Ritxar Bacete: “El feminismo ha venido a liberarnos a los hombres”

  • Charla con el antropólogo, trabajador social y escritor  
 

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Hay voces que cuando hablan supuran verdades. La de Ritxar Bacete es una de ellas. Este vasco, padre de tres criaturas de carne y hueso y de dos libros Nuevos hombres buenos y El poder de los chicos, es un ejemplo de ello. Y es que dicho especialista en género, masculinidades, políticas de igualdad, paternidad positiva y economía del desarrollo sabe, de primera mano, que hasta que los hombres no se bajen del andamio del macho alfa, el mundo seguirá siendo doliente y ofensivo para la mitad de la población.

Ritxar Bacete
Ritxar Bacete

Para este aliado del feminismo, la legitimización de la violencia masculina es doliente y global e inaceptable. “La violencia contra las mujeres es una pandemia, y no lo digo yo. Según datos de las Naciones Unidas, se estima que el 35% de las mujeres de todo el mundo ha sufrido violencia física o sexual por parte de su compañero sentimental o de otra persona a lo largo de su vida. Sin embargo, otros estudios elevan este número hasta el 70%. Se calcula que unos 120 millones de niñas de todo el mundo (una de cada diez) han sufrido un coito forzado u otro tipo de relaciones sexuales forzadas en algún momento de sus vidas. 700 millones de mujeres que viven actualmente se casaron siendo niñas, y 200 millones de niñas y mujeres han sufrido algún tipo de ablación o mutilación genital. Y podría seguir con la lista de los horrores que no son naturales, sino que hunden sus raíces en la socialización de los hombres para y en la violencia”, explica a cuartopoder.

Una violencia que para Bacete se escribe en masculino. “De las violencias masculinas, los hombres somos tanto víctimas como victimarios. Según la Organización Mundial de la Salud, el 90% de las mujeres y el 96% de los hombres asesinados en el mundo lo fueron a manos de otros hombres, mientras que el 45% de las mujeres asesinadas lo fueron por sus parejas o exparejas, hombres de nuevo en la inmensa mayoría de los casos. Con base en el Estudio Mundial sobre el Homicidio, cerca del 95% de los homicidas a nivel global son hombres, pero también lo son el 79% de las víctimas”, recalca.

Los hombres de verdad

Para el escritor e investigador social ser hombre de verdad es trascender a la construcción cultural de la masculinidad tóxica. “La cultura dominante creó eficaces replicantes del modelo de masculinidad hegemónico, que fueron imprescindibles para mantener las relaciones de dominación y desigualdad en la sociedad androcentrista y predemocrática en la que nacieron. La buena noticia, es que, de existir, un hombre de verdad, sería lo más parecido a un ser humano libre, complejo, cuidador, imperfecto, no violento, social, empático…”, describe.

Un ser humano que por supuesto requiere reeducarse en el feminismo. “Una de las aportaciones más maravillosas del feminismo a la emancipación de la humanidad, la encontramos exquisitamente resumida en El segundo sexo de Simone de Beauvoir, como una esencia que precisa de pocas palabras, pero que es capaz de albergar ideas tremendamente transformadoras: “La mujer no nace, se hace”. Y la buena noticia es que el hombre, como ser humano, tampoco existe dentro de una esencia inmutable, sino que al igual que las mujeres, lo construimos (todos y todas participamos en ese proceso) en base a los valores dominantes de una época, por lo que no somos de una determinada manera, sino que más bien estamos jugando un determinado papel o haciendo determinadas cosas, del mismo modo en que podríamos estar haciendo otras: cuidar, violentar, acompañar, desaprender, renunciar, imponer, reconocer, escuchar …Y nada de esto es un destino en los hombres”, dice el impulsor del Programa de hombres para la igualdad Gizonduz del Instituto Vasco de la Mujer y coordinador para España de Promundo Global.

Preguntado desde dónde se comienza a transitar en el feminismo, Bacete lo tiene más que claro. “Desde el cuestionamiento, desde la mirada crítica y apasionada de lo que cada quien es o quiere llegar a ser; del lugar que ocupamos en el mundo y el sentido que tiene la propia existencia. Y desde esa mirada transformadora, el feminismo se convierte en una llave, un conjunto de claves y herramientas, que suponen un regalo antropológico de primera magnitud, también para los hombres, porque ha venido a liberarnos. Esta mirada emancipadora, nos permite mirarnos al espejo, y ver más allá. Nos posibilita remover nuestra propia identidad, hacer un análisis crítico de lo que somos e iniciar el camino para llegar a ser como verdaderamente deseamos. El feminismo nos abre una ventana a las posibilidades que expande la renuncia a los privilegios que tenemos los hombres por el hecho de serlo, así como a la violencia y las relaciones de dominación como forma de mantenerlos. En definitiva, nos permite conectar con las emociones, la ternura, con nuestro propio cuerpo, así como con la grandeza, las paradojas y contradicciones del mundo de los cuidados”, recalca.

Sin bondad no hay nueva masculinidad

Aunque para Bacete es probable que existan otras vías para transformar a los hombres, la bondad es una de las que nos conducen a ello. “Entiendo y reivindico la bondad como una herramienta política y también como una virtud que nunca va sola ni se puede sostener únicamente en categorías morales. Para funcionar realmente como una virtud transformadora en los hombres, la bondad tiene que estar necesariamente ligada a la empatía o a otros valores como la paciencia, la solidaridad, la humildad, la justicia social, la defensa de la equidad de género o la libertad individual y colectiva. La bondad estaría siempre entroncada y ligada a la cultura de los derechos humanos en su dimensión más global y universal: todos los derechos para todas las personas”, concibe. 

