El O.K. Corral más popular

  • Dos imágenes que definen los nuevos tiempos: todos los caminos llevan a Santiago

El Partido Popular le ha dado la bienvenida al espíritu (partidario) de la época (post 15-M) en las últimas semanas después del Marianato. Siguiendo los pasos de Podemos, PSOE y Ciudadanos se ha visto inmerso en su particular proceso de selección del liderazgo a través de “primarias” y sometido a los ritmos y las normas de la espectacularización de la política en plena faena de reconstrucción del partido. Otra vez con Galicia en el centro, otra vez la historia vuelve a rimar.

La importancia histórica de Galicia para el partido de los populares es difícilmente exagerable. Su fundador, Manuel Fraga Iribarne, fue un gallego procedente del franquismo capaz de articular a diferentes derechas regionalistas con el fin de alzarse con la hegemonía del espacio político de la derecha en la España postconstitucional. Finalmente, su partido se convertiría en la alternativa de la derecha al PSOE con el contrafuerte gallego y sus mayorías absolutas desde 1989.

Tras el protagonismo absoluto de Rajoy durante los últimos años, parecía que todo volvía a estar atado y bien atado para que, sin dedazo mediante, otro gallego, Alberto Núñez Feijóo, se hiciera con la Presidencia Nacional del Partido Popular. Era el favorito del presidente, entre otras cosas, por ser el único que puede aún presumir de una mayoría absoluta indiscutible en su territorio y con capacidad de evitar un enfrentamiento fratricida de la formación entre Santamaría y Cospedal. Sin embargo, esas expectativas se frustraron el pasado lunes. Nuestra primera imagen: en el hotel Palacio del Carmen de Santiago, que ya escogió para presentarse como futuro presidente de la Xunta y rodeado de los suyos, el propio Feijóo entre lágrimas y con un discurso entrecortado renunciaba a dar el salto a la capital del Reino.

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Apeló a su “compromiso con los gallegos”, hizo referencia a su “coherencia” frente a los líderes del resto de partidos y sobre todo insistió en que seguirá haciendo política nacional “desde Galicia”. Ni la imprevisibilidad de la consistencia de un partido abrasado por la corrupción, ni el posible retorno de la historia con su viejo amigo, el narcotraficante Marcial Dorado, parecen haberle animado a dar el paso de suceder a Rajoy, cuando todo – menos la ex vicepresidenta - conspiraba para ello. Cifuentes ya fue suficiente señal para Feijóo.

La segunda imagen es del propio Rajoy, volviendo al que fue su puesto de trabajo hace más de 35 años como registrador de la propiedad en Santa Pola. Todavía acompañado por la resaca mediática deja la política como actividad privada muy tranquilo y sin ningún mensaje para los postulantes a sucederle. Este hecho ha pasado velozmente a formar parte del paisaje en un país, en el que la crisis política y de representación se agudizó hace pocos años hasta puntos inimaginables antes, en buena medida por la costumbre y la alta frecuencia de las puertas giratorias y la percepción extendida de una clase política privilegiada, ensimismada y alejada de cualquier test público de mérito y capacidad. Rajoy se va en paz, deja un partido en guerra.

Génova 13 contra el Estado: de momento, todos contra Soraya

Los nuevos tiempos del PP han eclosionado en una apariencia democrática y una pluralidad inusitadas: hasta 7 potenciales candidaturas para optar a la Presidencia del Partido (Santamaría, Cospedal, Casado, Margallo, García Hernández, Bayo y Cabanes) y la elección en doble vuelta (la primera de “afiliados” y la segunda de “compromisarios, elegidos por los primeros). Soraya Sáenz de Santamaría, abogada del Estado y ex vicepresidenta de Rajoy, destaca por su inteligencia y su perfil tecnocrático, y es la favorita de la mayoría de los sondeos y también del establishment económico y mediático español para recomponer un partido de centro derecha comprometido con Bruselas y con capacidad de llegar a acuerdos con el PSOE llegado el momento oportuno.

