La hermana del Rey despacha su relación con la 'trama Nòos' en 20 minutos

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Iñigo Corral *

La infanta Cristina, ayer, en un momento de su declaración. / Efe
La infanta Cristina, ayer, en un momento de su declaración. / Efe

Once años han pasado desde que a la infanta Cristina de Borbón se le relacionara con las actividades irregulares que supuestamente llevaba a cabo la empresa Aizoon que tenía a medias con su marido Iñaki Urdangarín. Demasiado tiempo como para que su defensa tuviera como único hilo argumental la confianza o, por utilizar otra expresión más gráfica, por tener una fe ciega e inquebrantable en los demás para no verse salpicada en algo delictivo. Esos once años de sospechas, bajo esa premisa de que “todos somos iguales ante la ley”, se han despachado en tan sólo veinte minutos de amable interrogatorio por parte de su abogado, Pablo Molins. A la representante de la acusación popular no le regaló ni una mirada. Evitó el contacto visual con la persona que le pide ocho años de prisión y ni siquiera frunció el ceño cuando leyó de forma ininterrumpida durante casi 40 minutos una batería de preguntas que se quedaron sin respuestas.

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“La confianza no es saber todo de nuestra pareja, es cuando no necesitamos saberlo”, reza una de esas frases que se intercambian en los grupos de whatsapp. A lo mejor esa frase no siempre es acertada. Desde luego, en este caso es evidente que no. Ese “no necesitar saberlo” le ha traído graves consecuencias a la infanta que ahora trata de reparar en un lugar donde ningún otro miembro de la Casa Real lo había hecho antes: ante un tribunal de justicia. Es evidente que el interrogatorio tenía un guión: presentar a la infanta como una mujer moderna que trabaja fuera de casa y que, como cualquier otra, debe ocuparse al mismo tiempo de sus hijos dándoles el desayuno o llevándoles al colegio cuando sus obligaciones profesionales o institucionales se lo permitían.

Las primeras preguntas sirvieron para encauzar el tema. Frente a las tres juezas se sentaba otra mujer moderna con estudios y, que pese a su rancio abolengo, era capaz de repartir las tareas familiares con su pareja y de llevar una vida normal. Toda esa imagen de modernidad y de mujer preparada, muy alejada de cualquier estereotipo que responda a una mujer sumisa a los caprichos de su marido, chirría cuando se habla de los negocios familiares. Lo peor es que la confesión la hace ante otras tres mujeres con estudios, que además han tenido que aprobar una dura oposición y que, a lo mejor, sí que están al corriente de los gastos familiares.

Tal vez para una mujer moderna y con estudios sea más incomprensible entender cómo un marido, con quien tienes separación de bienes, te ofrece entrar a formar parte de una sociedad al cincuenta por ciento sin pedir ningún tipo de explicación o sin volver a hablar nunca más del tema “porque no procedía”. Ya la propuesta de crear una sociedad a medias resulta insólita cuando la excusa para hacerlo fue la de “para canalizar los ingresos profesionales del marido” pero, y volviendo al origen de la cuestión, lo aceptó “porque me lo pidió y por la confianza que tenía en él”.

Habrá quien quiera pensar que cuando se constituye Aizoon eran muchos los que veían a Iñaki Urdangarín como una persona ejemplar. El yerno perfecto. Si la Casa Real no vio nada anormal en aquella época, ¿por qué lo iba a ver la infanta? Es incuestionable que muchos se tuvieron que frotar los ojos cuando empezaron a aparecer los primeros titulares en prensa. Salvando las distancias, se empezaba a caer un mito como años atrás había ocurrido con Mario Conde, el afamado banquero que acabó entre rejas.

Lo que sorprenden es la vehemencia que ha mostrado siempre la infanta para defender a su marido ante todos y a cualquier precio o para hacer de especie de cortafuegos con el único objetivo de que el escándalo no afectara a nadie más de su familia. El trago amargo lo pasarán ahora las personas que la Casa Real puso para supervisar los negocios del la hija menor del Rey Juan Carlos y quienes, o mucho cambia el guión, o tendrán que hacer de bomberos. Cristina de Borbón no ha querido involucrar a nadie de la Casa Real en los negocios de su marido, pero sí ha dado nombres y apellidos de las personas de su entorno, que debían haber extremado aún más su labor de in vigilando: Carlos García Revenga, Federico Rubio y José Manuel Romero. No les culpó de nada, pero sí les ha puesto en el disparadero.

Chirría también la pasividad que mostró la infanta a la hora de conocer los negocios de su marido y la confianza que tenía en él. Por ejemplo: no podía acceder a los saldos de una sociedad de la que que era propietaria al cincuenta por ciento, no revisaba los extractos, no conocía a las personas que trabajan allí y no asistía a las juntas ni siquiera cuando se aprobaban las cuentas anuales. La desidia como socia, justificada siempre en la confianza hacia su único socio, puede salirle cara. Y más cuando recuerde que le pasaban a la firma papeles que nunca revisaba. ¿Por qué no lo hacía? Por lo de siempre: por la confianza en su marido y en sus asesores. Es de esperar que mantenga esa misma confianza en las tres juezas que tienen que decidir sobre su futuro procesal. Y que nadie se olvide de que Manos Limpias pide para ella ocho años de prisión.

(*) Íñigo Corral es periodista.