Rajoy salió vivo del debate. Y coleando

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Rajoy saluda a Sánchez en presencia de uno de los moderadores, Pedro Piqueras, poco antes de que se iniciara el debate ‘a cuatro’. / Mariscal (Efe)

Dos corbatas, la de Mariano Rajoy y la de Pedro Sánchez, azul la del primero y roja la del segundo, auguraban un debate previsible: azules y rojos, derecha e izquierda. Pero nada más lejos de la realidad. Fue un debate ‘a cuatro’, en el que se guardaron las formas y las fobias, aunque pudieron entreverse las enemistades profundas y lo mucho que ellas pesan a la hora de permitir o no formar un gobierno.

La enemistad manifiesta entre Pablo Iglesias y el líder socialista, Pedro Sánchez, o la que se profesan mutuamente Rajoy y Albert Rivera, hacen prever un escenario muy complicado el día después de las elecciones. Con la ‘cera’ que Rivera dio a Rajoy, durante todo el debate, es difícil creer que pueda cuajar un acuerdo de gobierno que no pase por la petición de Ciudadanos de la cabeza de Rajoy. Y, pese a lo que esa estrategia escandaliza a las filas populares, ya cedieron una vez a esas pretensiones de los de Rivera en la Comunidad de La Rioja, digan lo que digan desde las filas populares.

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La enemistad manifiesta
entre Iglesias
y Sánchez, o la
que se profesan Rajoy y Rivera, hace prever un escenario muy complicado tras
las elecciones

Rivera decidió cambiar de estrategia con respecto al debate celebrado en diciembre. Fue menos didáctico, más agresivo y más directo. Y sus ataques a Rajoy y a Iglesias fueron la avanzadilla de la puesta en escena que parecía haber sido coordinada entre C’s y el PSOE, antiguos compañeros de acuerdo gubernamental fallido, para romper con la polarización (esta vez con el PP en un polo y Unidos Podemos en el contrario). Unidos, PSOE y Ciudadanos, pudieron.

Pedro Sánchez, por su parte, destinó toda su artillería a Rajoy y al PP, mientras que a Podemos le reprochó insistentemente que no apoyase su candidatura a presidente del gobierno y, por tanto, impidiese la creación de un pacto de cambio y de izquierdas. Estaba cantado: el reproche le iba a salir muy caro. Iglesias, como el luchador de judo, utilizó la fuerza de la embestida para hacer una contra a Sánchez y le espetó «No soy yo, no soy yo, Pedro… El adversario es Rajoy». Lo dijo en primera instancia con voz queda, pero fue subiendo el volumen hasta asegurarse de que los micrófonos recogían nítidamente el comentario.

No se apeó Iglesias del tono supuestamente conciliador, para algunos analistas, premeditadamente condescendiente, para otros, en lo que al PSOE se refiere. Buscó su rival en el PP y sus políticas, barajando cifras de Eurostat y otros organismos, para contestar al relato optimista del presidente del gobierno en funciones. Pero la «cara amable» desapareció cuando Rivera le espetó un reproche sobre la financiación de Unidos Podemos, la deuda de IU con los bancos y los pagos del gobierno de Venezuela a varios miembros de Podemos. «¡Es una acusación muy grave!», exclamaba, mientras Rivera, mucho más tranquilo, le decía «no te pongas nervioso, Pablo». Fue, probablemente, uno de los momentos de mayor tensión del debate.

Sánchez fue, probablemente,
el que mejor redondeó su mensaje en el ‘minuto de oro’

Mientras, Rajoy, el recién llegado a este formato de debate, se puso el traje de parlamentario y echó mano de su oratoria, especialmente en la parte económica, para tratar de transmitir solvencia, certidumbre y seguridad, frente a las propuestas de aquellos que no saben qué es gobernar, en clara alusión a Unidos Podemos. No fue especialmente duro con Iglesias y sí con Sánchez, dejando entrever, una vez más, que esas cuestiones «de piel» tienen su peso e importancia a la hora de establecer acuerdos y alianzas poselectorales.

Teniendo en cuenta que Rajoy es el menos telegénico de los cuatro contendientes, que sus tics juegan en su contra y que la posición en la que se vio con frecuencia de «tres contra uno» es difícil de gestionar, Rajoy salió vivo del debate. Y coleando. No tuvo su momento en el «minuto de oro», que jamás se le ha dado bien entrar en intimidades con la cámara, a diferencia de Pedro Sánchez, que no sólo lo aprovechó sino que fue, probablemente, el que mejor redondeó su mensaje en ese último tramo.

Buenos todos para su público y sin un ganador claro, todos fueron a sus respectivos cuarteles generales a recibir el aplauso de los suyos, de sus convencidos. Otra cosa será que, gracias a ese debate, celebrado 13 días antes de las elecciones, la gente se decante por una u otra opción. Con todo, fue un espectáculo entretenido, poco revelador, pero digno de ver.