Hoy toca odiar a Guillermo Zapata

Guillermo Zapata, en una imagen de archivo. / Efe
Guillermo Zapata, en una imagen de archivo. / Efe

El juicio al concejal de Ahora Madrid Guillermo Zapata, por escribir en 2011 un tuit en el que reprodujo un chiste de mal gusto sobre la víctima de ETA Irene Villa y las tres niñas asesinadas en la localidad valenciana de Alcàsser en 1992, es el claro ejemplo de que ni siquiera los propios jueces se ponen de acuerdo en dónde se encuentra el límite que separa la libertad de expresión de la comisión de un delito.

El 31 de enero de 2011, cuatro años antes de ser elegido concejal en la lista encabezada por Manuela Carmena, Guillermo Zapata se enfrascó en un debate en Twitter sobre el humor negro y los límites de la libertad de expresión en el que los usuarios de la red compitieron por escribir el comentario más macabro que les venía a la cabeza. El suyo fue: “’Han tenido que cerrar el cementerio de las niñas de Alcàsser para que no vaya Irene Villa a por repuestos’”. Lo acompañó de otros, como éste sobre el Holocausto: «¿Cómo meterías a cinco millones de judíos en un 600? En el cenicero».

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Nada extraño en estos tiempos en los que el humor negro e insultar en las redes sociales desde perfiles, habitualmente anónimos, se ha convertido en una práctica tan cotidiana que es raro el día en el que alguien no pregunta en Twitter: “¿qué se odia hoy?”. Siguiendo otra práctica recurrente en estos días de furia virtual, los arqueólogos de tuits rebuscaron en el perfil personal del concejal el día en el que tomó posesión de su cargo, rescataron como un tesoro los vestigios de su mal gusto pasado y arrastraron a los grupos de la oposición en el Ayuntamiento a solicitar su dimisión.

El asunto tomó tal dimensión que el Ministerio del Interior lo trasladó a la Fiscalía de la Audiencia Nacional, que apoyó la admisión a trámite de una querella por un delito de humillación a las víctimas del terrorismo presentada por la asociación Dignidad y Justicia. La causa recayó en el magistrado progresista Santiago Pedraz, que la archivó sin siquiera tomar declaración a Zapata y tras recibir un escrito de la propia Irene Villa en el que señalaba que no se sentía humillada por ese tipo de chistes, que por otra parte lleva años escuchando.

Tres veces archivó Pedraz el procedimiento y tres veces lo reabrió un tribunal de la Sección Segunda de la Sala de lo Penal formado por Concepción Espejel y Enrique López, los jueces recusados en cinco causas relacionadas con el caso Gürtel por su supuesta proximidad al PP, con el voto particular discrepante de otro juez progresista, José Ricardo de Prada.

A Pedraz en 2012 le llamó “pijo ácrata” el portavoz parlamentario del PP, Rafael Hernando, por no haber actuado contra una de las primeras iniciativas de la plataforma Rodea el Congreso y destacar en un auto “la decadencia” que, a su juicio, estaba sufriendo “la clase política”. La tesis del juez es que los chistes de Zapata pueden enmarcarse en el denominado “humor negro” y que, aunque estas expresiones causen “perplejidad o indignación” en los ciudadanos, el legislador no ha considerado que eso pueda merecer un reproche penal. «Basta acudir a un buscador de internet y encontrar miles de chistes idénticos”, señaló en un auto.

López, al que el PP aupó como portavoz del Consejo General del Poder Judicial y magistrado del Tribunal Constitucional, defiende, sin embargo, que los comentarios de Zapata no sólo afectan al «honor individual de una víctima en concreto» sino a «la dignidad de las víctimas del terrorismo y sus familiares como colectivo». “La manifiesta trivialización del terrorismo”, en su opinión, excede de lo que es “un mero ejercicio del humor negro».

Serán tres jueces de la Sección Tercera de la Sala de lo Penal, presidida por el siempre imprevisible Alfonso Guevara, los que tendrán que determinar si el tuit de Zapata entraña “descrédito, menosprecio o humillación” a las víctimas del terrorismo y sus familiares, como recoge el tipo penal que se le imputa, o si se quedó, a este lado del límite del delito, en un chiste de dudosa gracia.

Hace unos meses el periodista Quique Peinado relató cómo una broma en Twitter sobre su propia familia, a la que calificó de forma socarrona como los “Kennedy del cáncer”, se convirtió en noticia en varios medios digitales. “Me van a denunciar mi madre y el fiscal. Si ese chiste lo hubiera hecho sobre otra familia, lo habría hecho con la misma intención de ofender: ninguna. Pero si lo dices de ti, cuela”, señaló al comprobar el reflejo que había tenido su comentario. Y remató su tesis afirmando: “Los límites del humor son como los culos: todos tenemos uno”.

(*) Alfonso Pérez Medina es periodista.