Y Plaza de Mayo se llenó de memoria

Bajo el lema 'Memoria, verdad y justicia', Argentina recordó el 40 aniversario del golpe militar. En la imagen, Plaza de Mayo. / Alejandro Santa Cruz (Efe)
Bajo el lema ‘Memoria, verdad y justicia’, Argentina ha recordado el 40 aniversario del golpe militar. En la imagen, Plaza de Mayo al término de la manifestación del pasado día 24. / Alejandro Santa Cruz (Efe)

Terror es no saber de dónde
viene el miedo. 
Rodolfo Walsh

Se cumplen ahora cuarenta años del golpe militar en Argentina y excepto allí ha pasado sin pena ni gloria en todo el mundo. Tiene interés recordarlo porque una dictadura genocida no puede ser ajena a ninguna persona, porque fue brutal la manera de aplicar los planes neoliberales y por aquello de que si no conocemos la Historia estamos condenados a repetirla. Lo llamaron eufemísticamente Proceso de Reorganización Nacional. Comprendió de 1976 a 1983, menos de lo que dura una chaqueta. Pero fue una sangrienta dictadura militar caracterizada por un violento terrorismo de Estado ejercido sobre el pueblo argentino: asesinatos, desapariciones (estimadas en 30.000 personas según los organismos de derechos humanos), robo de bebés y violación sistemática de los derechos de las personas.También produjo un importante exilio político de decenas de miles de personas.

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Los objetivos declarados por la Junta Militar, aquel 24 de marzo de 1976, eran exterminar la subversión (la guerrilla montonera y del ERP). Sus argumentos del manual del buen golpista eran cinismo puro: “por el bien del país y para salvar la democracia”. La cuestión de fondo era aplastar a una juventud comprometida y militante que quiso cambiar las cosas desde las fábricas y la universidad. Fue un movimiento revolucionario, desde abajo, que tuvo el atrevimiento de exigir igualdad en libertad. Que organizaba las rebeldías necesarias para poner en cuestión un orden establecido injusto. Hay que recordar levantamientos populares previos como el “Cordobazo” de 1969 contra la dictadura militar de Onganía, la lucha contra el primer plan de ajuste neoliberal en 1975 (“Rodrigazo”) o la masacre de Ezeiza (1973) que reflejó la tensión dentro del peronismo.

El movimiento obrero resistía los planes de ajuste derivados de una aguda crisis económica; la lucha de clases se intensificaba; el movimiento revolucionario disputaba el poder. Hasta ahí podía llegar el desafío al capitalismo criollo. La represión anterior y los asesinatos de la Triple A no eran suficientes. Con la excusa de la lucha contra el terrorismo se criminalizó la resistencia a las políticas neoliberales. Al sentirse amenazada, la oligarquía reaccionó con la mayor violencia.

Como dice Néstor Kohan, la finalidad fue reordenar de raíz el capitalismo argentino. Para ello se aplicó un programa neoliberal de ajuste económico, una política cambiaria al servicio del FMI, las tesis más dogmáticas de la Escuela de Chicago. Un auténtico saqueo del bien común del pueblo argentino. De ello se ocupó el ministro Martínez de Hoz, jefe de la patronal.

Argentina era el único país democrático que quedaba en el Cono Sur de América. Estaba rodeada de las dictaduras de Chile con Pinochet, Bolivia con Banzer, Paraguay con Stroessner y Uruguay con Bordaberry. Todas auspiciadas por Estados Unidos (USA). Aunque se quiso responsabilizar del golpe a la izquierda y a los movimientos guerrilleros, tipos como el general Villegas y el neoliberal Alsogaray venían defendiéndolo desde antes de que éstos aparecieran. En el plano nacional, era la lógica de la defensa del poder y privilegios de la oligarquía; en el internacional, la aplicación de la doctrina USA de la Seguridad Nacional en América. Todo ello debidamente coordinado con otros regímenes de gorilas y generales del Cono Sur a través de la Operación Cóndor.

Hubo muchas reuniones previas al golpe entre los militares y los empresarios, grupos financieros, la jerarquía de la iglesia, los grandes medios de comunicación y todo tipo de burocracias sindicales y políticas para obtener colaboración, complicidad o silencio. Era conocido por Kissinger y fue apoyado por Estados Unidos. A la una de la madrugada del 24 de marzo comenzó con la deposición de la presidenta Isabel Martínez de Perón y el arresto y secuestro de miles de activistas obreros, estudiantes, profesionales y políticos de izquierdas en Buenos Aires y en las principales ciudades.

