CRÓNICA

Vox en Nueva York: ¿una estrategia hispánica para los Estados Unidos?

  • Después de dos cancelaciones, el mitin de Vox en Nueva York terminó reducido a un cenáculo de fieles
  •  En las conversaciones se trataban temas que aparecerían en las intervenciones de Espinosa de los Monteros y de Abascal: el fenómeno Sanders y la cuestión de un patriotismo español  
  

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Hace exactamente cinco años atrás asistí a un mitin de Pablo Iglesias en el Centro Español de Queens en Astoria. En aquel encuentro multitudinario, Iglesias dio un discurso verdaderamente electrizante, exponiendo el brillo de su liderazgo político. Obviamente, era el momento álgido de Podemos en el tablero político. Cinco años más tarde, el mismo Centro Español cancela un evento previsto con los dos líderes de Vox. ¿El pretexto? “Que no tiene sentido un acto de Vox en un barrio como Queens”, afirmó un coordinador del espacio. Extraña justificación, puesto que Queens, con excepciones, es uno de los barrios más conservadores de la ciudad de Nueva York.

Hoy resulta preocupante la manera en que el liberalismo norteamericano busca silenciar, en una escalada auto-inmunizante, visiones políticas que estima “peligrosas”. Es una iniciativa de tal torpeza que solo puede llevar a bandazos propios de reflejos ideológicos. Por supuesto, una institución autofinanciada como el Centro Español está en su derecho en invitar o declinar a quien desee. El problema radica en la naturalización de una cultura anclada en la proscripción que, casi siempre, termina por producir efectos opuestos a los que aspira. Es una estrategia fútil y contraproducente, como ha explicado el filósofo Jon Elster. La tragedia del liberalismo norteamericano se recoge en este síntoma que pone en evidencia su carencia de principio de realidad y temor al disenso político. No se estará en condiciones de sobrepasar la política reaccionaria de Vox sin antes hacer el esfuerzo por entender su cosmos mental, su retórica incendiaria, y su visión de alcance atlántico. 

Después de las dos cancelaciones en Centro Español y el 3 West Club de Manhattan, el mitin de Vox terminó reducido a un cenáculo de fieles.  La dirección se dio a conocer apenas una hora antes del evento. Recibí en mi correo a las seis y media: “El lugar es el restaurante El Floridita, en Harlem”. Desde el punto de vista demográfico, lo primero que me llamó la atención al llegar fue la alta presencia de mujeres y jóvenes, quienes ya se encontraban colgando banderas españolas en las paredes del recinto. Algunos jóvenes hablaban de la personalidad “fuerte” de Abascal, mientras que dos señoras intercambiaban sobre la importancia del castellano en los Estados Unidos. Le pregunto a una de ellas qué pensaba del ascenso de Vox en el último año. Me dice: “Pues me parece que representan el espíritu de lo mejor de nuestra patria”. No le devolví respuesta. En la barra del bar, un señor muy bien vestido le comentaba a otro: ¿Has visto a ese Bernie Sanders? Deberíamos mandarlo una temporada a Cuba”. Por su acento era muy fácil saber que era un cubanoamericano. Ya en las conversaciones del pre-show se trataban temas que luego aparecerían en las intervenciones de Espinosa de los Monteros y de Abascal: el fenómeno Sanders y la cuestión de un patriotismo español. Una larga bandera española había sido colocada en el centro del salón.  

Espinosa de los Monteros durante su viaje a Nueva York. /Gerardo Muñoz
Espinosa de los Monteros durante su viaje a Nueva York. /Gerardo Muñoz

El primero en hablar fue Iván Espinosa de los Monteros, quien agradeció al dueño del restaurante por ser “un buen cubano, porque conoce la realidad del desastre del comunismo en Cuba”. Una afirmación que hacia guiños al sentimiento anti-Sanders que en los últimos meses ha querido vincular al senador de Vermont a Castro por sus declaraciones en el programa 60 minutes. Como si quedaran dudas, el propio Espinosa de los Monteros lo hizo explícito: “Me parece increíble que un candidato comunista como Bernie Sanders pueda llegar a la presidencia de los Estados Unidos”. Fue curioso que durante toda la noche el nombre de Donald J. Trump no haya circulado. Pero la filiación era tan clara que tan solo había que tematizarla en negativo. Para Espinosa de los Monteros hay dos enemigos del patriotismo español: ‘los progres’ y los nacionalistas. Los primeros porque poseen una ideología “destructiva” (el comunismo) y los segundos, porque representan el mayor atentado contra el orden constitucional de la democracia española (Cataluña). Monteros dibujaba una especie de “triángulo del mal” (Cuba-Venezuela-Gobierno de coalición en España), al cual había que frenar para contener una nueva “guerra civil”. Del otro lado, seguía, está la “España gloriosa”. Pensé inmediatamente que en ese momento se decantaría por las tesis neo-imperiales y ‘American-friendly’ de Elvira Roca Barea, cuyo Imperiofobia (2016) patentiza el proyecto nacionalista de Vox. Pero no fue así. En efecto, las palabras “imperio” y “catolicismo” no fueron pronunciadas.