Una bondad que como añade no puede quedarse en mera teoría. “Es activa, subversiva, transformadora y un antídoto eficaz contra los efectos y causas de la masculinidad hegemónica tóxica. Tal y como la entiendo, la bondad se manifiesta cuando alguien tiene la actitud de hacer el bien: ayudando a quien lo necesita; mostrando compasión activa con las personas sufrientes; siendo amoroso, generoso, amable y altruista para tratar de hacer sentir a los demás felices, cuidados, seguros y queridos. Y todo ello es condición sine qua non para llegar a esta nueva masculinidad o con lo que me siento más identificado: lograr de una vez por todas, que el modelo de masculinidad hegemónico sea el de los hombres buenos, los pacíficos, los vulnerables, los cuidadores, los blandengues, como dijera de forma gráfica el Fary”.

Y es que cuando un hombre cuida de sus hijas e hijos lo que le sucede por dentro se expande para fuera. “Desde una perspectiva política y social, cuando un hombre cuida de sus criaturas, básicamente está transitando por la otra cara de los derechos, que son las obligaciones. Está haciendo simplemente lo que le corresponde: asumir al menos el 50% de los trabajos de cuidado que le tocan y el 100% de la responsabilidad, como ser adulto, autónomo, completo, corresponsable, y por fortuna, felizmente dotado de competencias para cuidar a otros seres humanos. Y no hay nada heroico en ello, sino altas dosis de justicia, negociación, dignidad y sentido común. Se trata de decisiones que parten del ámbito de privado, pero que influyen de forma decisiva en el tipo de sociedad que queremos construir, con los cuidados y las personas en el centro, y la igualdad como el valor fundamental que ayuda a estructurar las relaciones sociales, la economía o la política”.

Él lo sabe bien. Sus tres criaturas se lo recuerdan cada día. “Cuando los hombres asumimos la parte que nos corresponde de los cuidados, no sólo se cambia el mundo, sino que, desde una perspectiva identitaria, lo que ocurre por dentro en los cuerpos de los hombres que cuidan, es absolutamente fascinante. Del mismo modo que generalmente, los hombres no hemos sido socializados para responsabilizarnos, ni tampoco para ejecutar los cuidados, cuando lo hacemos, nuestra propia biología se va transformando de forma paulatina y silenciosa, desempolvando todo el engranaje biológico que también traíamos de serie, pero que no sistemáticamente se nos negaba y que no se nos había permitido desarrollar. Por ejemplo, cada vez contamos con mayor evidencia científica que viene a demostrar que cuando los padres nos implicamos en la crianza de una forma presente y constante, aumenta de una forma significativa la producción de oxitocina, serotonina, o prolactina en nuestros cuerpos, mientras que la generación de testosterona se reduce significativamente. Y no dejamos de ser hombres, sino que nos humanizamos de forma radical al desplegar todas nuestras capacidades humanas, esas que la cultura patriarcal se empeñó en negar durante siglos”, recalca.

Las mujeres, las grandes revolucionarias

Para este promotor de la igualdad las mujeres somos imprescindibles para que el nuevo hombre florezca. “Sin el empuje de las mujeres no se habría transformado el mundo y no existiría en los términos en los que lo conocemos. Sin las mujeres no hay democracia. Tampoco habría sido posible el florecimiento de nuevas formas de entender y habitar la masculinidad. Los hombres que nos identificamos con el feminismo y que conformamos lo que se conoce como el movimiento de hombres por la igualdad, bebemos, reconocemos y aprendemos de las experiencias y reflexiones de las mujeres, por lo que no existiría este movimiento sin vosotras. Y en el plano personal, en mi vida, sin el acompañamiento de mujeres poderosas que me han señalado el camino, tampoco estaría aquí, compartiendo este espacio”, reconoce.

Por último, Bacete cree que para que la transformación de las relaciones que estamos viviendo en la era del feminismo sea estructural y permanente, “hacen falta más hombres desvestidos de ese traje de hombre-varón, por lo que seguimos necesitando vuestro empuje, pero también el que seamos capaces de generar los hombres con otros hombres. Es preciso que la mitad cualificada de la humanidad se sume de forma activa, comprometida y consciente, porque la igualdad no será posible sin la incorporación de los hombres, en comunión y diálogo con las mujeres. Ya lo decía mi admirado Paulo Freire: «Nadie se libera solo», sino que «nos liberamos en comunidad». Aunque estemos viviendo tiempos líquidos, y de fantasía de la individualidad, la identidad individual no existiría sin las relaciones que entablamos para construirla, por lo que vivimos una identidad relacional que requiere nuevos pactos de convivencia, y para realizarlos nos necesitamos, tenemos que estar todas y todos, presentes y conscientes”, finaliza. 

2 Comments
  1. Joel Mòrist i Botines says

    Una obra de arte este artículo.
    Leeré e investigaré más sobre el autor.
    Yo propuse un feminismo pan-genérico, cuando el movimiento estaba dormido.
    Y me impuse el reto de experimentar tareas de cuidado, incluso con niñas y niños, sin siquiera tener hijos.
    Experimenté evolución en mi manera de ser. Aquí me se ha rebelado con datos que eso es científicamente demostrable. Que fantástico.
    Muchas gracias por vuestro trabajo a la periodista y al entrevistado.
    Cálidos y cordiales abrazos y besos.

  2. Joel Mòrist i Botines says

    Disculpen,
    No comprendo el terrible error en una de las últimas frases.
    Corrijo:
    «Se me ha revelado»
    Obviamente

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