Tres bebés robados en Canarias relatan sus casos

Íñigo Corral *

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Concentración en la Puerta del Sol de víctimas del robo de bebés. / Alberto Martín (Efe)

Va  a resultar que sí. Que sí es posible que los partidos políticos aprueben algo por unanimidad. Se trata de una mera declaración de intenciones más que de una cuestión de orden de práctico que, a lo mejor, puede servir en el futuro para que algunas personas encuentren sus verdaderas raíces familiares. Y es que el parlamento de Canarias ha sido el primero a dar luz verde con el apoyo de todos los grupos parlamentarios a una proposición no de ley para que el robo de bebés sea reconocido como “crimen de lesa humanidad”. La proposición exige incluso que se investiguen los archivos eclesiásticos y de las clínicas que tomaron parte en las desapariciones.

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Las “islas afortunadas” quedan mucho más lejos de lo que aparece representado en los mapas y el eco de sus quejas tarda en llegar, si es que llega. Hay quien habla de que hace medio siglo hubo un “trasiego” de niños entre islas donde el que más dinero tenía era el primero en elegir la mercancía. Se podía hasta exigir el color de ojos. Las consecuencias psicológicas que sufrieron estos niños depende en gran medida de las familias que les adoptaron. Esas consecuencias también afectan a la vida cotidiana y resultan irresolubles. “¿Se imagina la cara que tuve que poner cuando el médico me preguntó si en mi familia había antecedentes de personas con el colesterol alto?”, se pregunta Teresa Solís, uno de los bebés robados en las islas hace 53 años.

La historia que relata Pedro Llarena no se diferencia mucho del modus operandi habitual. El 11 de julio de 1962 su madre dio a luz mellizos. Les comentaron que la vida de la niña corría peligro y que había que meterla en una incubadora. “Mi padre y mi tío la llevaron a la clínica de las monjas Hermanas de la Caridad y les pidieron que volvieran al día siguiente”, comenta Llarena. Cuando regresaron 24 horas después les dijeron que la niña había muerto y que había sido incinerada. Su madre falleció a los tres días del parto y su padre, cuatro años después. Fue a los 23 años cuando empezó a indagar. “Descubro que en el registro no había ni partida de nacimiento ni de defunción de mi hermana y ya mis sospechas se acrecientan porque tanto mi abuela como otros familiares me confirmaron el nacimiento de mi hermana”, añade.

Con el tiempo creyó encontrar a una persona que por su historia podía ser su hermana melliza. Se hizo las pruebas de ADN y dieron negativo. Ahora está convencido de que puede residir en Tenerife pero ella se resiste a hacerse ningún tipo de pruebas. Eso hace reflexionar a Pedro sobre la “influencia” que puede tener el “entorno de crianza” a la hora de que esos bebés robados rehúsen a buscar su verdadera identidad porque se sienten “cómodos”. Por ello advierte de que “deberían saber que hay niños adoptados que no están en un entorno tan agradable  y que hay familiares que quieren saber de ellos”.

«El anuncio de Gallardón de crear un base nacional de datos genéticos se quedó en agua de borrajas»

No oculta que su mensaje está dirigido a esa mujer de Tenerife. “Amar a la fuerza no se puede y la verdad es que ya he dejado de buscar”, dice con resignación. Esa constancia ha provocado enfados en su entorno familiar más próximo y no le ha quedado más remedio que arrojar la toalla. La resolución del Parlamento de Canarias la ve con cierto escepticismo porque “cualquier paso adelante que se dé supone una alegría”. Ahora bien, duda de su verdadera efectividad cuando recuerda “todo aquello que hizo Gallardón y su anuncio de crear un base nacional de datos genéticos y que luego se quedó en agua de borrajas”.

La mujer que se hizo las pruebas de ADN con Pablo Llarena y que resultaron negativas es Teresa Solís, que a día de hoy sigue sin saber quiénes fueron sus padres biológicos. Ya desde pequeña se sintió “diferente” porque todos la miraban de forma “diferente”. Sus padres adoptivos, ambos ya fallecidos, nunca le contaron que fue adoptada. “Antes, muchos padres no estaban preparados para las adopciones y recibían un bebé como algo que les servía para hacerles compañía pero que nunca lograban encajar en la unidad familiar. Sin saber exactamente lo que ocurría, siempre me sentí diferente”, comenta. En realidad, durante sus primeros años de vida todo el entorno familiar sabía que era adoptada y ella, a pesar de sus sospechas, nunca preguntó nada por “respeto” a sus padres.