Frente a ella, se alza Cospedal, la actual Secretaria General, más vinculada a la etapa de corrupción del partido y al propio partido como estructura. No es casualidad, por lo tanto, que el traje esté hecho más bien a su medida. La segunda vuelta podría no llegar a producirse, si se cumpliesen tres condiciones: 1) la obtención de más del 50% de los votos, 2) una diferencia del primer candidato sobre el segundo de 15 puntos y 3) ser mayoritario en al menos la mitad de las circunscripciones.

La rigidez de éstas perjudica seriamente las posibilidades de éxito de un candidato solo favorito para los afiliados (potencialmente, los 800.000 miembros del PP, pero realmente muchos menos que tendrán que ponerse al día con las cuotas). Además, el hecho de que haya hasta siete candidatos y la consiguiente dispersión del voto hacen prácticamente imposible que no se llegue a la segunda vuelta y que, por lo tanto, el aparato tenga una capacidad predominante, aunque sea bajo la forma de imposición acuerdos.

A pesar del escándalo de Cifuentes y su máster en la Universidad Rey Juan Carlos y su secuela de las convalidaciones, Pablo Casado se presenta al proceso, siendo competitivo por sus importantes apoyos internos, su juventud y su perfil político más duro en la estela de un Aznar o una Esperanza Aguirre. Un Partido Popular, dirigido por Casado, podría volver a presentarse como un candidato muy competitivo por la derecha para Ciudadanos, cortando el paso a VOX y alejado de la mayor etapa de corrupción del partido.

Así las cosas es probable que todas las fuerzas se coaliguen contra la ex vicepresidenta - incluidos los territorios no alineados (como la Galicia de Feijóo) - a menos que su resultado en primera vuelta sea tan inapelable que no le quede otra opción a una parte de Génova 13 que pactar con ella con el objetivo de sobrevivir.

¿Qué Partido Popular para qué España?

Como decíamos al principio, el PP de Fraga fue el resultado de una operación exitosa para transformar la vieja Alianza Popular, demasiado conectada con el pasado y nostálgica del franquismo, en un partido de centro derecha que pudiera gobernar dentro de la Constitución del 78, alternándose con el PSOE. Hasta antes de ayer, el Partido Popular se había convertido en el más arduo defensor de la letra de la Constitución hasta el punto de desvirtuarla y hacer inviable su continuidad en el futuro.

Con el surgimiento de Ciudadanos como una derecha de nuevo tipo, más moderna, sin vínculos con la corrupción y con un centralismo homogeneizador sin los límites de la acción de gobierno está viendo disputada su hegemonía en la derecha española. Su corrupción sistémica les ha llevado al aislamiento parlamentario hasta el punto de haber servido en bandeja el gobierno a Sánchez por haber perdido la comunicación con el PdeCat y el apoyo del PNV.

En este sentido, hoy no está tan claro su papel. De hecho, en función de cómo se resuelva la guerra dentro del partido veremos cómo se desarrolla la pugna por la hegemonía en el ámbito de la derecha. Si estamos ante un nueva fase de “competición virtuosa” o de una “competición fratricida” en esa zona del espectro ideológico y si una opción de corte más tecnocrático, que busque grandes acuerdos de Estado, deja más margen para la extrema derecha. O incluso, como han sugerido diferentes voces en los últimos tiempos, se puede caminar hacia una reconfiguración de la derecha, que desemboque en una nueva y más amplia formación política.

También veremos si cambia mucho una España en la que el último de los cuatro grandes partidos se ha sumado ya a tener una apariencia democrática. Si sigue abierta la crisis política y de representación de las élites en este nuevo contexto, quizás sería hora de que alguien pensase en la relevancia (transformadora) de convertir a los partidos políticos en lugares donde la democracia tiene necesariamente que entrar. Para ser verdaderos instrumentos de la ciudadanía más difíciles de cooptar por intereses ajenos a sus electores (ya sean económicos o políticos) el desarrollo del mandato constitucional, recogido en el artículo 6, se hace imprescindible.

El Partido Popular pone el listón muy bajo y nos recuerda una tarea urgente y pendiente de la democracia española y, particularmente, de las fuerzas progresistas: si la Transición y su bipartidismo imperfecto se completó en buena medida con el beneplácito pasivo de los españoles, esta época de cambios solo podrá desarrollarse en clave progresista con un mayor protagonismo y participación de la ciudadanía.