Actuar o dejarlo a la suerte del cupón

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Alrededor de 3.000 escolares de secundaria formron el juevess, día 22, un tapiz humano en Vigo para conmemorar el Día Internacional Contra la Violencia de Género. / Salvador Sas (Efe)

016. Éste es el segundo número que aparece en el cupón de la ONCE. Está bien como iniciativa de una entidad ‘sin ánimo de lucro’. La cuestión se complica cuando esta forma de ‘conmemorar’ el 25 de Noviembre, Día Internacional contra la Violencia de Género, es la elegida por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género (máximo organismo gubernamental). Y aprovechan, en la información institucional, para animar al público a que lo compre. ¿Será porque esta vía, la de la fortuna en un sorteo, es la única desde la que el Gobierno está dispuesto a favorecer una salida a las víctimas de la Violencia de Género (VG)?

Lo mismo es que desde el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, viendo los charcos en los que se mete la ministra Mato, se ha decidido que si las palabras no son lo suyo, lo serán los números. Y no, tampoco. Siguiendo la senda marcada por gabinetes anteriores, en el Ministerio no saben sumar. O sus sumas son las únicas que restan. Los datos que ofrecen elevan el número de mujeres muertas a 43 (demasiadas, en cualquier caso), mientras que si realizamos un seguimiento cotidiano, el número de mujeres asesinadas alcanza 60, más las víctimas colaterales.

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Es obvio que sumar, saben. La diferencia en el resultado está en la categorización de las víctimas. El Ministerio (este Gabinete y los anteriores) se basan en lo que la Ley  Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, considera VG, que vienen a ser la de quienes hayan compartido una relación de ‘afectividad’ –¿cómo se puede hablar de afectividad en relaciones jerarquizadas, basadas en la violencia, el sometimiento y el poder?–. Si hay una relación ocasional, o un intento fallido de relación, no es VG. Si hay una relación mercantil, no es VG. Más clarito, para la Ley, si no está basado en el ‘la maté porque era mía’, o bien en el ‘o mía o de nadie’, no es Violencia de Género.

Naciones Unidas, en su Declaración para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, entiende que es violencia contra la mujer toda aquella conducta, o amenaza, (individual, colectiva, institucional, privada o pública) que atente contra la dignidad de las mujeres. Esta conducta (conducta cultural, transmitida y aprendida) está basada en la consideración de superioridad del varón. Esto es lo que le da la categoría de Violencia de Género, junto con que es una violencia que se ejerce contra las mujeres por el mero hecho de serlo. No hay otra razón.

Michelle Bachelet, Directora de ONU Mujeres, en su mensaje con motivo del 25 de noviembre señala que “hasta siete de cada diez mujeres siguen siendo víctimas de violencia física y/o sexual en sus vidas, y 603 millones de mujeres viven en países donde la violencia doméstica todavía no es un delito”; y no añadimos más a la crónica negra mundial que este dato: cada minuto son mutiladas sexualmente cuatro niñas.

La extinta Fundación para el Estudio de la Violencia-Centro Reina Sofía de Valencia, en su III Informe Internacional “Violencia contra la Mujer en las relaciones de pareja” (2010), concluía que las mujeres españolas están más seguras en la calle que en casa. Y podemos afirmar que sus hijos e hijas, también. La VG es la primera causa de muerte intencionada en España. Según el Observatorio contra la Violencia de Género y Doméstica, durante 2011 se registraron una media de 367 denuncias diarias por delitos y faltas relacionadas con la violencia de género, lo que equivale a una denuncia cada cuatro minutos.

Y el Consejo General del Poder Judicial señala que, si bien es cierto que en este ámbito se realizan falsas denuncias, éstas sólo suponen el 0,20%. Y ni así se acallan las voces que acusan a las mujeres.

Después de catorce años de trabajo desde las instituciones (y treinta, como mínimo, del Movimiento Feminista y las Organizaciones de mujeres), la sociedad no ha afrontado el problema de la Violencia de Género, que sigue entendiéndose, muchas veces, como un asunto de las mujeres, sin ser conscientes de la dimensión real de esta grave enfermedad que atravesamos, sin discriminación de clase, etnia, procedencia, ocupación, etc.

Aunque nos quedáramos en las víctimas ‘oficiales’ de VG, vemos que no hay respuesta política (vale, el cupón) y que los recortes, el desmantelamiento del mínimo Estado de Bienestar, alcanzan a las víctimas de VG en los Presupuestos Generales del Estado y de las Comunidades Autónomas: cierre de centros y casas de acogida, menos fondos para la atención a víctimas, nula acción preventiva.

Y estamos atisbando una regresión a la hora de informar y presentar los casos de víctimas mortales: la información se centra en la víctima y no en el victimario y se desgranan rosarios de características: indigente, inmigrante, familia desestructurada. Se vuelve a dar eco a las voces que dicen: ‘se volvió loco (en Bosnia, el asesino de Córdoba), ‘estaba loco de amor’ (el asesino de El Salobral), ‘estaba drogado’ (el asesino de Reus).

¡Ay! Esa locura transitoria, ese alcohol o esas drogas que sirven de eximente y son tan utilizadas por las defensas -y aceptadas por los tribunales-. Que buen juego dan a la perpetuación de un comportamiento asumido y validado, a aceptar esa conducta que lleva a considerar que los hombres tienen autoridad (y autorización) para conseguir, por el medio que sea, que las mujeres sigamos estando escalones por debajo en la jerarquía, entendiendo que, cuando decimos NO, no sabemos lo que decimos, porque en realidad, queremos decir SI.

Porque, cómo se pueden atrever las mujeres a decir NO, a romper una relación, a alejarse de su amante pareja. En qué mundo cabe que las mujeres tengan derecho a su autonomía… Para luego oír que las mujeres tenemos más derechos que los hombres; que la tortilla se ha invertido; que las leyes nos protegen.

Qué razón tenía Flora Tristán, cuando decía que las mujeres somos “el proletariado del proletariado”.

(*) Berta Cao es consultora de género y Máster en Género y Políticas de Igualdad.