Me llamó la atención el contenido que Espinosa de los Monteros usó para colorear esa “gloriosa España”: sanidad pública, índices de longevidad, y modernización democrática. No deja de ser llamativo un cierto residuo welfarista en una derecha de espíritu patrimonial. Un miembro del Republican Party no se hubiera reconocido en esa extraña mezcla de elementos. Tal vez hubiera entronizado con cierto giro neo-tomista de la derecha norteamericana que ahora quiere dejar atrás el espacio libertario para situarse en una zona anclada en el “bien común” y la “defensa ecuménica de la familia”. Es lo que ha defendido el Senador Marco Rubio en el más reciente número de American Affairs. Este no tan nueva proyección de un “capitalismo propiamente hispano” – proyecto de Ramiro de Maeztu de El sentido reverencial del dinero (1957) – como ha mostrado  José Luis Villacañas en su Imperiofilia (2019) alienta el proyecto a largo plazo de establecer un tutelaje ante el incremento poblacional de los hispanoamericanos en los Estados Unidos. Aunque el nacionalismo Vox tiene un corte antieuropeo (lo contábamos hace algunas semanas), el otro elemento ciertamente pasa por diseñar una geopolítica hispánica. 

La intervención de Santiago Abascal fue relativamente breve, de tono ecuánime y templado. Abascal ensayó una cierta intimidad con el público; un público al que dotó del rótulo de “patriotas elegidos”. La prudencia de Abascal proyectó seguridad e incluso “moderación”. No hablo del contenido de su discurso, sino de la mera fenomenología del tono. Y aunque puso el énfasis en el auge del independentismo catalán, la retórica incendiaria contra los presos políticos, la aplicación del 155, la guerra contra las autonomías, o el imaginario “golpista” fue omitida. Al contrario, prefirió buscar refugió en la moral, derivando hacia la cuestión del aborto y la familia, dos temas “calientes” del debate nacional estadounidense de cara a las elecciones. El mitin transcurrió sin sobresaltos. Desde luego, hay que mencionar que los presentes (habían alrededor de unas 50 personas en el acto) era una élite metropolitana. El mismo Espinosa de los Monteros lo explicitó en un momento de su intervención. Los “exiliados presentes” eran “españoles de bien”, que se encontraban en los Estados Unidos por razones laborales, de familia, o de estudios. No había por qué hacer alusión a la juventud precarizada tras la crisis económica, ni mucho menos aludir a los inmigrantes latinoamericanos cuyo “trabajo en la sombra” constituye una franja importante de la economía de servicios en la propia ciudad.

El silencio sobre la inmigración latinoamericana fue tal vez el aspecto más llamativo de los discursos de Espinosa de los Monteros y de Abascal. Un silencio que ponía en evidencia la flexibilidad con que esta nueva derecha se mueve entre un espacio antieuropeísta, y un proyecto neo-imperial atlántico que busca incidir en la transformación demográfica de los Estados Unidos. De concretarse una estrategia de este tipo, estaríamos ante un desvío irónico respecto a las tesis del último Samuel Huntington en Who are We? (2004), libro en cual desplegaba un proyecto nativista para hacer frente a la crisis identitaria americana. 

Afrontar el tema de la migración de cara a la reelección de Donald J. Trump era poco prudente. Esto pudiera explicar el silencio de Abascal y Espinosa de los Monteros sobre el rema. Queda por ver si Vox representa una estrategia católica-hispánica con el propósito de incidir en la transformación demográfica, o si, por el contrario, buscará acentuar un nacionalismo en alianza con los otros países euroescépticos (Polonia, Hungría, el lepenismo francés). Por supuesto, una estrategia atlántica de tal envergadura requiere un enorme presupuesto y trabajo territorial, tal y como hacen los grupos evangélicos con apoyo del NRA y del “dinero oscuro”. Vox está lejos de organizar una estrategia de este estilo. Esta vez en su paso por Nueva York, Vox optó por la prudencia calculada y la divisa reaccionaria de que lo importante es fomentar el miedo ante “el espectro comunista”. 


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1 Comment
  1. Magdalena Más says

    Los lazos con los halcones sionistas (NPAC) del partido republicano son fuertes, tienen trayectoria y han sido profundamente cultivados y atendidos por Rafael Bardaji (el oscuro y peligroso personaje que mueve los hilos y maneja la agenda de contactos con toda la tropa ultra-reaccionaria desperdigada por el planeta).

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