ETA que estás en los zulos

Imagen de Bayona, esta mañana, donde representantes de la «sociedad civil» vascofrancesa implicados en el desarme de ETA celebran una jornada de actos para respaldar la entrega de las armas de la organización terrorista. / Javier Etxezarreta (Efe)

A ETA siempre le ha gustado madrugar. Las bombas estallaban temprano, las calles se ensagrentaban temprano, las víctimas tiroteadas florecían en los bosques al amanecer. La tarde del viernes Le Monde anunciaba el desarme. La madrugada del viernes la BBC difundió un comunicado de la banda en que se definía como «organización desarmada». Ram Mannikkalingam, en nombre de la Comisión Internacional de Verificación, facilitó a primera hora de la mañana a la policía francesa la localización exacta de ocho depósitos de armas con más de tres toneladas de explosivos, centenares de subfusiles y pistolas, y miles de detonadores. Es el punto y final de una historia de violencia que comenzó en 1958, con la fundación de Euskadi Ta Askatasuna, un grupo político-militar cuyo símbolo era una serpiente enroscada a un hacha.

Tras más de cinco años sin un atentado y sin una sola acción armada ha llegado por fin el desarme, el único paso lógico en el llamado «proceso de paz». Que ha sido, más que un diálogo, un diálogo de sordos, y más que un proceso, una descomposición. El día ha llegado al fin, el día tan esperado después de tantos preliminares y tantas negociaciones fallidas. Queda, por supuesto, mucha tela que cortar, mucho camino que recorrer, muchos hilos pendientes, empezando con la situación de los presos etarras, pero con esta jugada obligada en una partida de ajedrez que tenían perdida desde mucho tiempo atrás, ETA le ha cedido el turno de mover al gobierno. Sin embargo, sabemos de sobra que Rajoy no es un ajedrecista consumado, ni siquiera un jugador de petanca: su estrategia se limita a contemplar cómo las cosas se caen por su peso. Desde luego, no es la ley de la gravedad la que ha vencido a ETA.

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La AVT, la Asociación de Víctimas del Terrorismo, a través de su presidente, Alfonso Sánchez, ha calificado esta escenificación de Bayona como «un esperpento», «un lavado de cara» y un acto de «propaganda política». De lo primero no cabe duda alguna: hace mucho tiempo que ETA, a pesar de sus últimos y coletazos mortales, sólo era una caricatura de sí misma. Por ejemplo, cuando la policía española trincó a Jon Rosales y Arustegui en Gerona gracias a unas fotos que habían colgado en su perfil de facebook ataviados con una camiseta de la selección española de fútbol.

El lavado de cara parece más difícil, porque la sangre de más de 3.500 atentados, algunos tan sanguinarios como el del Hipercor de Barcelona, no se va a limpiar con este paripé de la entrega de armas. Son muchas décadas de terror, de extorsión, más de ochocientos muertos, docenas de miles de vascos desplazados, ancianos tiroteados en la nuca en el portal de su casa, niños con las piernas arrancadas por la explosión de una bomba. Puede que llegue mal, puede que llegue tarde, puede que, como ha advertido la propia ETA, falten por entregar armas que permanecen fuera de su control. Pero quizá no había otra manera de decir basta.