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Un activista disfrazado de obispo, durante la marcha del pasado día 24 que concluyó en Plaza de Mayo. / Javier Gallardo (Efe)

Para vencer las resistencias populares y  para descastar a la izquierda argentina se aplicó la “guerra sucia”. Formaban parte de ella las ejecuciones extrajudiciales, las terribles y sistemáticas torturas en la ESMA y otros centros de detención, las violaciones constantes, el asesinato de las mujeres recién paridas y el robo de niños, los vuelos nocturnos para arrojar detenidos sobre el mar, la quema de libros…  Un catálogo del horror, de la infamia. Puro fascismo, para imponer el empobrecimiento y la superexplotación a los trabajadores argentinos y el endeudamiento al país durante la dictadura.

El final vino de la mano de la derrota en la guerra de las Malvinas, las protestas sociales y la presión internacional por la violación de los derechos humanos. En 1983 la Junta Militar presidida por Bignone se vio obligada a dejar el poder intentando autoamnistiarse.

El Juicio a las Juntas por crímenes de lesa humanidad se celebró en 1985 y marcó un importante precedente. Pero también bajo el mandato de Alfonsín se aprobaron las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida(1986-7) para extinguir la acción penal por terrorismo de Estado a los mandos intermedios. En 1990, Carlos Menem dictó indultos para los condenados. Era tal la situación de impunidad que los familiares de las víctimas reclamaron apoyo en el extranjero, lo que permitió abrir procesos penales contra personajes de la dictadura en países como Francia, España, Italia y Alemania. Finalmente, durante el mandato de Kirchner se derogaron las citadas leyes de ley de Punto Final y Obediencia Debida(2003-5). Por ello, se puede afirmar que, a pesar de los intentos -y a diferencia de España- en Argentina no ha habido plena impunidad para los responsables de crímenes de lesa humanidad imprescriptibles. Un largo recorrido judicial ha permitido condenar a una parte de los responsables (más de seiscientos) en procesos que aún continúan su curso.

La historia sigue muy presente en Argentina y está bien que así sea. Pero hay divergencias en el enfoque. Por una parte, están aquellos sectores que defienden la dictadura por su ideología ultraderechista, para justificar su complicidad o porque se beneficiaron de ella. Siguen actuando negros escuadrones que intimidan, asesinan y secuestran (caso del testigo Jorge Julio López). Los hay también que banalizan el horror, como otra manera de revisionismo histórico disculpatorio. Y quienes como el derechista presidente Macri, que el día del aniversario se ha despachado con este tuit (“nunca más a la división entre los argentinos”) que quita importancia a la dictadura y plantea igual responsabilidad de represores y víctimas. Decir que no toca recordar, que lo moderno es olvidar los hechos y las responsabilidades, es otra manera de exculpación.

Y luego está el pueblo. El pasado 24 de marzo se celebraron unas masivas marchas conmemorativas. La columna central la encabezaban las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo (que han recuperado ya 119 nietos desaparecidos). Centenares de miles de personas llenaron las calles, abarrotaron Plaza de Mayo y otras plazas del país y volvieron a clamar “Ni olvido, ni perdón. Justicia”. La movilización en recuerdo del golpe se produjo coincidiendo con la visita turística de un Obama en retirada que debería de haber pedido perdón por la responsabilidad de EEUU al haber apoyado el golpe y la represión; algo que todo el mundo sabía y que recientemente WikiLeaks confirmó.

Hay la obligación de recordar para no volver atrás en la Historia. Pasado y presente se entrelazan. Por eso no hay que olvidar que la clase dominante argentina fue la responsable del golpe militar; que esa oligarquía encuentra otras formas de dominio y está hoy representada en buena medida en el actual gobierno. Las marchas del 24 de marzo son mareas de la historia que exigen justicia para las víctimas de la represión y justicia social para los trabajadores actuales que sufren los despidos y la devaluación salarial propiciada por Macri. Porque como dice Nora Cortiñas, de las Madres de Plaza de Mayo: La lucha de los detenidos-desaparecidos era para no llegar a esta Argentina de ahora”. Para que se abran nuevos horizontes de futuro hay que decir ¡Nunca más! al pasado y aprender de ello.

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