadanos y hasta Podemos consideran que es más sinceramente independentista que Mas. De momento, se lo ha puesto mejor a Mariano Rajoy, que aprovechará la ‘amenaza independentista’ catalana para presionar a Pedro Sánchez para que, absteniéndose, le permita presidir un Gobierno en minoría que garantice la unidad de España. Y el que lo tiene más difícil es el candidato socialista, a quien, además de Rajoy, presionan todo tipo de poderes fácticos e incluso el ala más derechista del propio PSOE, con Susana Díaz a la cabeza, para que permita gobernar al actual presidente en funciones si, como todos esperan, fracasa en su intento de conseguir la presidencia de un gobierno ‘a la portuguesa’ con Podemos y el apoyo a su investidura, desde fuera del Gabinete, de IU y, al menos, ERC, CDC y PNV.

La incógnita sigue estando en Podemos. Iglesias también dijo ayer sobre la investidura de Puigdemont que “el inmovilismo intentará hacer lo mismo en La Moncloa” y que la solución es la pluralidad y un nuevo acuerdo. Y Ada Colau exigió al PSOE que elija “entre el búnker y el inmovilismo del PP y el diálogo de las fuerzas emergentes» que apuestan por un «Estado plurinacional» y por consultar el encaje de Cataluña en España en un referéndum. Colau añadió que «es un momento de construir alianzas».