LUIS DÍEZ | Publicado: - Actualizado: 11/1/2017 09:11

Mariano Rajoy jura su cargo de presidente del Gobierno ante el Rey el pasado 31 de octubre. / Efe

El año que termina se archivará en el recuerdo como el de la frustración de un gobierno de cambio progresista en España. Los dirigentes de Ciudadanos, PSOE, IU, Podemos y sus confluencias lo tuvieron al alcance de la mano, pero no consiguieron ponerse de acuerdo. En cambio, el presidente del PP y candidato a sucederse a sí mismo, Mariano Rajoy, ofreció algo imposible, la gran coalición PP-C’S-PSOE, y consiguió salir victorioso del lance tras la repetición de las elecciones. Y algo más consiguió en términos de duración: que el PSOE echara a su secretario general, Pedro Sánchez, y se partiera en dos mitades. Así pues, los 365 días que la Tierra ha tardado en completar una vuelta más alrededor del Sol se pueden considerar el año de la frustración del cambio y el triunfo de don Tancredo con su política de ajuste duro.

El PP salió maltrecho de las elecciones generales del 20 de diciembre. Su mayoría absoluta, con 186 escaños, quedó reducida a 123. La misma noche electoral, Rajoy observó la sombra de la ingobernabilidad y comentó al día siguiente a algunos correligionarios que convenía repetir las elecciones si los dirigentes de C’s, Albert Rivera, y del PSOE, Pedro Sánchez, rechazaban su oferta de formar una “gran coalición” a la alemana. De antemano sabía que los socialistas no entrarían por el aro. Todavía resonaban en los tímpanos de sus cinco millones y medio de electores las acusaciones directas de Sánchez a Rajoy por la corrupción, las cajas B, la ocupación de las instituciones y la carga de todo el peso de la crisis sobre las clases medias trabajadoras como para entregarle los votos de sus 90 diputados.

Las elecciones marcaron el punto final del “bipartidismo imperfecto” y campante en España desde la restauración democrática en 1977 y un pacto con el PP en aquellos momentos, tal como proponía Rajoy, suponía dejar todo el campo libre a Podemos y sus aliados para ejercer la oposición. La formación morada, con Pablo Iglesias al frente, se convirtió de hecho en la gran amenaza para el PSOE y, por supuesto, para la derecha. Las encuestas les ningunearon y algunas llegaron a colocar por delante a C’s. Fallaron más que una escopeta de feria. Podemos y las confluencias consiguieron cinco millones de votos y se colocaron como tercera fuerza política en el Congreso con 69 diputados. C’s, la otra fuerza emergente, obtuvo tres millones de votos y 40 escaños.

Pero la tozuda aritmética no admitía deformaciones y los resultados de C’s resultaban insuficientes para que el PP pudiera gobernar y tampoco al PSOE, que bajó de 110 a 90 diputados, le valía sin Podemos y sus socios catalanes, gallegos y valencianos. IU, con un millón de votos sólo sacó dos diputados. La formación de Alberto Garzón fue la más perjudicada por los efectos de la injusta Ley D’Hont que tanto daño ha provocado. Con este complicado panorama, Rajoy, que legalmente tenía que tomar la iniciativa para formar gobierno al haber obtenido la minoría mayoritaria le dijo al rey Felipe VI que no le encargara esa labor, pues carecía de aliados. Y ordenó a los suyos: “Todos quietos, parados, que la cosa va para largo”.

No se equivocó. El rey encargó entonces al socialista Sánchez que lo intentara. Y lo intentó, pero pactando únicamente con Rivera, lo que era matemáticamente insuficiente por más que las bases socialistas ratificaran el pacto en referendo. Los socialistas esperaban un giro de última hora de Podemos y que Iglesias y los suyos respaldaran la investidura de Sánchez con la promesa de incluir independientes en el futuro Gobierno. Pero las bases de Podemos también ratificaron en referendo el rechazo al pacto y el voto contrario a Sánchez.

De la investidura fallida de Sánchez se derivó una cadena de reproches entre el PSOE y Podemos que jalonó la campaña ante las nuevas elecciones del 25 de junio. Rajoy, con su inmovilismo o tancredismo había conseguido su objetivo: seguir gobernando en funciones y que se repitiesen las elecciones. Y algo más consiguió: que los resultados fueran mejores para el PP y peores para sus adversarios. Sólo Podemos, que se transformó en Unidos Podemos (UP) tras su coalición electoral con IU, quedó igual. La supuesta suma del millón de votos de IU para adelantar al PSOE (el “sorpasso”) no se verificó en las urnas.

Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, junto al coordinador federal de IU, Alberto Garzón y otros dirigentes de ambos partidos durante la valoración de los resultados la noche del 26J. / Efe

El PP pasó de 123 a 137 escaños al haber conseguido 600.000 votos más (7,8 millones de papeletas), el PSOE bajó de 90 a 85 escaños (5,4 millones de votos), C’s perdió ocho de los 40 diputados y UP consiguió 72. Con los nuevos resultados se esfumó la mayoría absoluta para un gobierno de cambio progresista y los primeros compases demostraron la capacidad del PP y C’s de atraer a los nacionalistas vascos y catalanes del PNV y el PDECat a la causa conservadora, aunque sólo fuese para colocar a la exministra y amiga personal de Rajoy desde hace muchos años, Ana Pastor Julián, como presidenta del Congreso en sustitución del socialista Patxi López. El nuevo escenario favorecía netamente a Rajoy. Su gesto adusto, avinagrado, quedó atrás. El gobernante incapaz de pactar con nadie que no fuera obispo o banquero se colocó un letrero en la frente que decía: “Hombre dialogante”. Insistió en la “gran coalición” y los socialistas ratificaron su “no es no”, pero C’s aceptó el pacto de investidura. Con todo, fracasó en su primer intento.

