Soraya y Pablo llegan al Congreso con el síndrome de Romanones

“No basta con hablar con los líderes de los territorios” –asegura un miembro de la candidatura de Soraya Saénz de Santamaría- “hay que ir compromisario a compromisario”. Lo mismo piensan en la candidatura de Pablo Casado. Oficialmente, ambas candidaturas se consideran vencedoras y cuentan con no menos de un 60% al 65% de los apoyos del los más de 3000 compromisarios que acudirán al Congreso del PP, pero en privado, admiten sus temores: hay un porcentaje elevado de compromisarios que no les inspiran confianza, porque creen que, del mismo modo que les han prometido el voto a unos, lo han prometido a los otros, y no se fían de sus promesas ni saben qué papeleta depositarán el próximo sábado en la urna. El hecho de que los barones se pronuncien arrastra votos, pero no garantiza ni de lejos el total de los mismos. Eso lo saben y de ahí sus temores.

Los de Soraya Sáenz de Santamaría afloran cuando se reivindica como la candidata más votada frente al segundo, para decir que no sería la voluntad de la militancia el hecho de que no fuese ella la elegida. Desde la candidatura de Pablo Casado le recuerdan que fue voluntad del PP hacer este modelo de votación y estas pseudoprimarias a dos vueltas y que ella misma votó este sistema y tuvo ocasión de manifestarse en contra, en el último Congreso del PP, y no lo hizo. Guerra de declaraciones, guerra de vídeos y ayer guerra de almuerzos: Casado reunía a 7 ex ministros (José Manuel García Margallo, José Manuel Soria, María Dolores de Cospedal, Rafael Catalá, Isabel García Tejerina, Juan Ignacio Zoido y Dolors Montserrat) que dijeron no tener nada contra su oponente, Soraya Sáenz de Santamaría, pero que son, en su mayoría, reconocidos antisorayistas. Además, hicieron saber que en ese almuerzo no estaban por causas de fuerza mayor Miguel Arias Cañete o Luis de Guindos, entre otros, pero que son también partidarios de Casado. Más allá de la foto, salió un manifiesto firmado por los presentes en el que expresan su apoyo a Casado. Soraya Sáenz de Santamaría reunía, por su parte, a otros cinco exministros (Alfonso Alonso, Álvaro Nadal, Fátima Báñez, Íñigo De la Serna y Javier Arenas) alrededor de una mesa de trabajo en la sede de Génova, con unas pizzas servidas a domicilio. El resultado es un 7-5 para Casado, pero ¿qué repercusión tienen estas imágenes en la votación del sábado? Poca o ninguna. Esa guerra de fotos no tiene más valor que el de dar moral a la tropa, que a estas alturas, ya tiene bastante claro su voto; otra cosa es que lo desvele o que, de hacerlo, esté diciendo la verdad.

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Ambos candidatos tienen el síndrome del Conde de Romanones, quien fue propuesto a la Real Academia y decidió recabar personalmente los votos, uno a uno. Con la promesa de todo el cuerpo electoral de que tenía garantizado su voto, recibió con sorpresa la noticia de su derrota y preguntó a su secretario y portador de la mala noticia cuántos votos había obtenido. Cuando oyó a su secretario decir “ninguno, excelencia”, no pudo evitar pronunciar la famosa expresión “¡Joder, qué tropa!”

Los populares se dieron unas normas y algunos de sus dirigentes se comprometieron a ser neutrales. Pero la neutralidad no existe en estos días en el PP y sí los movimientos discretos o las llamadas, como las protagonizadas por Mariano Rajoy, pidiendo a algunos de sus ex ministros que no se posicionaran a favor de Pablo Casado, como han hecho finalmente, o la neutralidad proclamada por el presidente de la Xunta de Galicia y líder de una de las delegaciones más numerosas del PP, Alberto Núñez Feijóo​, que no se manifiesta a favor de ningún candidato, pero sí se confiesa con sus dirigentes provinciales y locales, que han entendido todos que su candidato es Pablo Casado.

A estas alturas, diga lo que diga Feijóo, que asegura que decidirá su voto en el último minuto, los votos están decididos y la campaña ya no da mucho más de sí: los populares y concretamente Sáenz de Santamaría y Casado han hecho todo aquello que criticaron a otros partidos que celebraron previamente sus primarias y se han lanzado con entusiasmo a hacer aquello que tanta risa les provocó antaño, cuando eran otros los aspirantes. Pero a uno de los dos contendientes se le helará la sonrisa el sábado, porque la unidad que ofrecía la una no la quiere el otro y la que ofrece el otro resulta demasiado humillante para la una.