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Teresa Solís, una de las víctimas del robo de bebés. / Foto cedida por Teresa Solís.

Todo el proceso de querer saber la verdad se aceleró cuando a los 20 años se quedó embarazada de su ex pareja, cuyos padres eran amigos de los suyos. La relación se rompió con excusas que resultan crueles como pueden ser los miedos a qué tipo de niño iba a nacer si no se sabían los verdaderos orígenes de la madre. “Hay que vivir la vida sin dramatismos”, se apresura a decir Teresa con una sonrisa que sirve para demostrar que lo que dice es cierto. Hasta la muerte de sus padres hace seis años no se atrevió a dar el paso de intentar buscar sus verdaderas raíces. “Cuando conoces tu verdadera identidad no lo valoras, pero creo que cualquiera sentiría curiosidad por saber cuáles son sus verdaderos orígenes y haría lo que fuera  para averiguarlo”, añade.

Con el tiempo sabe que fue entregada a la casa cuna de Tenerife para ser adoptada por una familia de la isla. Las chapuzas que se hacían en aquella época eran de tal calibre que en los papeles de la casa cuna aparecía la entrada de dos niñas con los mismos nombres y apellidos con una diferencia horaria escasa. La explicación provoca escalofríos. Teresa iba a ser entregada a una familia adinerada de la isla que se echó atrás a última hora porque el bebé no tenía ojos azules. Así que  fue devuelta a Las Palmas donde fue adoptada por los únicos padres que ha conocido. Mientras,  el otro bebé acabó en una familia donde todos tenían ojos azules.

«Cualquiera sentiría curiosidad por saber cuáles son sus verdaderos orígenes»

Sin rencor porque “no me lo puedo permitir” y porque “no quiero perder mi vida sin haberlo intentado” afirma que tiene informaciones que pueden corroborar su versión. Aporta datos pero no quiere señalar a nadie en concreto. “Ellos son una familia adinerada que jamás han dicho a su hija que fue adoptada” y a falta de pruebas más fehacientes ha aparcado definitivamente el tema. Eso sí, para dar una idea de los tejemanejes que se hacían en aquella época subraya: “Un médico llegó a afirmar que su madre adoptiva me había dado a luz con 48 años cuando le habían diagnosticado tiempo atrás que no podía tener hijos”.

Lourdes Barreiros es otro nombre en la prolija lista de bebés robados en Canarias. Su supuesta madre biológica la dio a luz a los 43 años. “Falsificaron todos los papeles. No hay rastro que conduzca a decir que ellos fueron mis verdaderos padres. Ni siquiera tengo una foto de mi bautizo”, se lamenta. Sus sospechas de que podía ser un bebé robado comenzaron cuando su madre contrajo el Alzheimer. “Se quedó trabada y empezó a decir que a su hija se la habían regalado y cosas de ese tipo”, añade. Su padre murió “sin hablar jamás del tema” y una tía suya aún con vida le explica que es un asunto “tabú”.

Ha denunciado su caso ante la Policía sin ningún resultado.»Mi única esperanza ya es la creación de un banco de ADN”, señala con escepticismo. Su sufrimiento se agrava aún más cuando relata una enfermedad “superextraña” que tiene su hijo de origen genético puesto que no puede dar detalles a los médicos. De su pasado real  sólo ha oído rumores de que pudo haber sido robada de la clínica Santa Catalina o de la de San Roque (las dos en Las Palmas). “Me he hecho pruebas de ADN con otra persona, y tampoco, nada. Ahora ya mi mente está más tranquila. Todas las puertas que abro se me cierran. Es una tomadura de pelo. Todo lo que tenía que mover ya lo me movido”, espeta con un elevado grado de frustración.

(*) Íñigo Corral es periodista.