El secretario general del PSOE, Sánchez, anunció entonces una rueda de contactos para presentar su opción. Con independencia de que no consiguió apoyos explícitos para una investidura que dependía del respaldo de UP y de los nacionalistas vascos y catalanes, así como de la abstención de C’s, su margen de maniobra había sido reducido al mínimo por el Comité Federal de su partido desde las anteriores elecciones del 20D. “Ese fue mi gran error”, reconocería después. Él mismo aceptó la trampa de elefante en la que cayó: aquella resolución pactada con los barones regionales y aprobada el 28 de diciembre de 2015 (día de los Santos Inocentes) que le impedía negociar con Podemos si no renunciaba al referendo de autodeterminación de Cataluña y sentarse a hablar siquiera con los nacionalistas catalanes.

Así las cosas, Rajoy esperó a que pasaran las elecciones autonómicas en Galicia y en Euskadi para volver a intentarlo. En Galicia, el PP barrió. En el País Vasco, el PNV mejoró su resultado. En ambas comunidades, Podemos se colocó por delante del PSOE con una distancia muy apreciable en el País Vasco, donde había sido primera fuerza política en las generales del 25 de junio. El batacazo de los socialistas puso de relieve el poco tirón electoral de Sánchez, ya demostrado en las dos elecciones generales anteriores y avivó la inquietud y la ambición de los barones. La crisis larvada desde el 20D, cuando la presidenta andaluza Susana Díaz abogó por mantenerse en la oposición “porque con 90 diputados no se puede gobernar” y Sánchez se llamó Andanas y además no dimitió tras su segundo fracaso, estalló con el esplendor de sus miserias.

Pedro Sánchez anuncia su dimisión a la prensa en pasado 1 de octubre en la sede del PSOE. / Efe

Un Sánchez mal asesorado y peor informado de la situación interna por su secretario de organización, César Luena, despreció la amenaza cierta de Rajoy de ir a nuevas elecciones si los socialistas no facilitaban la gobernabilidad con su abstención y prosiguió la fuga hacia adelante para asegurarse el liderazgo del partido y someter a los barones. Con ese fin anunció las elecciones primarias y puso fecha al congreso pendiente desde febrero. Pero los barones reaccionaron forzando a sus fieles a abandonar la Ejecutiva, lo que le obligaba a dimitir como secretario general, algo que finalmente ocurrió en el tormentoso Comité Federal del 1 de octubre después de una votación por llamamiento que perdió por 25 votos. La crisis del PSOE quedó inaugurada.

Aunque Sánchez y su equipo habían mantenido el “no” a Rajoy y esperaban que los 137 diputados del PP, más los 32 de C’s, uno de Coalición Canaria (CC) y 5 del PNV sumaran los 175 votos necesarios para investir a Rajoy –estaban dispuestos a posponer la toma de posesión de Cipriá Ciscar como diputado en sustitución de una colega y manejaban también la abstención del diputado de Nueva Canaria que iba en sus listas– tres semanas después, la nueva reunión del Comité Federal, convocada por el presidente de la Comisión Gestora y presidente de Asturias, Javier Fernández, decidió votar abstención y facilitar la investidura de Rajoy.

A la izquierda del PSOE, las disensiones internas en Podemos estallaron con todo su esplendor. Iglesias cesó al secretario de organización, que era de la confianza del secretario de acción política, Iñigo Errejón y, a partir de ahí, se desencadenó el enfrentamiento entre los partidarios de uno y otro dirigente. Los llamados “anticapitalistas” se colocaron inequívocamente del lado de Iglesias, pero la división profunda de la organización ha quedado de manifiesto en varias votaciones y se ha acentuado con la sorprendente destitución del portavoz en el Parlamento autonómico de Madrid.

Con el PSOE y Podemos sumidos en una batalla interna de las que hacen época y C’s a la baja y en busca de definición con un debate menos cruento entre liberales y socialdemócratas, Rajoy fue finalmente investido el 30 de octubre con menos votos en contra de los que nunca tuvieron sus antecesores, incluido Leopoldo Calvo-Sotelo después de la intentona golpista del 23F. Eso no quita para que tenga que ceder a las demandas de los socialistas, siempre apoyadas por Unidos Podemos, para recuperar derechos sociales laminados durante los años de ajuste duro, recortes sociales y precarización del estado del “medio estar”, que diría Gaspar Llamazares.

Hace casi un siglo visitó España por primera vez un periodista que se llamaba Ernest Hemingway. Vio una corrida de toros y se quedó impresionado porque había un tipo completamente pintado de cal blanca que se colocaba en el centro del ruedo cuando la fiera salía con toda su fuerza y bravura. El tipo no movía un párpado, un dedo, nada. El toro le pasaba rozando. La gente gritaba de miedo. A veces, el toro se acercaba, le miraba, le olía, pero no le corneaba. La cal era la clave. Don Tancredo ganaba tanto dinero que pronto aparecieron más y más ‘don tancredos’, hasta que las autoridades descubrieron que algunos eran mujeres y los prohibieron. Entonces Hemingway, que reportaba para el Toronto News, escribió una crónica: “Don Tancredo ha muerto”. Pues no. El inmovilismo sigue siendo un arte, la paciencia una virtud y ya lo dijo Guerra, el que se mueve no sale en la foto. La política lo ha confirmado en 2016.

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