La batalla de los cuidados se libra en los vestuarios de un gimnasio

  • No hace falta irse a las grandes cifras, las encuestas, los estudios sociológicos para determinar que aún queda mucho que hacer en materia de cuidados
  • Un vestuario de un gimnasio puede ser un lugar perfecto para hacer trabajo de campo sobre la brecha de los cuidados

Ding. Dong. Ding. Se informa a los usuarios que el servicio de limpieza pasará a limpiar el vestuario de hombres. Ding. Dong. Dong“. Cuando el servicio de limpieza entra a recoger el vestuario masculino del gimnasio suena un aviso por megafonía. Cuando lo hacen en el de mujeres, no. La explicación es que en el servicio de limpieza del gimnasio todas son mujeres y avisan para que los hombres (cisgénero) se tapen sus vergüenzas.

Pista uno: las labores de limpieza, que también son parte de los cuidados, recaen en las mujeres. Esta simple observación de un vestuario de un gimnasio baja a tierra los datos del Ministerio de Empleo, ahora Ministerio de Trabajo y Migraciones: el 81% del personal contratado en servicios de limpieza son mujeres. Las actividades vinculadas con servicios de limpieza son el segundo sector más feminizado después de las auxiliares de enfermería (86% mujeres).

El equipo de limpieza es femenino. El equipo del limpieza también es migrante: doble tarea para esa nueva cartera en el gobierno de Sánchez. El equipo técnico, el que se encarga de arreglar las máquinas del gimnasio que estropeamos, que arregla las luces y que repara los grifos de los vestuarios son siempre hombres. El cuarto de limpieza, ese que alberga todos los utensilios del servicio de limpieza, está en el vestuario de mujeres. Clarificador.

Hace unos meses la administración del gimasio colgó un cartel instando al silencio. A veces el vestuario es tan ruidoso como el último bar de moda. El cartel rezaba el primer día: “Modera el tono de voz por el beneficio de todos”. Al día siguiente ese “todos” tenía una A que adaptaba el cartel a las usuarias que iban a leerlo. En el gimnasio se dieron cuenta y lo reimprimieron. Ahora se lee “Modera el tono de voz por el beneficio de todas”, por mucho que a la RAE le pese.

Pista dos: entrar sobre las 7 de la tarde al vestuario es como entrar en la zona de juegos de un McDonald’s, niños y niñas correteando, llorando porque no quieren vestirse, quejándose de los tirones de pelo al peinarse. Una niña lloriquea: quiere que su madre la lleve a un lugar antes de ir a casa. La madre se niega: “No. Hoy no. Mañana tengo una reunión muy importante, aún tengo que prepararla y necesito descansar”, responde la madre.

La niña menta al padre. Y yo reflexiono con el acondicionador de la mano: el problema de la brecha de cuidados es un problema transversal. Las mujeres obreras no escapamos de ellos. Las mujeres, presumo, de alto nivel laboral, con “reuniones importantes”, tampoco. El patriarcado nos atraviesa a todas, con independencia de los ceros que entren en la cuenta corriente.

La niña menta al padre y me pregunto: “¿dónde está?” Es un caso en un panal de trabajadoras que cargan a sus espaldas trabajos fuera y dentro de casa. Pero es un caso que, por solo ser uno, no deja de ser más que revelador. A la hora de salir del vestuario, del de mujeres salen decenas de niñas y niños. Del de hombres, apenas dos. Del vestuario de hombres solo salen hombres (cisgénero) que toman el rato del gimnasio como relax. Del de mujeres, las mujeres (cisgénero) que salimos así, “de relax”, somos las que no somos madres, por elección o imposición de la escasez económica.

La tarea de los cuidados externos, sumados a una vida donde el trabajo ocupa cada vez más tiempo de nuestra vida, deja sin tiempo de cuidado propio, autocuidado, a las mujeres madres que llevan a sus hijos a la piscina, a los que esperan pacientemente, duchan, secan, peinan y ruegan que “hoy no más”, porque su día para ellas aún no ha acabado. La tarea de los cuidados externos, sumados al trabajo fuera del hogar deja a las mujeres sin tiempo para los autocuidados.

Y eso rompe con la norma de una de las líderes feministas mundiales, Angela Davis. La filósofa y activista, cuestionada en su última visita a Barcelona sobre cómo seguir en la lucha después de tantos años, respondió: “A veces es necesario parar, alejarse y cuidarse para poder cuidar a las demás”.

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