Podemos, en el diván: el socialdemócrata radical se zampará al transversal moderado

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Errejón e Iglesias, durante el pasado Consejo Ciudadano Estatal de Podemos. / Ballesteros (Efe)

Con Podemos y sus caminos es muy fácil perderse. El debate es tan fluido y tan circular que si uno se despista y se entretiene más de la cuenta al ir a por el pan se encontrará con sorpresas: el que era transversal ahora es radical; la lógica izquierda-derecha, esa que había nacido con la Transición y que había muerto en las acampadas del 15M, ha resucitado como por ensalmo; la confluencia ya no es una rémora sino una necesidad; y los símbolos, esos con los que no se hacía política sino un gran caldo para que los cenizos de IU se cocieran en la perola, resulta que tienen memoria y el corazón antiguo.

La imagen recuerda al de un sendero recto atravesado cada cierto tiempo por otro lleno de meandros. Por el primero aparentemente va Errejón “seduciendo” al pueblo y por el otro Iglesias -que se acerca o se aleja según se le antoje a la curva- dando miedo a los poderosos. Como en el chiste de Gila, si hoy es lunes estamos en Grecia pero a saber a dónde nos llevará el martes el de la agencia de viajes. Las cosas no han ido a mayores porque se suceden las encrucijadas pero nadie puede asegurar que en algún momento se acaben las intersecciones y cada uno tome direcciones opuestas.

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Como suele ocurrir en Podemos, la discusión es de clase de Políticas y cuesta imaginar que en los bares la gente se enzarce a cuenta del tablero, el relato y los machos alfa, de los que sólo se han tenido referencias por los documentales de La 2. De hecho, si lo hicieran, tampoco sabrían a qué carta quedarse. Un día alguien brindaría por Laclau y todos estrecharían las copas, pero al siguiente surgiría la discrepancia y ya serían mayoría los que beberían a la salud de Gramsci. ¿Hay que superar la dicotomía izquierda-derecha o hay que construir una mayoría desde la izquierda? ¿Ocupamos el centro del dichoso tablero o nos escoramos? El dilema tiene a los más desfavorecidos de la sociedad en un sinvivir.

En general, se tiene la sensación de que el partido es una obra de laboratorio, cuya pócima va cambiando de sabor a medida que se suceden los ensayos en las probetas. Así, lo que fue un movimiento popular pasó a ser un partido, del que ahora se pretende que sea instrumento del movimiento popular que dejó de serlo cuando se hizo partido, dicho así en plan Groucho. Por aclararnos, se pasó de la calle a las instituciones porque tocaban elecciones y pasadas éstas -salvo que Susana Díaz lea a Gramsci y vea la luz al caerse del caballo- hay que volver a la calle y hasta convocar huelgas generales si la situación lo requiere, que lo requerirá. Ante las urnas hay que ser socialdemócratas y parecerse a la sociedad; y tras votar hay que cambiarla. Éste es el juego, pero sus instrucciones son más complicadas que el manual de una televisión moderna, por lo que sólo dos personas saben exactamente a qué están jugando.

A los que sólo le dan al parchís debe de parecerles que tras este debate de altura, que se dice que es transparente y lo es aunque en el fondo pocos sepan de qué demonios se está hablando, se esconde una encarnizada lucha por el poder, que es tan antigua como humana. Sólo se muestra abiertamente cuando el tacticismo deja paso a las vísceras, aunque sea por Twitter. Y si un día Errejón le enmienda la plana a Iglesias diciéndole que el reto es atraer a los que sufren pero aún no confían en Podemos, al siguiente es Iglesias el que le atiza por mediocre.

Entre tanto, las alianzas van cambiando a buen ritmo. Iglesias, que estaba con Errejón, ahora está con Anguita y con Monereo, a los que el devenir ha convertido en referentes; Echenique, que se colocó enfrente de Iglesias, se ha puesto a su lado; lo mismo pasa con los Anticapitalistas de Teresa Rodríguez; Tania Sánchez y Rita Maestre se han hecho errejonistas, o casi. Carolina Bescansa es pablista o errejonista en función si el mes lleva o no lleva erre, algo que no le ocurre a Monedero, que tiene a Errejón aborrecido. Y así.

La crisis del PSOE ha servido de discreto biombo a la disputa interna, que ha pasado de puntillas sobre la sangría de votos de las últimas elecciones, espinoso asunto felizmente resuelto con un informe clarificador que dejaba a salvo al líder: no hubo responsables. Acabáramos. Lo importante en este momento procedimental es saber si el cambio lo hace el pueblo con Iglesias de abanderado o si lo mejor es dejar que Errejón cuele una enmienda en el Congreso.

Entre tanto, es de suponer que a los cinco millones de votantes les interesará saber si, en el enésimo giro de su líder, Podemos retomará su idea de renta básica universal, la auditoría ciudadana de la deuda, que iba para quita y se quedó en reestructuración, el proceso constituyente o la jubilación a los 60 años, por citar sólo algunos ejemplos. Salvo sorpresas, tendrán que esperar hasta que el radical devore al moderado, que así es como parece estar escrito en el guión y Podemos acabe de psicoanalizarse.