Seis formas de racismo en el feminismo de las que no te das cuenta

  • “El Estado español se piensa a sí mismo en una forma racista. Es un problema estructural de la sociedad y el movimiento feminista está incluido en esa sociedad”
  • “Simplemente que nosotras nos tengamos que denominar feministas negras, gitanas, islámicas... ya denota una posición de poder", explica Esther Mayoko Ortega

“¿Acaso no soy yo una mujer (Ain’t I a woman?)?”. Es el título del discurso de Sojourner Truth, la reconocida abolicionista y feminista que en 1851 puso por primera vez de manifiesto la doble problemática que enfrentaban las mujeres negras: el racismo y el machismo. En Estados Unidos las mujeres blancas consiguieron votar en 1920 y las negras no lo pudieron hacer hasta 1967. ¿Y qué queda de esa lucha lejana en el tiempo y en el espacio?

Volviendo a la España de 2018 reinan la desigualdad institucional, social y cotidiana que sufren las personas racializadas, según narran varias activistas en una conversación con cuartopoder.es. España es blanca, negra, gitana, islámica, asiática, latinoamericana… Hemos sido potencia colonizadora, pero parece que seguimos mirando a algunos vecinos o vecinas como si fueran de otro planeta. “El Estado español se piensa a sí mismo en una forma racista. Es un problema estructural de la sociedad y el movimiento feminista está incluido en esa sociedad”, explica la activista feminista y antirracista madrileña Esther Mayoko Ortega, historiadora y doctora en filosofía de la ciencia.

El movimiento feminista, que recientemente ha logrado una importante desestigmaticación y ha obtenido importantes conquistas, se caracteriza por una hegemonía blanca. Es una realidad que en España la mayoría de las mujeres son blancas, pero hay quienes asumen posturas críticas respecto a la falta de esfuerzos de otras compañeras para darles voz o para generar espacios que cubran sus necesidades, que son muchas. “Del problema del feminismo y todas sus posiciones excluyentes como la apropiación, el querer hablar de nosotras sin nosotras, se tienen que ocupar ellas”, responde tajante Antoinette Torres Soler, nacida en Cuba, afincada en España desde 2007 y creadora de la revista digital Afroféminas, un espacio dedicado a la mujer afrodescendiente.

Preguntándonos por los aspectos racistas o excluyentes del movimiento feminista en España, damos con algunas claves. Responden las protagonistas:

El feminismo con y sin apellidos

“Simplemente que nosotras nos tengamos que denominar feministas negras, gitanas, islámicas… ya denota una posición de poder. El feminismo blanco no se recuerda a sí mismo su posición de blanquitud, el resto somos las que tenemos apellidos. En alguna ocasión recuerda la cuestión de clase, pero nunca su posición hegemónica blanca”, explica Mayoko. De hecho, según la activista, en España este movimiento feminista presupone que habla para todas las mujeres, pero basta ir a la raíz para comprobar que habla “para mujeres muy concretas”.

Replantearse los cuidados, pero no quién los lleva a cabo

La activista transfeminista Lucrecia Masson indicó en una entrevista con este medio que “la colonialidad a día de hoy está en la mujer sudamericana que deja a sus hijos para venir a cuidar hijos de blancos”. Mayoko duda de que en la Huelga del 8 de Marzo las propias mujeres blancas se plantearan quienes estaban cuidando sus casas, a sus familias y si esas otras mujeres podían hacer huelga o no. “Me pareció muy racista la propuesta de que las mujeres que no podían secundar la huelga, porque eran trabajadoras domésticas, colgaran un delantal en los balcones. No sé a quién se le ocurrió”, recuerda.

La interseccionalidad: se habla mucho de ella, se practica muy poco

De esa crítica a los movimientos feministas que solo tienen en cuenta a las mujeres blancas y con un nivel socio-económico superior, nace la interseccionalidad, concepto que considera la estrecha relación existente entre machismo, racismo y clase social. El término precisamente fue inventado por una mujer negra, la académica estadounidense Kimberlé Williams Crenshaw.

Sin embargo, según las activistas consultadas por este medio, en realidad se practica tan poco que ha quedado desvirtuado. “En la academia hay muchísimas profesoras que no reconocen que hay una mirada racista hacia otras mujeres, una mirada paternalista y que el feminismo forma parte de ello”, resalta Torres. Como ejemplo, recuerda un evento feminista que con un cartel en el que aparecía una mujer negra en un primer plano, pero que en realidad no contaba con ninguna ponente racializada. “Me parece racista cuando hablan de interseccionalidad y no ponen a alguien que represente esa intersección”, explica la activista. A día de hoy existen multitud de colectivos, mujeres racializadas feministas a la que es fácil encontrar. No hay excusas.

Ignorar las diferencias entre mujeres

“En España hay muchas mujeres con puestos de responsabilidad, ya no estamos en el siglo XVIII, no solamente mandan los hombres. Esto se puede decir en América Latina, pero en España hay directoras de empresa, de medios de comunicación etc.”, resalta Torres. Según la activista, cuando estas mujeres blancas feministas no reconocen estos privilegios respecto a las mujeres racializadas o negras repiten “la misma opresión que ejercen los hombres contra ellas”.

Deshumanizar a quien sufre: la víctima de La Manada y las trabajadoras de la fresa

El movimiento feminista ha demostrado una gran capacidad de movilización para respaldar a la víctima de La Manada, pero la convocatoria para respaldar a las mujeres marroquíes temporeras de la fresa, que denunciaron presuntos abusos laborales y sexuales en una finca de Huelva, ha sido mucho menos masiva.

“No fui a la segunda concentración contra La Manada, cuando les dieron la libertad condicional, porque había ido a una concentración en apoyo a las hermanas jornaleras y no pasamos de las 200 personas”, explica Mayoko. “Tenemos una jerarquía de lo que consideramos humano, quién puede sufrir y quién no, y me parece que esa jerarquía también está clara dentro del feminismo, aunque a mí esto me pueda parecer dolorosísimo”, comenta.

Ignorar la otra historia del feminismo

Si consideramos que el feminismo occidental comenzó con la declaración de Seneca Falls en 1848, incluso en esos primeros momentos encontramos a mujeres negras feministas. Además, “hay un montón de mujeres en diferentes partes del mundo que desde hace mucho, como parte de sus movimientos propios culturales, han ejercido otras posiciones. Eso jamás lo hemos leído como algo a lo que pudiésemos denominar feminismo”, critica Mayoko.

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