Leyenda negra de la España rural

  • Hoy en el espacio rural profundo hay más viviendas y mejor acondicionadas para vivir
  • De más de 18.000 núcleos de población que hay en el país, en solo 120 se concentra más de la mitad de la población española

La opinión pública más extendida sobre el espacio rural se fundamenta en un mundo que ya no existe. Nadie sabe qué quieren decir en concreto los que dicen que hay que repoblar los pueblos. Hay que fijar población, se propone, pero no se concreta con quiénes ni para hacer qué.

¿Qué dicen los expertos? La España vacía. Viaje por un país que nunca fue, de Sergio del Molino, es un libro en el que se esculpe una imagen del mundo rural que sintetiza lo que dice hoy la sabiduría convencional sobre los pueblos. En síntesis: cementerios. De hecho, miles de pueblos que aún se empeñan en seguir en pie ya deberían estar cerrados, “abandonados”, según la opinión dominante.

Para Del Molino, el origen de lo que él llama el “Gran Trauma” estaría en un éxodo masivo forzado por Franco. El éxodo rural habría sido provocado por la dictadura, y no se trataría de un paso inevitable hacia una sociedad industrial moderna, como se estudia en las enseñanzas básicas. Este es el libro que, publicado en 2016, ha servido de inspiración a multitud de artículos y editoriales de periódico, y representa la imagen tópica del espacio rural mayoritariamente aceptada.

Publicidad

¿Qué dicen los datos, y los geógrafos, casi siempre mudos? Que los pueblos no desaparecen, que, como señala un grupo de la universidad de Valladolid, “se ha mantenido el número de entidades y hasta ha crecido el número de viviendas”. Es decir, que los que fueron dados por muertos aún respiran.

¿Dónde se localiza el equívoco? Simple: los pueblos de los que se habla no existen. Son fantasmas del pasado, muy rentables como material literario, pero terreno movedizo para construir una política rural. Lo que dicen los pocos geógrafos que se han dedicado a estudiar el tema es que hoy en el espacio rural profundo hay más viviendas y mejor acondicionadas para vivir; que la mayor parte de los ingresos por IBI y otros impuestos municipales proceden de habitantes no permanentes; que, si cuentas a todos, incluidos los que el censo de 2001 clasifica como “población vinculada”, hay más habitantes. Todo eso existe y está documentado. Residen durante pocos días, se suele advertir. Cierto, pero sin ellos muchos núcleos rurales ya habrían cerrado. ¿O no?

Todo el proceso de concentración de la población española que comenzó con el éxodo rural, en España como en todo el mundo, ha provocado una realidad geográfica nueva. De más de 18.000 núcleos de población que hay en el país, en solo 120 se concentra más de la mitad de la población española. En esta nueva realidad geográfica, ciudades y pueblos son hoy espacios conectados e interdependientes. Quedan lejos aquellos muros de separación que refleja la anécdota en la que Unamuno exclama “¡Cuidado Baroja, el campo!”, cuando, entretenidos por la conversación, llegan a los límites de Madrid. Hoy, el futuro de los pueblos está en las ciudades.

Lo que dicen los datos es que en Castilla y León, por ejemplo, los pequeños núcleos de menos de 1.000 habitantes multiplican su población por dos y por tres en verano, que son estos nuevos pobladores los que están salvando los pueblos de la muerte tantas veces anunciada. Que las pescaderías, las carnicerías, las panaderías, los servicios municipales, las actividades asociadas a la construcción y tantas otras, sobreviven gracias a esa población que va y viene. Cuando esta población flotante de “hijos del pueblo” muera, ¿la España vacía dejará de respirar? Se verá, pero de momento este verano las piscinas municipales de mi pueblo estaban más llenas de niños que nunca. Mejor si vinieran más fines de semana, sí, pero eso depende de políticas rurales.

El problema está en otra parte. Los responsables de las políticas rurales en España siguen confundiendo lo rural con lo agrario. La PAC, los fondos denominados de “desarrollo rural”, los informes del Consejo Económico y Social, y hasta los “Coloquios de Geografía Rural”, siguen erre que erre, sin remedio, identificando la actividad agraria con el sostén demográfico de los núcleos rurales. Pero no será la PAC, mucha o poca, la que salve a los pueblos, ni un ministro especializado en usar la calculadora en Bruselas y punto.

Además, el problema de la agricultura y la ganadería no es de subvenciones, es de precios. Simplificando: cada euro de la PAC destinado a la producción agraria termina en la cuenta de beneficios de los Carrefour y Mercadona gracias a un reparto en la cadena de valor agrario en el que la distribución se lo lleva todo. Los pueblos son solo la coartada. Los románticos de un mundo rural que no existe y los ministros que no se enteran, o sí, les hacen el juego.

Quienes están salvando los pueblos de esa muerte anunciada no están en nómina en los ministerios de agricultura, pesca y alimentación. Una pequeña panadería bien gestionada en un pueblo genera más empleo que la labranza de seis mil hectáreas de secano. Salvo que alguien tenga otras alternativas contrastables, la opción de millones de españoles urbanos vinculados a los pueblos es lo que permite un futuro medible en empleo, inversiones, recursos municipales y apertura de negocios.

Además de médicos, carreteras, maestros, incentivos fiscales y otras urgencias imprescindibles para una política de desarrollo rural viable, no hay nada que hacer sin una estrategia territorial, sin tópicos, sobre el futuro de los pueblos. Las reivindicaciones de AVE y autovías, modelo “Teruel existe”, están bien, pero no irán muy lejos sin una política rural que incentive la función de espacio de ocio para millones de habitantes hacinados en las grandes ciudades como masa crítica previa para mantener los pueblos en pie. Las políticas rurales deberían reorientarse para incentivar lo que ha demostrado que da resultados.

Un ejemplo. Hace más por la supervivencia de un pequeño núcleo rural la construcción de una piscina pública que todas esas medidas que se califican como rurales, pero son agrarias. La piscina atrae a niños y jóvenes que, con padres y abuelos, crean comunidad. Las medidas agrarias, si son racionales, no aumentan el empleo agrario, lo reducen. Ahí está el futuro agrario que anuncia el Food Valley en el que se ha convertido la economía agroalimentaria más avanzada del mundo, la de Países Bajos. A más desarrollo agrario, más producción con menos empleo. Política agraria es política agraria y política rural es política rural.

En fechas previas a la victoria electoral socialista y la formación del gobierno de Zapatero, coordiné como responsable de desarrollo rural del PSOE un encuentro destinado a fijar posición en la materia, concretada en la “Declaración de Oviedo”. Se acordó reorientar las políticas rurales en la dirección que he apuntado en este artículo y en otros. Cuando llegó la hora de poner en práctica la nueva política, si te he visto, no me acuerdo. Quienes se encargaron de la política rural socialista estaban más interesados en ver quién se hacía con la presidencia de MERCASA. Y ahora compruebo que también domina ahora en el gobierno de Sánchez el bipartidismo rural, comisionado para el reto demográfico incluido. En esta materia, como en otras, este PSOE dice en la oposición y hace en el gobierno, más o menos, lo mismo que el PP. Solo cambia que, lo que antes hacían “ellos”, ahora lo hacemos “nosotros”.

En lo que a política de desarrollo rural para el 80% del territorio se refiere, en España se sigue regando “a manta”. A la espera de que alguien descubra el “riego por goteo”, tengamos fe.