En la encrucijada y sin marcha atrás

Marta Lasalas *

Artur Mas pronosticó el pasado 20 de septiembre, al abandonar el palacio de la Moncloa con el no al pacto fiscal bajo el brazo, que la política catalana entraba en un terreno desconocido. Y la incursión no está resultando precisamente fácil. Si bien es innegable que la apuesta de CiU por el Estado propio ha impulsado un mensaje ilusionante para una parte importante de la sociedad catalana, no es menos cierto que a medida que avanza la inmersión en las profundidades del debate independentista el fuselaje de los partidos comienza a acusar la presión. Algunos resortes chirrían, otros directamente tiemblan, incluso amenazan con vías de agua. Y sin embargo, nadie duda que es imposible desandar el camino recorrido. Un 80% de los catalanes demanda, según las encuestas, un referéndum sobre la independencia. Se trata de una reclamación demasiado explícita y contundente como para que ningún partido se pueda permitir ignorarla. Con este telón de fondo, la madrugada del viernes comenzará la campaña electoral de unos comicios que pueden convertirse en los más transcendentes de la historia de Catalunya.

CiU es sin duda la formación más expuesta al temporal independentista. La contundencia con que Mas ha asumido el reto ha proyectado la popularidad del líder nacionalista. Ni siquiera los devastadores efectos de la política de recortes del Govern han contrarestado esta valoración. El president flota en los sondeos por encima del aprobado, a veces incluso con nota y casi siempre en solitario. Ha demostrado destreza para navegar en la marea de descontento que puso en evidencia la Diada y su respuesta a la manifestación, asumiendo el anhelo expresado en las calles de Barcelona, supo tocar la fibra del independentismo más recalcitrante.

Las dudas de Duran Lleida

Y sin embargo la tensión del proceso comienza a hacer estragos. No precisamente en CDC, donde la cúpula ha cerrado filas, sin brechas, en torno a su líder. Las dudas surgen entre los socios de Unió, y en particular su presidente, Josep Antoni Duran Lleida. El líder democristiano nunca ha disimulado la incomodidad ante el auge que en los últimos años ha experimentado el discurso soberanista en las filas convergentes y ahora tampoco esconde las contradicciones que le genera el debate independentista. Los recelos de Duran golpean una herida abierta en un flanco del nacionalismo más moderado. Cada vez que el político democristiano expresa sus dudas en voz alta –o en Twitter- amenaza provocar un desgarrón entre las filas convergentes menos entusiastas con la deriva independentista, además de abrir peligrosas brechas que la oposición no duda en aprovechar.

Precisamente la fuga del voto más moderado es una de los temores de los nacionalista. El discurso de Mas se preocupa y mucho de moderar el mensaje, de evitar hablar de ruptura, de ahuyentar el discurso del miedo. Las formas son siempre suaves a pesar de la inapelable contundencia del fondo. Ello no impide que las encuestas ya hayan detectado movimientos de votantes convergentes que buscan refugio en el PP. En el otro plato de la balanza, esta misma contención impide a los nacionalistas sumar el voto independentista que bascula entre ERC y CiU pero aún duda de la autenticidad del compromiso de Mas con el Estado propio.

De ahí que el candidato de CiU no cuente en los sondeos con una mayoría absoluta tal y como reclama para poder impulsar su proyecto sin ataduras. La oposición aparece cada vez más desmembrada y Mas ha conseguido superar el resultado que le llevó al Govern el 2010, y sin embargo aún no llega a la mayoría absoluta. A pesar de todo, en el entorno del president nadie duda que su decisión es inamovible. No hay marcha atrás. Esta es la respuesta que se repite no ya como una consigna sino como un autentico mantra con que neutralizar los ingentes obstáculos.

De momento, el mundo económico catalán, al cual siempre se había señalado como el principal escollo que impediría a CiU embarcarse en una aventura independentista, se mantiene en silencio. Un silencio clamoroso dado que es un secreto a voces la angustia con que en los principales despachos de Barcelona se sigue este periplo.

Alicia Sánchez Camacho, el pasado lunes, en un desayuno organizado por la Cámara de Comercio de Barcelona. / Alejandro García (Efe)

Los partidos no soberanistas

Tampoco ha sorprendido a los nacionalistas los constates envites procedentes del Gobierno español, del PP, y del PSOE, así como de una parte de la prensa de Madrid -de presencia residual en Catalunya, por cierto- que ha decidido instalar permanentemente el conflicto catalán en sus portadas.

Frente a CiU, el PSC aparece atormentado por sus propias contradicciones: En Cataluña se le critica la vinculación al PSOE como una hipoteca paralizante mientras en Madrid irrita su apuesta por el derecho a decidir. Las encuestas se han convertido en una tortura para los socialistas. Todas los sitúan por debajo de los 28 diputados con que José Montilla rubricó hace dos años el peor resultado de la historia del partido. De momento, los sondeos no detectan el fondo hasta el cual puede caer el PSC… y, con él, el PSOE en Cataluña.

Desde las filas del no a la consulta independentista, el PP pugna por evitar una imagen de excesiva radicalidad y, abriendo los brazos a los convergentes alarmados por la deriva soberanista, apuesta por un discurso que incorpore la necesidad de mejorar la financiación y el encaje de Cataluña en España. El pulso que el PP mantiene con el PSC para arrebatarle la segunda posición en el Parlament, tiene como principal escollo a Ciutadans que, con un argumentario desacomplejadamente españolista consigue robar votos a populares y socialistas e incluso a CiU, según algunos sondeos.

Los partidos independentistas

Tampoco es cómoda la situación para ERC que a pesar de crecer se ve amenazada por las constantes llamadas de Mas a la mayoría absoluta. La oferta explícitamente independentista se presenta dividida en tres siglas diferentes, dos de ellas –SI y CUP-, a pesar de tener de momento pocas posibilidades de conseguir representación, amenazan con provocar la dispersión de una parte del voto. Finamente, ICV opta a estas elecciones con perspectiva de crecer y con un discurso soberanista pero sin olvidar ni un instante la bandera social.

En conclusión, todo apunta que el día 26 el Parlament amanecerá con una potente mayoría, que superará ampliamente los dos tercios de la cámara, a favor del derecho a decidir. La única duda es si CiU tendrá o no la mayoría absoluta que reclama Mas… y cuál será la respuesta del Gobierno español. Cataluña observa a Escocia y se pregunta si el Congreso tendrá los reflejos del Parlamento de Westminster, si tendrá algún interés en intentar aprovechar la peligrosa grieta que, según las encuestas, podría abrir en el bloque independentista un acuerdo sobre el pacto fiscal y una reforma de la Constitución. De momento, el discurso que llega de Madrid no tiene precisamente un tono de seducción. De hecho, desde la capital española sólo se enarbola la bandera del miedo. Pero en Cataluña hace tiempo que se ha impuesto la idea que la única alternativa imposible es seguir como hasta ahora.

(*) Marta Lasalas es periodista

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