Los gobiernos autonómicos de coalición contra el fantasma de la inestabilidad

  • Mientras el gobierno del Estado se mantiene en funciones, en las comunidades autónomas se forman ejecutivos apoyados por dos, tres o hasta cuatro fuerzas
  • Canarias, Aragón, Comunidad Valenciana, Baleares o Navarra son algunos de los ejemplos recientes

Mientras el Estado español prolonga su gobierno en funciones, algunas comunidades autónomas han configurado nuevos ejecutivos. Algunos monocolor, como Castilla-La Mancha o Extremadura, y otros muchos en coalición, con dos o con tres partidos, como Comunidad Valenciana, o incluso con cuatro, como Aragón. En los últimos años, la deseada "pluralidad política" ha tornado su nombre a la dificultosa "fragmentación", pero la cultura del acuerdo ya se teje en las autonomías.

Las coaliciones a nivel autonómico no son nuevas. Euskadi y Catalunya tienen una larga tradición pactista, mientras que el PSOE en Comunidad Valenciana y Baleares ya probó a compartir el poder con la llamada nueva política en la pasada legislatura. En los dos últimos casos, ambos gobiernos se formaron con la intención de desbancar a dos presidentes del PP: José Ramón Bauzá y Alberto Fabra. Entonces, varios grupos se unieron para desalojar del poder al partido más votado (PP). En la nueva reedición de ambos pactos, que han sufrido cambios internos sustanciales, ya no hay un ánimo rupturista con la anterior administración. 

Otro caso llamativo es el de Aragón. El PSOE de Javier Lambán ha pasado de gobernar con Chunta Aragonesista a negociar un cuatripartito en el que también están el Partido Aragonés y Podemos Equo. Para esta investidura, los socialistas aportaban 24 actas, a los que se han sumado cinco de Podemos, tres del PAR y de la Chunta y uno de IU, que ha decidido quedarse fuera de las consejerías. En Canarias y Navarra, el PSOE también ha decidido apuntalar su poder autonómico abriendo la puerta a otros partidos. 

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“Si solo nos fijamos en el número de partidos, a medida que aumenta puede haber mayor inestabilidad. Pero también hay que poner la atención en otras cuestiones, como el hecho de que haya una formación que domine la coalición, atendiendo al número de escaños”, explica Jordi Matas, catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad de Barcelona y director del Observatori dels Governs de Coalició.  El gobierno aragonés aún no ha echado a andar, pero este experto lleva años observando este tipo de ejecutivos, especialmente en Catalunya. La homogeneización ideológica y la experiencia  también son factores a tener en cuenta para medir la estabilidad.

Matas también reconoce que un ejecutivo de coalición "es más exigente y requiere la creación de protocolos internos”. No hay una receta exacta que haga que un gobierno compartido fructifique, pero los politólogos consultados apuntan a la importancia de pactarlo todo, incluso los desacuerdos, la gestión de las crisis o la estrategia de comunicación. También cerrar mecanismos de control, tal y como explica Aida Vizcaíno Estevan, profesora de Ciencia Política de la Universidad de Valencia: “En el caso del Botànic, cada seis meses hay un seminario que revisa y evalúa la acción de gobierno”. En Comunidad Valenciana en este renovado pacto ha entrado, además de PSOE y Compromís, Podemos, que en la anterior legislatura apoyó desde fuera el gobierno.

La importancia de los líderes

Hay otros elementos más difíciles de cuantificar, pero “igual de importantes” para la estabilidad de un gobierno de esta estructura, como “la negociación y escucha constante, la gestión de los egos, filias y fobias personales y trascender el rédito electoral-partidista”. En muchas ocasiones, decisiones unilaterales o declaraciones fuera de lugar pueden hacer que se tambalee un ejecutivo: “Al diseñar gobiernos de coalición se buscan “cromos” de corte político o técnico-independiente, pero se presta muy poca atención a las habilidades de gestión humana, conciliación o fomento del grupo y no del líder”. 

El politólogo y consultor Eleazar Gallardo conoce bien la política de las Islas Baleares, en las que el PSIB de Francina Armengol ha revalidado el gobierno de coalición con Més y Podemos. En este caso, el experto cree que la figura de la presidenta ha pesado mucho: “Ha sabido gestionar muy bien la experiencia de gobierno. Había expectativas concretas y positivas y la población ha optado por un voto muy racional”. 

Gallardo valora la pericia de Armengol en conjugar los intereses de su partido (colocando a nombres con peso orgánico en cargos gubernamentales) con los del resto de las formaciones y también con otros poderes fácticos como el empresariado de la isla. El resultado es que el PSOE se ha convertido en 2019 en el partido más votado, empujado también por un marco favorable: “Ha sido un ciclo muy positivo en materia económica y de turismo”. 

Fortalezas y debilidades de las coaliciones

“La inestabilidad es uno de los fantasmas en el armario de la política española. De hecho, el sistema electoral e institucional en parte se diseña con un ojo puesto en la estabilidad, en todos los sentidos, porque se venía de una dictadura de 40 años y la respuesta del statu quo era incierta”, explica Aida Vizcaíno.  La experta cree que, en este nuevo contexto, hay que superar la inercia bipartidista: “Debemos desterrar la idea de que el gobierno de coalición implica inestabilidad y asociarlo a la idea de mayor control entre las partes, mayor diversidad y mayor cultura de la escucha y la negociación”.

A pesar de que muchas veces en los medios se hable de “fragmentación” política con un matiz negativo, Matas recuerda que el pluralismo político está consagrado en la Constitución española como uno de los “valores superiores de su ordenamiento jurídico” junto a la  libertad, la justicia o la igualdad: “No es algo anormal, ni es un defecto del sistema democrático”. 

Matas reconoce que los gobiernos de coalición pueden tener algunos riesgos, como la inestabilidad o la multiplicación de cargos públicos a repartir, pero también cree que la necesidad de negociar constantemente conduce a otra cultura democrática muy distinta a la actual, en la que hay cierto “maniqueísmo” por la inercia del bipartidismo. “Si existiera la posibilidad de que dentro de cuatro años el partido de gobierno tuviera que gobernar con el que está en la oposición, es más improbable que generase una oposición destructiva y sin escrúpulos”, ejemplifica sobre los frutos del esfuerzo de diálogo. 

No es la única virtud que le ve el experto, que asegura que la mezcla de distintos partidos y sensibilidades “suelen tener menos problemas de corrupción” al ser más plurales y permeables.